30. Ensayos corales y noche de ronda

Allí, en la iglesia de San Andrés, y concretamente en la capilla del Marqués de Corvera, a las once de la mañana del dos de diciembre de 1956, ustedes hubieran podido ver el pequeño reciento repleto de autoridades, jerarquías y representaciones del Régimen y de la Universidad y, tras ellos, una nutrida tropa de Colegiales del Ruiz de Alda, todos vestidos de fiesta, bien trajeados y encorbatados, que asistían devotos a la misa de comunión general, oficiada por el recién nombrado capellán, don Luis Montaner, acompañado del coro del Mayor, que “interpretó diversos motetes religiosos”, con motivo de la consagración de los colegiales a Nuestra Señora de la Arrixaca.
Fiesta de La Arrixaca, curso 1967-1968 (Archivo Manuel Acosta).
     Si además ustedes son algo curiosos, les gustaría saber que este coro, ya en el curso 1952-1953, año de la inauguración del Colegio, “consta de 30 voces estando integrado su repertorio por canciones populares y regionales e himnos litúrgicos”, y podrían verlo actuar aquellos primeros años en la fiesta solemne de la Arrixaca, en San Andrés o en la pequeña capilla del colegio. Pero también en sus vísperas lo oirán como una rondalla alegre y bullanguera que anda por las calles “rondando a los colegios mayores femeninos y a alumnas universitarias vinculadas a nuestro Mayor” ya el año de la inauguración, y dicen que “siendo muy agasajados y poniendo de manifiesto su excelente preparación y extenso repertorio”.
     Vinculado al Aula de Música, ya que sus integrantes eran miembros de dicha asociación, el coro fue dejando a un lado lo religioso, para centrarse más en lo profano, así que dedicaba gran parte de sus ensayos a la preparación y disfrute de la rondalla, que alegraría por un solo día de diciembre los aledaños de los colegios femeninos, pero tendría entretenidos y gozosos a sus músicos y cantores gran parte del curso.
     Músicos y cantores que contaron con la dirección de exquisitos melómanos y coristas llenos de entusiasmo, que mantuvieron la ilusión y el compromiso de los miembros de la rondalla. Digamos aquí los nombres de Octavio de Juan, que ocupó los años cincuenta, y los hermanos Cremades, y Diego Baños, y Sergio García, por no decir más nombres. Pero centrémonos en uno, dueño de los sesenta con su sabiduría y buen hacer de la música: Paco Cremades era un hombre tímido y discreto, con una imagen y un carácter poco dados a la diversión y la jarana. Manuel Acosta, uno de los coristas, lo pinta como ”un tipo de mediana-alta estatura, delgado y tieso como un palo”, de calvicie prematura y gafas redondas metálicas, que “tenía el envaramiento de un oficial germánico”, aunque “ con voz un tanto atiplada y con algún “gallo” de vez en cuando”.
     Todos resaltan su destreza tocando la mandolina, aunque en esto se prodigaba poco, dedicado sobre todo a la dirección del coro, cuyos ensayos, que −cuenta Sergio García, su mejor discípulo− tenían lugar en un rincón del sótano cantina, dirigía moviendo los brazos con la elegancia y la armonía de las alas de un pájaro, imagen que era motivo para la imitación en las tertulias de los coristas. Y no son pocos los que recuerdan sus solos de mandolina, y la silleta que siempre lo acompañaba en las rondas, y el pañuelo con que alguno le secaba la cara durante uno de sus solos, y su discreción a la hora de dirigir, oculto bajo el balcón de aquellas a quienes daban la serenata.
     Si ustedes fueron miembros de esta rondalla, o fueron intrusos en alguna de sus rondas, o fueron meros testigos accidentales, podrán recordar cómo una colla sigilosa tomaba la retorcida calle Rambla, para situarse en la puerta del bar La Cosechera, todos atentos a la fachada del Colegio Mayor de Carmelitas, mientras su director se ocultaba bajo el portón de entrada, dispuesto a dirigir la serenata. Y oirán cómo un repentino son de bandurrias y laúdes estremecía el silencio de la noche, dando paso al coro, mientras comenzaba entonces -recuerda Sergio García- “un baile de apertura de ventanas, luces encendidas, caras bonitas de las chicas, y una retahíla de voces que anunciaba lo de “la tuna, la tuna, ya está aquí la tuna”, aunque “la primera en asomarse era la monja de guardia para comprobar que las chicas estaban en perfecto estado de revista, sin mostrar algarabías desmedidas”.
     Aunque si no estuvieron allí, Manuel Acosta les recordará que “además de aplausos y vítores, también descolgaban cestillos con botellas de coñá y cordiales, sabiendo que entre los cantantes se ocultaba algún novio cómplice”. Luego se apagaban los sones, y la comitiva enfilaba las desiertas calles de la capital provinciana para recalar en Oblatas, Las Luisas o el Servicio Doméstico, esperando que en alguna de estas residencias les abrieran la puerta para entonar dentro las canciones, en un amable revoltillo de músicos y admiradoras. Y finalmente, la vuelta a casa, sin olvidar el paso ante las puertas y balcones de amigas particulares, desde Santa María de Gracia al cercano barrio del Carmen.
     Y antes de acabar estas remembranzas, los melómanos no dejarán de recordar el laúd de Alberto Tárraga, las guitarras de Sergio García, Pérez Guillermo o Juan Campos, la bandurria de Enrique Pérez-Cuadrado y de Arturo Andreu y la mandolina de los hermanos Cremades. Y el cuidado y bien ensayado repertorio, que siempre comenzaba con el “Despierta, dulce amor de mi vida” y seguía con boleros y otras canciones “aboleradas” del gusto de los coristas y de la audiencia.
     Sones de instrumentos y de voces y letras de canciones (“Alma, corazón y vida”, “Amor, amor”, “El reloj”, “Si tú me dices ven…”) que, vueltos al colegio, se recordarían durante mucho tiempo y serían la semilla de amistades y relaciones duraderas, mientras en los corrillos de los ensayos y en las tertulias de las habitaciones se comentaban los pequeños incidentes y anécdotas de la ronda, al tiempo que se comenzaban a templar los instrumentos con la ayuda del piano de la sala de estar y a afinar las voces que con algún motivo extraordinario o ya en la Arrixaca siguiente sonarían de nuevo por las calles de la ciudad y entrarían en las habitaciones de los colegios, una vez más con la alegría y el jolgorio de la vieja y siempre renovada rondalla.

