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7. El olvido de los lectores de idiomas

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En la Universidad de Murcia siempre existió un interés por el estudio de otras lenguas, desde aquellos primeros catedráticos de 1916 (Loustau y Fernández-Nonídez) que hablaban francés o inglés, hasta el laboratorio de idiomas que instaló la profesora Margarita Zielinski en 1966. La  Crónica de la Universidad de Murcia  del rector Recaredo Fernández de Velasco ya indicaba que, en 1929, la biblioteca de Ciencias estaba muy bien dotada de libros y revistas internacionales:  Revue des Sciences  (francés),  Journal of Heredity  (inglés) o  Annalen der Physik  (alemán)… No es de extrañar, por tanto, señala el profesor Acosta Echevarría, que también existiese un interés por contar con la presencia de profesores o lectores nativos que aportasen más calidad a la enseñanza de idiomas. Nos consta que, entre 1941 y 1943, el profesor Luis Flachskampf impartió clases de alemán y que el profesor Loustau, decano de Ciencias, le apadrinó para que se alojase en el ...

6. La llegada

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Llegué a Murcia el 12 de octubre de 1977, como casi todos mis compañeros del curso de COU. El resto se expresaba en la unidad. La unidad era uno del grupo, que tras pasar un curso preparando la Selectividad de Ciencias, se puso a estudiar Derecho. Eso sí, todos terminamos en la Universidad de Murcia, por entonces también la universidad de nuestra tierra albaceteña, como quedaba patente en aquel ilustrativo escudo conformado por Alfonso X el Sabio y a sus pies los emblemas murcianos con sus siete coronas y los albaceteños con sus tres torres y el murciélago.      Por aquellos convulsos años, socialmente a caballo entre la reciente abandonada dictadura y una infantil democracia, llegamos a una ciudad vivaracha, en evolución y luminosa. Las antípodas de lo que dejábamos atrás.      Éramos jóvenes, muy jóvenes, adolescentes casi, y el mundo estaba a nuestros pies dispuesto a dejarnos entrar en sus entrañas. La Universidad fue la disculpa para todo a partir de e...

5. Viaje a Ítaca

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Corría el año del Señor de 1973, el de las terribles inundaciones de Lorca y Puerto Lumbreras, cuando un sin par ministro de Educación, Julio Rodríguez, le dio la vuelta al calendario académico y el curso 73-74 se convirtió, de la noche de la mañana, en el curso 1974; eso sí, con tres meses lectivos menos, lo que supuso un impacto importante para aquellos estudiantes  − entre los que me encontraba −   que, tras el experimento del COU y la innovadora prueba de acceso a la universidad, iniciábamos los estudios universitarios fuera de nuestra localidad. En mi caso, en la Universidad de Murcia, donde había conseguido plaza en el Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda, un lugar de élite que, en la terminología de la juventud más avanzada del momento  − los progres de ayer − , era una residencia de señoritos o de paniaguados del régimen. La verdad es que no era ni una cosa ni la otra, aunque había sus excepciones. Sin embargo, puedo prometer que, meses antes, algunos no sabíamos ni q...

4. Arribo a la metrópolis huertana

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Murcia era por aquel entonces de 1969 una pequeña urbe huertana que no se caracterizaba precisamente por ser imagen del progreso, con un plano en el que alternaban las calles estrechas de la medina árabe con algunos edificios y desarrollos urbanísticos modernos, en competición con las acequias y bancales de la huerta, que se entrometía en la ciudad.      Cuando uno accedía a ella por la carretera de Alcantarilla, encontraba más caballerías y carros ocupados por huertanos que iban a la capital o a sus menesteres agrícolas que automóviles u otros vehículos de motor. Y si lo hacía en el tren borreguero procedente de Granada, se encontraba nada más llegar con unas añosas tartanas que ofrecían al viajero su servicio de taxi entre sacudidas y barquinazos por calles estrechas y sombrías. Ya en la ciudad, si uno pasaba por los cuatro cantones de la encrucijada de Trapería y Platería, todavía podía ver corros de huertanos, con sus blusas grises o negras abrochadas de mil botones, ...

3. La excelencia del Ruiz de Alda

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Muchos condicionantes negativos parecían oponerse a que el Colegio M ayor Ruiz de Alda alcanzara unos altos niveles de excelencia, por lo que hablar de su prestigio académico y cultural podría parecer un juicio exagerado de parte de quien estuvo allí y esto escribe. El Colegio Mayor Cardenal Belluga, amplio y bien dotado, estaba a punto de inaugurarse en el mismísimo corazón del pequeño recinto universitario de La Merced cuando allá, en las antípodas, se erigió, en 1952, el Ruiz de Alda, junto a la caudalosa acequia de Zarandona, que, con sus quijeros poblados de cañares, establecía la frontera entre las calles estrechas del sur del barrio del Carmen, con sus casas de vecindad de una o dos alturas, y un paraje desolado de bancales en que los esqueletos apenas rebrotados de naranjos, higueras y granados recordaban muy de lejos lo que fue una huerta feraz, abocada ahora a una inminente expansión urbanística. Esta ubicación en los márgenes, casi en el culo del mundo, lo hacía en principio...

2. Del Hogar al Colegio Mayor

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Si ustedes, llevados de la curiosidad, intentan conocer la historia del Colegio Mayor Ruiz de Alda, pronto se darán cuenta de la dificultad de su pretensión, porque se trata de una memoria prácticamente ágrafa, que no ha merecido estudio alguno, de manera que ni siquiera su existencia está claramente delimitada, salvo si se rastrean algunos datos en las noticias de prensa de la época, las necrológicas que lamentan la pérdida de sus “mandos”, luego llamados directivos, o los escasos recuerdos que pocos de sus residentes han contado en alguna entrevista o memoria familiar. Lo demás está en las fotos, programas y documentos ajados por el tiempo que se guardan en el viejo álbum arrumbado en el trastero o el desván de algunos colegiales, antes de ser enviado a la basura. Una historia difusa y una indeterminación temporal que no es capaz de fijar con exactitud ni siquiera el momento de su creación, de manera que a menudo se confunde la historia del Colegio Mayor Ruiz de Alda con la prehistor...

1. Registro de memorias y olvidos

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Los asistentes a la celebración del XL aniversario, en la escalinata de Letras. Si usted, curioso lector, quisiera conocer de primera mano el pulso de lo que fue el Colegio Mayor Ruiz de Alda de parte de sus propios protagonistas, no lo iba a tener muy fácil, pues de los treinta años de su existencia, más los veinte de su prolongación con el nombre de Rafael Méndez, apenas quedan las noticias periodísticas sobre su inauguración en 1952 o su amplia ción en el 63, de sus actividades culturales y políticas de los primeros años, de las declaraciones de sus dirigentes y de la celebración, más tarde, de sus aniversarios, cuadragésimo y quincuagésimo, reducidos a los discursos oficiales y al convite y confraternización de los viejos colegiales. Y oirá usted, si no es partícipe, que esporádicamente ciertos grupos, más o menos numerosos, se reencuentran para celebrar, en torno a una mesa, la buena nueva de seguir estando vivos y lamentar las irreparables ausencias, mientras rumian sus peripecia...