28. Seis años inolvidables

A finales de septiembre de 1969 llegué al Colegio; era la primera vez que salía de casa y tenía 17 años. Mis padres, advertidos por mí, me dejaron en la esquina de la calle Huerto de Capuchinos. Yo caminé tembloroso hacia el número 8, donde había un cierto jolgorio: la llegada de los novatos. En una mano llevaba una maleta pequeña de plástico y en la otra un flexo para estudiar.
     Cuando acabé el PREU en el Instituto Isaac Peral de Cartagena, y ap
robé el correspondiente examen en la Universidad de Murcia, se planteó un dilema en mi casa: ¿dónde iba a estudiar medicina? y ¿dónde iba a residir? La duda la resolvió inmediatamente Paco Montoya Molina, químico y excolegial del Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda, quien a la pregunta de mis padres contestó: “¿Pues dónde va a ir? Por supuesto, al Ruiz de Alda”, nombre que sonaba a chino en mi casa.
     Tengo vaga memoria de mis primeros días, pero sí recuerdo subir las escaleras que conducían al hall y encontrarme con una silueta misteriosa, alta y enjuta, con gafas oscuras, que me dijo: “Novaaaaaato”. Era Pedro Martínez Hernández, Pedrolo, natural de La Aljorra. Y no sé lo que pasó aquel día, ni qué comí, sólo que me llevaron a una habitación en la tercera planta, la 33, donde me recibió mi veterano, Raimundo Benzal (Ray), también de La Aljorra y estudiante de cuarto de químicas, persona esmerada en el vestir, sistemático en el estudio y ágil con la pluma, pues escribía casi todos los días una carta a su novia, también de La Aljorra, que a veces leía en alto para que yo tomara nota.     Durante el periodo de novatadas corrían diversos rumores, entre ellos el más temido era ser sometido a un profundo interrogatorio, generalmente nocturno, en alguna habitación de un veterano. Por este motivo algunos dormíamos medio vestidos. Después de siete o diez días de novatadas, algunas indescriptibles y que hoy serían motivo de una denuncia por malos tratos, tuvo lugar la noche de San Simplicio que marcaba su fin y la incorporación a la vida colegial, aunque con matices: un novato era novato durante todo el año.
El autor con una virtuosa compañía de desocupados y vacantes.
Recuerdo que esa noche estuve en constante alerta y también me acosté medio vestido; e hice bien, porque a media noche oí un ruido de fondo que poco a poco se hizo más inteligible y que sonaba a rezos de iglesia: eran las letanías a los novatos. Me sacaron de la habitación y no sé a dónde me llevaron. Todo estaba oscuro, parecía que bajaba unas escaleras a trompicones, y de fondo el monótono sonar de las letanías salpicadas por algún tipo de aullido o quejido.
La Simpliciada era una ceremonia teatralizada que parodiaba un juicio sumarísimo a tres novatos, denominados simplicianos, que al final eran absueltos en contra de la opinión del fiscal del caso y del pueblo −entiéndase veteranos−, con el consiguiente rechazo del “populacho” que abarrotaba la sala de estar del piso inferior. Las intervenciones de los abogados defensores y del fiscal eran interrumpidas frecuentemente por algún miembro del populacho que gritaba: “¿Qué pide el pueblo?” A lo que el pueblo respondía: “¡A la acequia!” Una vez que los tres simplicianos habían sido absueltos, el presidente del tribunal pronunciaba su sentencia: “Esto no es una novatada, es la gran putada”, mientras se apagaban todas las luces, momento en que cada veterano vertía un cucurucho de harina sobre la cabeza del novato adyacente. Con todos enharinados, un abrazo entre veteranos y colegiales ponía fin a las novatadas.
El decano de mi planta era Jesús Martos, excelente compañero que nos dejó prematuramente. Recuerdo que en las habitaciones de esa planta eran casi todos químicos: Antonio Bas, Jacobo Hernández, Cristóbal Quesada y un tal Javier López Vidal, también de químicas y actor del Teatro Universitario de Murcia dirigido por César Oliva. Javier gozaba de una esbelta figura, voz potente y don de gentes. Se le daba muy bien el ligue. Recuerdo que albergó en la habitación a una holandesa y nos amenazó a los novatos con una severa represalia si lo delatábamos. Tal era su prestancia, que actuó de extra distinguido en una película que se rodó en parte en el casino de Murcia, e incluso presumía de haber intervenido en un diálogo.