                                                                                                                                  José Quiñonero Hernández, Colegial 1969-1974. 

Comentarios

  1. Termino asombrado de leer esta aportación que relata una historia notable desconocida para mí, tanto en aquello de lo que fui testigo cómo de las crónicas de las que fui receptor por parte de sus protagonistas, sin que pueda sustraerme a la comparativa entre ese pasado coral, y el hito protagonizado por los llamados “Pueblos del Mar”, en el Bronce tardío, al provocar el colapso de toda una civilización arraigada de aguerridos pueblos de Oriente y del Levante y abocarlos a una Edad Oscura donde las haya.
    Me pregunto qué fenómeno desolador y catastrófico ocurrió en el Oriente colegial para que la bandurria chocolateada del profesor Tárraga desapareciera sin dejar rastro, como si fuera el “Lineal B” micénico, condenando a la humanidad al silencio de la escritura durante siglos. Cómo imaginar al Dr. Pérez Guillermo clamando auxilio por su cerebrada guitarra como clamó Amuratti, rey de Ugarit, a la vecina Alashiya ante la amenaza de semejante horda aniquiladora de naves salvajes y la inminencia de su poder devastador. Cómo imaginar ese grupo coral, académicamente angelical en su formas, pasado a sangre y fuego como el imperio Hitita de Suppiluliuma II. Y como ni siquiera pudo quedar superviviente alguno del exterminio, como Ramses III, que hubiera grabado a cincel la cruenta batalla contra los invasores bárbaros en la tapa del piano, que mudo y solitario compartió nuestros años ‘80 en la sala homónima, tan desafinado en sus cuerdas y desvencijado en sus martillos que ni siquiera las virtuosas manos de un olvidado novato alcanzaron a emparejar en una breve armonía. A nuestra llegada en 1983, solo la guitarra del “El Viejo” Fuster, resonaba con las obras de Silvio Rodríguez, y algún rasgueo puntual de su inseparable Guerrero Zamora, Manuel Alfonso, “Conde” del Mayor y de la noble Caravaca.
    Pues de todo ello, de ese pasado coral tan glorioso, no quedó ni rastro, ni crónica, ni registro gráfico, ni dibujo, ni artículo, ni panfleto, ni foto bajo tachuela, ni desocupada inscripción en la puerta del retrete, que siquiera pudiera sugerir que del Mayor, antaño, surgieron notas y acordes musicales de plectro y guitarra que agasajaron a féminas colegiales, desde Oblatas a Carmelitas, con escaso éxito al parecer, dada la falta de crónicas en dichas instituciones a cargo de las, ya casi centenarias, madres y sores que pudieran remontarse a época tan épica, alguno de cuyos ejemplares tuve el placer de conocer por una novia que me eché en las Oblatas , que poco duró, y de la que nunca más se supo. Como de Suppiluliuma II...

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