1. Registro de memorias y olvidos
| Los asistentes a la celebración del XL aniversario, en la escalinata de Letras. |
Usted, desocupado lector, oirá decir que no se sabe quién dijo aquello
de que la cultura murciana limitaba al sur con el Ruiz de Alda aunque muchos lo
repiten, en algunas conversaciones surgirá la evocación de aquellas noches de
cine de Kineidos, alguien recordará las lecturas de las mejores obras teatrales
de la vanguardia europea y americana, y pocos contarán cómo la mejor literatura
acudía a la Tabla Redonda de la Poesía. Y a todos les
vendrán, envueltos en una cierta nebulosa, los recuerdos jocosos de la vigilia
de San Simplicio, y a menos otras aportaciones a la memoria dudosa de episodios
goliardescos como la fiesta de la Curcubita, el grito del Odín, la procesión de
San Ponciano o la Bufabeca burladora del ceremonial de la fiesta de la
Arrixaca, ante la asombrada atención de los demás.
Entre ellos resonarán, con
la sordina del paso del tiempo, las gestas deportivas, vividas siempre con
intensidad, pero casi nunca ganadas, aquí en el polideportivo de Zarandona, en
el José Barnés o en los distritos universitarios de Sevilla o de Valladolid,
que iban desde los campeonatos interplantas, donde la necesidad vestía de corto
al más torpe, al enfrentamiento con los paracas de Alcantarilla o la disputa
imposible de campeonatos universitarios nacionales, que comenzaban con ilusión
y acababan con una derrota, casi siempre prevista.
De alguno de aquellos
eventos, de las ceremonias señaladas, de los acontecimientos culturales y
vivencias personales, apenas quedarán una o varias fotos, guardadas en el álbum
familiar de unos, extraviadas o enajenadas en un traslado o en una tragedia personal
por muchos; o sus copias descuadradas y deformes, tomadas descuidadamente de
ese álbum con el dispositivo móvil y transmitidas telemáticamente por unos y
por otros, sin que apenas nadie acierte a distinguir qué acontecimiento se
celebraba ni quiénes eran la mayor parte de aquellos jóvenes, antes tan
conocidos y cercanos y ahora tan ajenos e irreconocibles.
Ya apenas nadie recordará, y
menos conservará, los pasquines de El Sangriento, que fueron apareciendo
desde el mismísimo año de la inauguración del colegio hasta el final de sus
tiempos, para dar una visión paródica de la vida colegial; o las sátiras y
epigramas de juglares ya olvidados que, con la perfección del verso clásico, en
coplas de pie quebrado o en sonetos, retrataban de forma despiadada, las
grandezas y, sobre todo, las miserias de los residentes.
Dimes y diretes, imágenes
maltratadas por la incuria del tiempo, vestigios de una memoria ágrafa que, de
los muchos cientos de colegiales más o menos afortunados en los estudios y en
sus carreras posteriores, ha dejado poco más de una docena de testimonios
escritos sobre la larga e intensa vida colegial “en la que -según el profesor
Muñoz Cortés- se fundían profesores, colegiales, escritores, pintores, músicos,
personas también de la sociedad murciana”; de los cuales casi la mitad son
necrológicas que glosan, halagueramente, las vidas de los “mandos” de la
institución del SEU, tras su desaparición. Un obituario que comienza con el In
memoriam de 1983 -Con don Luis Montaner, siempre- con que Manuel
Muñoz Cortés, catedrático y colegial perenne, glosa en el diario La Verdad la
pérdida temprana del benéfico capellán don Luis Montaner; y sigue mucho más
tarde, ya en el siglo xx, con las
necrológicas de dos de los tres directores habidos, Fernando Sánchez Creus y
Fernando Martínez y González, y del añorado subdirector Paco Cremades.
A los intelectuales y a las
buenas plumas vinculadas al Colegio Mayor, como el citado Muñoz Cortés, el
profesor Antonio de Hoyos, el escritor Alemán Sáinz y a otros tantos y más,
apenas se les conoce alguna escritura sobre la vida colegial, así que el manojo
de poco más de una mano de testimonios escritos sobre el vivir y el sentir del
colegio comienza justamente en 1983, recién cambiado su nombre, en la revista Albatros,
cuando el activo Juan Ríos, al que la mitología colegial bautizó como
Hormigón, el año de su despedida abrió una senda estrecha y nada larga de
evocaciones de la vida colegial con el sugerente título de Nostalgias de
pasado mañana, que será seguida por muy pocos desde entonces.
| Folleto Conmemorativo del L aniversario del Colegio Mayor. |
Habrá que esperar hasta el
Cincuentenario de 2002, celebración en la que algunos
recuerdan haber oído leer una extensa carta del embajador Antonio López,
llegada de Amán, con un detallado y enjundioso repaso de los dichos y mínimas
gestas de la nómina colegial de los sesenta; de entonces son también las
referencias anecdóticas de Arturo Andreu a su paso por la rondalla; sin olvidar
el descarado Testamento del que esto escribe, otorgado en 2016, en que
deja a la posteridad “unos cuantos recuerdos conservados entre la memoria del
olvido”.