Creo que Agustín Sánchez Senac y un tal Franco Albares también estaba en la tercera planta.  Éste, que acababa de regresar de las prácticas de la milicia universitaria, fue quien una noche condujo a los novatos a marchas forzadas a lo largo del Paseo de Corvera hacía el jardín de Floridablanca y plaza de Camachos, para tomar el puente de la Virgen de Los Peligros como si fuese un ejercicio táctico: íbamos en pijama y zapatillas haciendo diversos ejercicios, sobre todo el cuerpo a tierra, hasta que una patrulla de dos jeeps de “grises” nos hicieron desistir en nuestro empeño. Y regresamos al colegio, donde después de varias series de flexiones y cuerpos a tierra, recibimos una ducha de cubos de agua que los veteranos tiraban desde las ventanas que dejaron pijamas y zapatillas embarrados e inservibles.
Entre las vivencias de mis seis años de estancia en el colegio, recuerdo que una noche, mientras estudiaba un examen de Anatomía 1 del temido profesor Jiménez Collado, entraron en la 33 varios veteranos capitaneados por Raimundo Benzal, que venían de jugar al bacarrá en el Tiro de Pichón y me echaron sobre el libro nada más y nada menos que 7.000 pesetas, mientras decían: “¡Novato, mientras tú estudias mira lo que nosotros ganamos!”
Otra aventura digna de mencionar fue la del juego de la botella de coñac: consistía en lanzar una botella de Soberano de esquina a esquina de la habitación, cogerla el vuelo y echarse un trago. Como era lógico, la botella se le caía al novato y tenía que pagar otra nueva. Recuerdo que en una de estas sesiones estaban Bartolomé Nieto, Juan Pedro Guillén, Pedro Martínez Hernández y algunos más.  Yo ya era un medio veterano, pues hacía segundo.
En el colegio no todo eran actividades culturales. Además de las conocidas tertulias, sesiones de cine, aula de música, etc., había “actividades extraescolares” que solo una minoría de colegiales conocían; por ejemplo, ASOTICOPE, asociación que ahora sería tildada de machista, que organizaba visitas colegiadas a los espectáculos de revista que venían al teatro Romea; o Le Pierrot fermée, asociación presidida por Abraham, que pretendía comprar y cerrar para nuestro uso y disfrute la sala de fiestas de ese nombre. A tal efecto, una noche hicimos una incursión para ver el “material” que allí había; el panorama sería catalogado hoy como deprimente, pero en aquellos tiempos nos pareció muy atractivo. Para financiar la compra, los miembros de la asociación rellenábamos una quiniela con el nombre de Le Pierrot Fermée. Nunca nos tocó.
La visita a la discoteca Ditirambo era otra de las distracciones colegiales: entrada y copa de Cointreau con vodka por 25 pesetas. Mi querido amigo Juan Madrid solía hacer un descanso a las dos de la madrugada para ir a “fichar” en la discoteca y algunos nos íbamos con él. Una hora de asueto y vuelta al estudio.
Un grupo de colegiales con raíces campestres fundamos el PRAIP (Partido Radical Agrícola Independiente del Pueblo); era el despertar de los partidos o más bien de las asociaciones políticas −recuérdese a Cantarero del Castillo, fundador de Reforma Social Española, y el espíritu del 12 de febrero de Carlos Arias Navarro− y nosotros no podíamos ser menos.
     Otro grupo, con nuestro orgullo patrio herido por la denominada Marcha Verde, creamos una sección denominada “Tropas Nómadas Saharauis” que tenía un sello propio: una media luna y sobre ella un camello. Varios fuimos al cuartel de la calle Cartagena para tratar de enrolarnos en el ejército. Como es lógico nos rechazaron.
     Desde la ventana de la habitación 33 se divisaba el campo de Zarandona, cuyo portero y guardián era un tal Pedro. Allí jugábamos a baloncesto, balonmano y “futbito” y tenían lugar los campeonatos entre plantas en las vísperas de la festividad de la Virgen de la Arrixaca, patrona del Colegio. Cuando entrenaban a balonmano las chicas de derecho, todas las ventanas se abrían y llenaban de curiosos veteranos y novatos ávidos de ver los desvestidos miembros inferiores de las jugadoras: eran otros tiempos. El entrenador era un tal Pablo Vioque, estudiante de derecho y residente en el Belluga.
