2. Del Hogar al Colegio Mayor

Si ustedes, llevados de la curiosidad, intentan conocer la historia del Colegio Mayor Ruiz de Alda, pronto se darán cuenta de la dificultad de su pretensión, porque se trata de una memoria prácticamente ágrafa, que no ha merecido estudio alguno, de manera que ni siquiera su existencia está claramente delimitada, salvo si se rastrean algunos datos en las noticias de prensa de la época, las necrológicas que lamentan la pérdida de sus “mandos”, luego llamados directivos, o los escasos recuerdos que pocos de sus residentes han contado en alguna entrevista o memoria familiar. Lo demás está en las fotos, programas y documentos ajados por el tiempo que se guardan en el viejo álbum arrumbado en el trastero o el desván de algunos colegiales, antes de ser enviado a la basura.
Una historia difusa y una indeterminación temporal que no es capaz de fijar con exactitud ni siquiera el momento de su creación, de manera que a menudo se confunde la historia del Colegio Mayor Ruiz de Alda con la prehistoria que condujo a su creación. Así, la escasa y fragmentaria documentación que se consiguió salvar de la decadencia y el naufragio de la institución a comienzo de este siglo, depositada en el Archivo General de la Región de Murcia, se guarda partiendo de la idea errónea y nada precisa de que “el Colegio Mayor se creó hacia 1944”, añadiendo que ”años más tarde se trasladó de emplazamiento, en un edificio nuevo en la pedanía de Zarandona”. Un dato inexacto que repiten en su página web los antiguos residentes del que luego se vino a llamar con el nombre del doctor Rafael Méndez. Y poco más.
Hay que remontarse a los primeros años de plomo de la posguerra para entender que en la arcadia aldeana y feliz de la Universidad de Murcia, rescatada de las garras del republicanismo, la tarea primordial del Régimen y de la militancia falangista era el protectorado ideológico, mediante la entronización del rector Batlle y la colocación de un profesorado adicto; pero, sobre todo, la influencia sobre el alumnado, no solo con el influjo doctrinal en las aulas, sino también fuera de ellas, mediante el padrinazgo del SEU que pronto, ya en 1941, iba a culminar en el proyecto de “el que ha de ser el Albergue Universitario Julio Ruiz de Alda…, digno de la gran labor que en estos momentos realiza la Jefatura del Distrito Universitario del SEU de Murcia”, como se quiso llamar en un principio a lo que en el momento de su inauguración, en marzo de 1942, vino a conocerse como Hogar Julio Ruiz de Alda, ejemplo evidente de que “El SEU murciano trabaja incansablemente en la ardua tarea de convertir en realidad la Revolución Nacionalsindicalista” (Diario Línea, 6-3-1942).
Plaza de Santa Getrudis, primera ubicación del Hogar.
Ubicado en un lugar céntrico, la plaza de Santa Gertrudis, con una capacidad para treinta personas, venía a ser lo que hoy se llama un centro de día, impregnado de “un profundo estilo falangista” (Diario Línea, 6-3-1942), que facilitaba el estudio, el descanso, la alimentación y la higiene de los camaradas, como bienes primarios, con una biblioteca de más de 2000 volúmenes, dos salas de estudio con pupitres individuales, una sala de descanso con “radio, sofá, preciosos y cómodos sillones, elegantes alfombras, hasta un simpático reloj de cu-cú”; “un salón de costura, para las camaradas, independiente de todas las estancias”; “magníficos cuartos de baño y duchas…, y un gimnasio de salón”; un amplio comedor y un servicio de cantina ”en el que se suministran desayunos, cafés y meriendas·”; sin que falte “una bellísima capilla bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y Santo Tomás de Aquino” (Diario Línea, 7-11-1941; Revista Horizontes, 25-4-1942).
Del éxito de sus servicios, se anotaba en la memoria de actividades de 1942 que comidas “se han dado unas 3.000, y otras tantas cenas, y más de 800 desayunos y meriendas; se han consultado en la biblioteca cerca de 900 veces los libros de que consta, especialmente los de texto, siguiendo a éstos los de doctrina de la Falange; se han proporcionado más de 400 duchas, y, por último, el número de camaradas acogidos se eleva a un promedio de 35 diarios”. Todo ello con la intención de alcanzar unos fines trascendentes: “amor al estudio, camaradería profunda, afán por España y hacer de la doctrina falangista norma de conducta” (Diario Línea, 6-6-1943).
