1. Registro de memorias y olvidos


Los asistentes a la celebración del XL aniversario, en la escalinata de Letras.
Si usted, curioso lector, quisiera conocer de primera mano el pulso de lo que fue el Colegio Mayor Ruiz de Alda de parte de sus propios protagonistas, no lo iba a tener muy fácil, pues de los treinta años de su existencia, más los veinte de su prolongación con el nombre de Rafael Méndez, apenas quedan las noticias periodísticas sobre su inauguración en 1952 o su ampliación en el 63, de sus actividades culturales y políticas de los primeros años, de las declaraciones de sus dirigentes y de la celebración, más tarde, de sus aniversarios, cuadragésimo y quincuagésimo, reducidos a los discursos oficiales y al convite y confraternización de los viejos colegiales. Y oirá usted, si no es partícipe, que esporádicamente ciertos grupos, más o menos numerosos, se reencuentran para celebrar, en torno a una mesa, la buena nueva de seguir estando vivos y lamentar las irreparables ausencias, mientras rumian sus peripecias y pequeñas aventuras de aquellos lejanos años. 
     Usted, desocupado lector, oirá decir que no se sabe quién dijo aquello de que la cultura murciana limitaba al sur con el Ruiz de Alda aunque muchos lo repiten, en algunas conversaciones surgirá la evocación de aquellas noches de cine de Kineidos, alguien recordará las lecturas de las mejores obras teatrales de la vanguardia europea y americana, y pocos contarán cómo la mejor literatura acudía a la Tabla Redonda de la Poesía. Y a todos les vendrán, envueltos en una cierta nebulosa, los recuerdos jocosos de la vigilia de San Simplicio, y a menos otras aportaciones a la memoria dudosa de episodios goliardescos como la fiesta de la Curcubita, el grito del Odín, la procesión de San Ponciano o la Bufabeca burladora del ceremonial de la fiesta de la Arrixaca, ante la asombrada atención de los demás.
     Entre ellos resonarán, con la sordina del paso del tiempo, las gestas deportivas, vividas siempre con intensidad, pero casi nunca ganadas, aquí en el polideportivo de Zarandona, en el José Barnés o en los distritos universitarios de Sevilla o de Valladolid, que iban desde los campeonatos interplantas, donde la necesidad vestía de corto al más torpe, al enfrentamiento con los paracas de Alcantarilla o la disputa imposible de campeonatos universitarios nacionales, que comenzaban con ilusión y acababan con una derrota, casi siempre prevista.
     De alguno de aquellos eventos, de las ceremonias señaladas, de los acontecimientos culturales y vivencias personales, apenas quedarán una o varias fotos, guardadas en el álbum familiar de unos, extraviadas o enajenadas en un traslado o en una tragedia personal por muchos; o sus copias descuadradas y deformes, tomadas descuidadamente de ese álbum con el dispositivo móvil y transmitidas telemáticamente por unos y por otros, sin que apenas nadie acierte a distinguir qué acontecimiento se celebraba ni quiénes eran la mayor parte de aquellos jóvenes, antes tan conocidos y cercanos y ahora tan ajenos e irreconocibles.
     Ya apenas nadie recordará, y menos conservará, los pasquines de El Sangriento, que fueron apareciendo desde el mismísimo año de la inauguración del colegio hasta el final de sus tiempos, para dar una visión paródica de la vida colegial; o las sátiras y epigramas de juglares ya olvidados que, con la perfección del verso clásico, en coplas de pie quebrado o en sonetos, retrataban de forma despiadada, las grandezas y, sobre todo, las miserias de los residentes.
     Dimes y diretes, imágenes maltratadas por la incuria del tiempo, vestigios de una memoria ágrafa que, de los muchos cientos de colegiales más o menos afortunados en los estudios y en sus carreras posteriores, ha dejado poco más de una docena de testimonios escritos sobre la larga e intensa vida colegial “en la que -según el profesor Muñoz Cortés- se fundían profesores, colegiales, escritores, pintores, músicos, personas también de la sociedad murciana”; de los cuales casi la mitad son necrológicas que glosan, halagueramente, las vidas de los “mandos” de la institución del SEU, tras su desaparición. Un obituario que comienza con el In memoriam de 1983 -Con don Luis Montaner, siempre- con que Manuel Muñoz Cortés, catedrático y colegial perenne, glosa en el diario La Verdad la pérdida temprana del benéfico capellán don Luis Montaner; y sigue mucho más tarde, ya en el siglo xx, con las necrológicas de dos de los tres directores habidos, Fernando Sánchez Creus y Fernando Martínez y González, y del añorado subdirector Paco Cremades.
     A los intelectuales y a las buenas plumas vinculadas al Colegio Mayor, como el citado Muñoz Cortés, el profesor Antonio de Hoyos, el escritor Alemán Sáinz y a otros tantos y más, apenas se les conoce alguna escritura sobre la vida colegial, así que el manojo de poco más de una mano de testimonios escritos sobre el vivir y el sentir del colegio comienza justamente en 1983, recién cambiado su nombre, en la revista Albatros, cuando el activo Juan Ríos, al que la mitología colegial bautizó como Hormigón, el año de su despedida abrió una senda estrecha y nada larga de evocaciones de la vida colegial con el sugerente título de Nostalgias de pasado mañana, que será seguida por muy pocos desde entonces.