     El balonmano era el deporte estrella del colegio. Yo nunca fui un buen jugador, pero era el delegado del equipo. Pronto aprendí de la escuela de Luis Ruipérez (apodado el Condeduque) y de Galinsoga (Galin) a manipular las fichas federativas. Este trabajo se desarrollaba por la noche, entre el humo de los cigarros y bajo la luz de un flexo; el vapor del agua hervida en un infernillo, el papel de seda, y la luz del flexo eran imprescindibles para hacer los calcos de los sellos de la federación. La escena podía haber servido para cualquier película de gánsters protagonizada por Edward G. Robinson.
Como durante tres años fui delegado del equipo de balonmano aún conservo algunas fichas de jugadores y actas de partidos. En alguna de ellas el árbitro hizo constar más o menos lo siguiente: “En el minuto 10 de la segunda parte varios animadores del Ruiz de Alda invadieron el campo y me insultaron por lo que me vi obligado a suspender el partido”. Este texto refleja la pasión que el equipo de balonmano despertaba en los colegiales.
     Como delegado también hice gestiones para buscar un entrenador. Me enteré de que había un comandante del ejército de tierra en el centro de reclutamiento de la Avenida Teniente Flomesta llamado Gerardo López-Cuadra y Ejarque, que había entrenado al Calpisa Obras del Puerto de Alicante. Hablé con él y no sé cómo lo convencí para que entrenara al equipo del colegio. Y así ganamos la fase de sector que nos clasificaba para ir a la final de Valladolid, donde fracasamos estrepitosamente. Un tal Nacho Nebot de la facultad de medicina de Valencia nos metió él solo más de 10 goles. También jugábamos la liga provincial de balonmano. Recuerdo la trifulca que se armó en un partido contra los “paracas” de Alcantarilla cuando empezamos a corear “el teniente, el teniente, me la pone muy caliente”. Acabó con la intervención de la policía militar.
     Quedan en mi memoria el affaire de los jamones con “sartones” que resultaron no ser parásitos sino cristales de tirosina, los sabrosos tocinos de cielo que hacía el maestro de la cocina, las largas noches de estudio con mi amigo Manolo Miras, las escapadas a comer pollo en Pacoche de la calle Cartagena, el cariño con que nos trataban las señoras del comedor y de la limpieza, el Cordilleras −barman de la cantina del colegio−, las tertulias nocturnas en la habitación del “Maestro”, el minidestape en TVE con la Rocío Jurado, el affaire de las cuatro ruedas del “Mini” de Carlos Clará −adelantado en varias décadas al  “blablacar”− que aparecieron en el foso del ascensor, la historia de las madalenas de un colegial de Albacete de las que solo encontró los envoltorios clavados con chinchetas en la puerta de su armario, la guerra de los cubos de agua que me costó la expulsión temporal del colegio, el café en el Tanganika, los comensales de la mesa del régimen (dietético, que no político), la historia del simpliciano Paco Guerra que no quería sacar la cabeza del cubo de sucedáneo de cubalibre donde le hacíamos el submarino y casi se atraganta, el coche del Correcaminos, ejemplo de inclusión de un colegial con secuelas de poliomelitis, las visitas a las escaleras de la Facultad de Filosofía a ver al primer amor, y un largo etcétera que haría interminable mi relato.
     Amén de las actividades jocoso-festivas mencionadas, y otras muchas aventuras, desventuras y acontecimientos que exceden al espacio asignado a este relato, la disciplina y el hábito de estudio eran la norma en el colegio. Cuando por la noche te asomabas a un patio interior allí reinaba el silencio y la oscuridad solo salpicada por las luces de los flexos que se proyectaban a través de las ventanas. Al entrar en una habitación, si un colegial estaba con pijama, albornoz, zapatillas calzadas y flexo encendido, era un signo inequívoco de que estaba “empollando” y lo mejor que hacías era largarte. Muchos colegiales disfrutaban de becas y su pérdida implicaba regresar a sus orígenes, a veces a trabajar en el campo o en otro menester. Mención especial merece mi querido amigo y colega Jesualdo Masiá Pérez, hombre de gran mérito y tenacidad al que siempre respetamos.
     Quisiera tener un recuerdo especial para algunos colegiales que ya no están con nosotros: Luis Alba, Juan López Porras (el Calasparra), Juan Madrid, Manuel Martín Camino, Quico Quesada… Y el Bala y el Acelga, de cuyos nombres no puedo acordarme porque sus motes, como los de otros muchos, estaban muy arraigados en la vida colegial.
     Finalmente quiero resaltar el espíritu de convivencia que reinaba en mi época. No recuerdo que hubiese enfrentamientos por motivos políticos, y eso que vivíamos una etapa incierta en la que se avecinaban grandes cambios políticos y sociales. ¡Los políticos de hoy tendrían que tomar nota!