Dos años después vino la conversión del primitivo Hogar Ruiz de Alda en residencia. Trasladado a la sede de un antiguo hotel en la calle Riquelme, contaba ya con dormitorios para 16 residentes y un comedor “al estilo murciano” para sesenta comensales, además de biblioteca, sala de estudios, bar-sala de estar, sala de recreo, “una suntuosa capilla” y sala de duchas, por el módico precio de nueve pesetas la pensión completa y seis pesetas para los comensales, con desayuno, comida y cena.
Este hogar ampliado fue inaugurado en un acto solemne, el 11 de mayo de 1944, por los ministros Secretario General del Movimiento, José Luis Arrese, y de Educación, José Ibáñez Martín, con lo que se iniciaba una ejecutoria que no solo aseguraba a los camaradas sustento y habitación, sino también una serie de actividades en las que se fundían el estudio, la cultura y la doctrina: “charlas, amenas conferencias doctrinales, conciertos”. De manera que el interés de los universitarios por los servicios y actividades del Hogar y las intenciones del SEU de extender su labor doctrinal hicieron que en 1946, solo cuatro años después de su fundación, ya se estuviera pensando en la ampliación: “Según nos refiere el celoso Jefe del Hogar, Miguel Salvador Girones, se tiene el proyecto -que se espera sea firme realidad- de ampliar la Residencia” (Diario Línea, 11-7-1946).
El Ministro de Educación, en su visita inaugural a Murcia.
Un proyecto de ampliación que tendría que esperar aún más de cinco años, hasta que se hizo realidad: una obra nueva en el campo de Zarandona que llevaría el nombre del viejo Hogar, pero ya con la categoría de Colegio Mayor, inaugurado por el ministro de Educación, Joaquín Ruiz Jiménez, en enero de 1952, con un importante discurso que iba a marcar la pauta de lo que, para el Régimen, habían de ser los colegios mayores.
Aquí arranca la historia del Colegio Mayor Ruiz de Alda, surgido en la periferia de una universidad provinciana que se miraba el ombligo en el claustro de la Merced o en los pasillos del aledaño colegio mayor Cardenal Belluga, unas veces ajena y otras cómplice de la represión, la miseria y el desencanto de la sociedad en que vivía. El que con el tiempo vendría a ser el polo sur de la cultura murciana surgió en una época en que los prebostes de la feliz gobernación de la universidad portaban pistola en la sobaquera o la exhibían en su mesa de trabajo, para la formación y el adoctrinamiento político de las futuras élites falangistas del SEU mediante cursillos, charlas y conferencias, homenajes a los caídos, promesas, juramentos, cánticos y consignas de rigor; y también para ser ejemplo vivo del nacionalcatolicismo imperante, que se recogía o se explayaba en devociones, vigilias, vísperas, sabatinas, rosarios y misas de comunión general.
Pero con el paso del tiempo, el rigor del adoctrinamiento, entre el que se filtraban los afanes y rebeldías de unos colegiales cada vez más ajenos a aquellas directrices, vinieron a convertir el proyecto en una revolución pendiente, de la que con el tiempo apenas quedaría nada, mientras que las innumerables actividades culturales relacionadas con la música, el teatro, el cine, la poesía y la literatura, el encuentro con personalidades relevantes de la cultura y el pensamiento y el acceso a todo tipo de lecturas, contribuyeron a la formación de unos colegiales muy alejados, en su mayoría, de los principios que alentaron la creación del Colegio Mayor.
De los avatares de esta difícil pero, al fin, fructífera convivencia, tratan los testimonios que se recogen en estas humildes y fragmentarias memorias del vivir y el sentir de los que allí, en distintas épocas, residimos. Que no es poco.

José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.
 

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