Folleto Conmemorativo del L aniversario del Colegio Mayor.
     Habrá que esperar hasta el Cincuentenario de 2002, celebración en la que algunos recuerdan haber oído leer una extensa carta del embajador Antonio López, llegada de Amán, con un detallado y enjundioso repaso de los dichos y mínimas gestas de la nómina colegial de los sesenta; de entonces son también las referencias anecdóticas de Arturo Andreu a su paso por la rondalla; sin olvidar el descarado Testamento del que esto escribe, otorgado en 2016, en que deja a la posteridad “unos cuantos recuerdos conservados entre la memoria del olvido”.
     José Luis Martínez Valero, en su Otoño en Babel, concluye un capítulo dedicado al colegio recordando “las excursiones de los domingos, las madrugadas con los auroros, las lecturas poéticas o teatrales, las intervenciones de catedráticos y profesores, la iniciación a la música, la proyección semanal, la pequeña revista…”
     Y conviene rematar este inventario de memorias y olvidos con la existencia de dos escritos que suponen un análisis breve, pero riguroso y certero, sobre la importancia del Ruiz de Alda en la formación de sus residentes y en la vida murciana de aquellos tiempos. Antonio Viñao Frago, colegial de la primera mitad de los sesenta, en unas Conversaciones, afirma con rotundidad que la experiencia de residir en el Colegio Mayor Ruiz de Alda influyó decisivamente en su cambio de mentalidad, ya que “desde un punto de vista cultural, era un foco de actividades y un semillero de posibilidades que contrastaba con la penuria del otro Colegio Mayor, el que dependía de la Universidad”. Recuerda con detalle que “a su hemeroteca llegaban las revistas literarias, políticas, de teatro, cine o cultura en general más relevantes” y no olvida que había un cine club, lecturas poéticas y sobre todo teatrales, cursillos y conferencias. En definitiva, un ambiente cultural que no era generalizado, pero que ”estaba ahí como una posibilidad abierta a la que sumarse o desechar”.
     Aunque quizá el testimonio más valioso de por sí, y sobre todo por venir de la acera de enfrente, es decir, del Colegio Mayor Cardenal Belluga, sea el del poeta novísimo Antonio Martínez Sarrión, quien, en su libro autobiográfico Una juventud, dedicado a sus años de estudiante en Murcia, abre un paréntesis en su crónica de una capital y de una Universidad atrasadas y provincianas, incluido un repaso inmisericorde de actitudes y comportamientos de los “mandos” y de algunos de los residentes de su colegio, para hacer una breve y precisa loa del de enfrente, “más modesto, muy alejado del campus de La Merced y con alto porcentaje de becarios”: resalta, pese a su condición de colegio del SEU, la fama de viveza y de cierta rebeldía que impregnaba su activismo cultural, “pues lo cierto y verdad -dice- es que allí se daba abundancia de tertulias, cafés con fulano o mengano, cuadros teatrales, aulas de música…”. Y sobre todo, contactos frecuentes con personalidades de España o del extranjero, como un oasis en medio de una sociedad recelosa y cerrada.
     Por último, sepa usted, amable y paciente lector, que esto que aquí se escribe no es más que la presentación de los afanes de unos pocos colegiales que, con la colaboración de otros, han pretendido, casi 75 años después, recuperar parte de la huella sentimental, casi olvidada, del Mayor. Una huella desparramada en imágenes, programas, folletos, pasquines, libros u hojas volanteras por ahí dispersos, y, sobre todo en la frágil, pero inestimable, remembranza de los que, más o menos nítidamente, recuerdan los pulsos, avatares, emociones y sentimientos, grandes hazañas o mínimas ocurrencias de los colegiales de una institución que fue mucho más allá de lo que dicen los recuerdos y callan los olvidos de una memoria quebradiza y nebulosa, que se va disipando inexorablemente con el paso del tiempo.

José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

Comentarios

  1. Como partícipe de esta iniciativa, os animo a que nos enviéis testimonios escritos de los recuerdos de aquellos años y que incorporéis comentarios en el blog. La idea es recuperar la Memoria del Ruiz de Alda, con las aportaciones de cada uno de nosotros. Cuesta poco estrujar la memoria y escribir un par de páginas con los recuerdos de aquellos años de juventud, tan importantes para nuestra formación personal y profesional. Ánimo. Como veis en esta introducción de Pepe Quiñonero, nuestro Colegio Mayor ocupó un lugar destacado en la cultura murciana y regional y nosotros, estuvimos allí. Recordemos.

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  2. Los amables lectores deben saber, para su buen gobierno, que las nuevas entradas se irán subiendo cada diez días, aproximadamente. Así que pronto vendrá la próxima.

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  3. Efectivamente, esta es la prehistoria de nuestro Colegio Mayor. Luces y sombras -en esos tiempos, más sombras - de una institución singular. Surgido al amparo del SEU, se convirtió pronto en una ínsula cultural en una Murcia provinciana, la de los mandarines de Espinosa. Siempre es bueno saber de dónde venimos, los caminos que transitamos y hasta donde llegamos.

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