Pertenezco a la primera promoción de la Facultad de Medicina y estudié toda la carrera en el colegio: no me fui a ningún piso; por este motivo, me enorgullezco de ser el primer médico egresado del Colegio Mayor.
     Cuando finalicé el último examen de la carrera, permanecí oculto en el colegio dos semanas, hasta finales de julio; no me quería ir. Fue entonces cuando recibí una llamada telefónica de mi padre que descubrió que ya era licenciado y me dijo que si pensaba volver a casa y empezar a buscar trabajo en el hospital del Rosell.
     Salí del colegio llorando, con una maleta en una mano y en la otra el flexo, como llegué seis años antes. Fue la mejor etapa de mi vida: los mejores recuerdos y los mejores amigos, que aún persisten. Por cierto, me llamo Miguel Pérez-Guillermo García y me apodaron El Cerebro.

                                                                                                                                      Miguel Pérez Guillermo, Colegial 1969-1975.

Comentarios

  1. Conocí a Miguel Pérez Guillermo en enero de 1974. Era una referencia en aquel Colegio Mayor. Brillante estudiante, constante en el estudio y con una idea clara de su futuro más inmediato. Estudiaba entonces 5º curso de Medicina. Algún problema de estómago le llevaba en el comedor a ubicarse en la llamada "mesa de régimen", integrada por aquellos colegiales que tenían alguna patología. Una vez pasadas las novatadas y consolidada mi situación en el Colegio, recabé en aquella mesa y ahí se inició una buena amistad que conservamos todavía, acrecentada por la existente entre Miguel y José Quiñonero, de ahí que desde mis primeros pasos en el Colegio Mayor participara en los pululeos, que se organizaban en la habitación de Pepe Quiñonero. La foto que acompaña el relato de Miguel refleja el espíritu de aquellas reuniones a altas horas de la noche, donde se hablaba de todo y de todos.
    Miguel Pérez Guillermo era una institución en el Colegio, sus éxitos académicos eran referencia para los demás. Noches y noches tras el flexo se convertían en excelentes notas, en una carrera, la de Medicina, nada fácil y con catedráticos y profesores duros de roer. Jiménez Collado, Llombart, Ortuño y muchos otros que la mayoría de los colegiales conociamos de memoria, por los comentarios de Miguel y de otros compañeros, Manolo Miras, Juan Madrid, Eduardo Rodríguez Vellando, Jesualdo Masiá y otros, que también fueron excelentes estudiantes y buenos colegiales.
    Pérez Guillermo era persona sumamente disciplinada: "la vida es milicia" nos decía a los novatos, lo que no era obstáculo para que participara en eventos colegiales, sobre todo, deportivos, siendo un buen dinamizador y organizador. Recordemos el balonmano, donde disfrutaba de los partidos, pero más de su organización. Una prueba de ello eran las sesiones en las que se adjudicaban las fichas, incorporando jugadores ajenos o jugadores de otras disciplinas, mediante. trabajos manuales que requerían cierta pericia. Yo participé en alguna de aquellas sesiones de "trabajo" , pero más como aprendiz o espectador. Miguel, en su faceta ejecutiva, o logró fichar un entrenador profesional para el equipo e incluso la clasificación nacional. Memorable, parece ser , el viaje a Valladolid.
    Amigo de sus amigos, imponía a los nuevos el verle de chaqueta y corbata, de forma ordinaria. La mayoría de los fines de semana se marchaba en su "Mini Morris" a Cartagena a colaborar con su padre en el laboratorio, su verdadera escuela como excelente patólogo.
    Miguel llevaba el Colegio Mayor en su alma. Participaba activamente en las novatadas y tal es así, que en 6º curso, finalizando sus estudios y estando desplazado en Castellón en un congreso médico, regresó una noche para presidir el tribunal de San Simplicio. Lo recuerdo vestido con un uniforme de militar y con una cogorza de siete pares de narices. Miguel Pérez Guillermo, el Cerebro, siempre tendrá un sitio en la memoria colectiva de nuestro Colegio Mayor. De todas estas y de otras circunstancia y avatares de aquellos años de juventud, hablamos y recordamos en alguna que otra comida , que de vez en cuando organizamos
    Profesor titular universitario (UMU), con formación especializada en el "Karolinska" de Estocolmo, ha sido un reputado Patólogo en el Hospital Universitario de Cartagena (Jefe de Servicio de Anatomía Patológica), además de una persona amante del campo y de la naturaleza.

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