José Luis Martínez Valero,
en su Otoño en Babel, concluye un capítulo dedicado al colegio
recordando “las excursiones de los domingos, las madrugadas con los auroros,
las lecturas poéticas o teatrales, las intervenciones de catedráticos y
profesores, la iniciación a la música, la proyección semanal, la pequeña
revista…”
Y conviene rematar este
inventario de memorias y olvidos con la existencia de dos escritos que suponen
un análisis breve, pero riguroso y certero, sobre la importancia del Ruiz de
Alda en la formación de sus residentes y en la vida murciana de aquellos
tiempos. Antonio Viñao Frago, colegial de la primera mitad de los sesenta, en
unas Conversaciones, afirma con rotundidad que la experiencia de residir
en el Colegio Mayor Ruiz de Alda influyó decisivamente en su cambio de
mentalidad, ya que “desde un punto de vista cultural, era un foco de
actividades y un semillero de posibilidades que contrastaba con la penuria del
otro Colegio Mayor, el que dependía de la Universidad”. Recuerda con detalle
que “a su hemeroteca llegaban las revistas literarias, políticas, de teatro,
cine o cultura en general más relevantes” y no olvida que había un cine club,
lecturas poéticas y sobre todo teatrales, cursillos y conferencias. En
definitiva, un ambiente cultural que no era generalizado, pero que ”estaba ahí
como una posibilidad abierta a la que sumarse o desechar”.
Aunque quizá el testimonio
más valioso de por sí, y sobre todo por venir de la acera de enfrente, es
decir, del Colegio Mayor Cardenal Belluga, sea el del poeta novísimo
Antonio Martínez Sarrión, quien, en su libro autobiográfico Una juventud,
dedicado a sus años de estudiante en Murcia, abre un paréntesis en su crónica
de una capital y de una Universidad atrasadas y provincianas, incluido un
repaso inmisericorde de actitudes y comportamientos de los “mandos” y de
algunos de los residentes de su colegio, para hacer una breve y precisa loa del
de enfrente, “más modesto, muy alejado del campus de La Merced y con alto
porcentaje de becarios”: resalta, pese a su condición de colegio del SEU, la
fama de viveza y de cierta rebeldía que impregnaba su activismo cultural, “pues
lo cierto y verdad -dice- es que allí se daba abundancia de tertulias, cafés
con fulano o mengano, cuadros teatrales, aulas de música…”. Y sobre todo,
contactos frecuentes con personalidades de España o del extranjero, como un
oasis en medio de una sociedad recelosa y cerrada.
Por último, sepa usted,
amable y paciente lector, que esto que aquí se escribe no es más que la
presentación de los afanes de unos pocos colegiales que, con la colaboración de
otros, han pretendido, casi 75 años después, recuperar parte de la huella
sentimental, casi olvidada, del Mayor. Una huella desparramada en imágenes,
programas, folletos, pasquines, libros u hojas volanteras por ahí dispersos, y,
sobre todo en la frágil, pero inestimable, remembranza de los que, más o menos
nítidamente, recuerdan los pulsos, avatares, emociones y sentimientos, grandes
hazañas o mínimas ocurrencias de los colegiales de una institución que fue
mucho más allá de lo que dicen los recuerdos y callan los olvidos de una
memoria quebradiza y nebulosa, que se va disipando inexorablemente con el paso
del tiempo.
Como partícipe de esta iniciativa, os animo a que nos enviéis testimonios escritos de los recuerdos de aquellos años y que incorporéis comentarios en el blog. La idea es recuperar la Memoria del Ruiz de Alda, con las aportaciones de cada uno de nosotros. Cuesta poco estrujar la memoria y escribir un par de páginas con los recuerdos de aquellos años de juventud, tan importantes para nuestra formación personal y profesional. Ánimo. Como veis en esta introducción de Pepe Quiñonero, nuestro Colegio Mayor ocupó un lugar destacado en la cultura murciana y regional y nosotros, estuvimos allí. Recordemos.
ResponderEliminarLos amables lectores deben saber, para su buen gobierno, que las nuevas entradas se irán subiendo cada diez días, aproximadamente. Así que pronto vendrá la próxima.
ResponderEliminarEfectivamente, esta es la prehistoria de nuestro Colegio Mayor. Luces y sombras -en esos tiempos, más sombras - de una institución singular. Surgido al amparo del SEU, se convirtió pronto en una ínsula cultural en una Murcia provinciana, la de los mandarines de Espinosa. Siempre es bueno saber de dónde venimos, los caminos que transitamos y hasta donde llegamos.
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