23. Mens sana in corpore sano
Si las novatadas constituyeron un rito iniciático
para integrar a los colegiales de nuevo ingreso en la dinámica del Colegio
Mayor, la participación en las actividades, en el marco de las asociaciones
colegiales culturales y deportivas, conformaban la otra fase del proceso de
integración. Me referiré solo a las primeras.
La Murcia de los años 60 y
70 era una ciudad provinciana, con una universidad pequeña y encerrada en sí
misma, considerada como referente de una cultura oficial, dirigida por
destacados prebostes del Régimen. En esa Murcia
tardofranquista, el Colegio Mayor Ruiz de Alda era una isla en medio de un
cierto páramo cultural, una avanzadilla de la cultura e intelectualidad del
régimen, pero también una ventana abierta a nuevos aires y, en cierta medida –y
con todas las reservas– un espacio para la conciencia crítica de los jóvenes
universitarios. En su seno, promovidas por los colegiales y apoyadas por la
dirección, se formaron asociaciones en distintos ámbitos culturales y
deportivos −Mens sana in corpore sano−, que pervivieron, con cambios y
reformas, hasta el cierre del Colegio.
Yo viví y conviví con mucha gente en ese Colegio Mayor entre los cursos
1974 y 1984-1985. Conocí sus “mitos y
leyendas” y participé en casi todas sus actividades, de las que guardo buenos y entrañables recuerdos. En 1978, yo era el
coordinador de actividades del Ruiz de Alda.
Cuentan las crónicas y queda
recogido en los deteriorados libros de Memorias del Colegio Mayor, de los que
algunos se conservan en el Archivo Regional, y también en los periódicos de esa
Murcia adormecida del momento, que la literatura y el teatro eran actividades
principales en el Ruiz de Alda en sus primeros años, hasta la década de los 60.
Lecturas dramatizadas de obras de teatro de novísimos dramaturgos, unos
conocidos y otros de la última vanguardia −Priestley, Eugene O´Neill…−, también
de noveles directores locales, como Cesar Oliva; o charlas con directores, como
Pérez Puig, con autores ciertamente comprometidos como Alfonso Sastre, y
también con actores y actrices del momento, conformaban una actividad tan
sobresaliente en el universo colegial.
Ya, en la década de los 70,
la universidad se haría conel monopolio teatral, a través del TEU, languideciendo progresivamente esta actividad en el Colegio Mayor. Una reminiscencia de esa actividad colegial y su último estertor fue el intento, en 1975 del montaje del sainete de Carlos Arniches Es mi hombre,en el que había partcipado en mis años de estudiante de bachillerato en Lorca, junto con mi amigo Francisco Veas. Intentamos comprometer a algunos colegiales y también a compañeros de aquellos años, que no eran colegiales. La iniciativa no llegó a buen término.
Por su parte, la actividad
literaria se encuadraba en la Asociación que se denominó Tabla Redonda de la Poesía, que organizaba recitales poéticos y también editaba ensayos y poemas. Todo un reto y un acierto en aquellos años de la prehistoria colegial. Todavía conservo alguna de las viejas ediciones. De la lectura de estas páginas de recuerdos podremos calibrar la importancia y trascendencia que tuvo esta asociación en la Murcia universitaria del momento. Antonio de Hoyos, Alemán Sainz y otros autores murcianos participaron activamente en sus actividades.
En mis años de colegio recuerdo haber
organizado recitales de poesía y tertulias con poetas y autores literarios,
como el cartagenero José María Álvarez, el ceheginero Lorenzo Fernández
Carranza o el poeta y escritor chileno José Donoso. Eran veladas en torno a un
café, donde los autores recitaban sus poemas o nos informaban sobre su proceso
creativo.
Recuerdo también, que se
organizó alguna charla tertulia con profesores de la Universidad, como
Victorino Polo o Muñoz Garrigós. En cualquier caso, no era tarea fácil, porque
“no eran buenos tiempos para la lírica” y costaba un mundo que los colegiales se
interesaran por estas actividades y, en consecuencia, que asistieran a su
realización.
Permitidme, quien esto lea,
que ligada a esta actividad de promoción del teatro y de la literatura me
refiera a la revista colegial Albatros, una vía de libertad de expresión que se
inició en los primeros años 60 y que se editaba cada año, con motivo de la
fiesta anual del Colegio Mayor. Habría que añadir aquí que prácticamente
desapareció en los años setenta, y solo a finales, surgió con nuevo ímpetu, y
se mantuvo durante las décadas siguientes. Recuerdo las noches de redacción
entre la biblioteca y el salón de actos y la impresión en la “vieja
vietnamita”. Noches de humo y coñac. Albatros era una vía de expresión, de
quejas, de creatividad y de participación. No recuerdo censura alguna y si la
expectación que creaba la mañana que aparecía en el casillero de cada uno de
los colegiales. En “Albatros” descubrimos a gentes de buena pluma, a poetas
incipientes y a cronistas de la realidad del momento, con buen estilo, espíritu
crítico y certeros en sus reflexiones. Alguien me contó que en una ocasión,
años atrás, un editorial de la revista levantó sarpullidos en la Dirección. No
recuerdo, en mis años de colegial, ninguna cortapisa a la hora de escribir en
Albatros.
El cine era la gran
actividad del Colegio Mayor desde su creación, a través de la asociación
colegial Kineidos, pues el arte cinematográfico era otra de las ventanas
abiertas para conocer realidades y situaciones diferentes. Era también una
puerta abierta a la libertad, a la crítica y a la reflexión. El cine formaba
parte del ADN del Colegio Mayor desde su creación y, para comprobarlo, sirvan
los relatos que sobre Kineidos y el cine, algunos colegiales hemos aportado
para estas páginas.
Muy ligada al cine estaba la
fotografía. El Colegio Mayor Ruiz de Alda disponía de un completo laboratorio,
instalado en un habitáculo de la quinta planta que empezó a funcionar hacia
1975-1976. Simultáneamente se constituyó la asociación de fotografía y se
adecuó lo que era un pequeño almacén en la quinta planta, para su ubicación. Se
adquirieron tanques de revelado, cubetas, líquidos, fijador, una máquina
fotográfica y otros utensilios, que con el tiempo se fueron ampliando. Se
establecieron unas normas de utilización y unos horarios, constituyéndose la
Asociación de fotografía, que pronto convocó un concurso a nivel colegial, que
al año siguiente se trasladó al ámbito universitario local. Como coordinador de
actividades, me correspondió la búsqueda de patrocinadores −Diputación
Provincial, Ayuntamiento de Murcia, Caja de Ahorros de Alicante y Murcia y
Vicerrectorado de Extensión Universitaria−, lo que me permitió conocer a
personas y personajes bastante interesantes en estas instituciones y entidades.
Igualmente, tuvimos que buscar un jurado, que repetía todos los años, aun
cuando el concurso, dado su éxito, alcanzó un carácter nacional, puesto que se
abrió primero a todos los Colegios Mayores y después a todas las universidades
de España. El Catedrático de Derecho Natural y Filosofía del Derecho, Profesor
Hurtado, gran fotógrafo, lo presidió durante muchos años, y de él formaron
parte el director de medios audiovisuales del ICE de la UMU, Francisco
Martínez, el fotógrafo profesional Juan Orenes y la también fotógrafa María
Manzanera. La colaboración de muchos colegiales, de los empleados de la administración
del Colegio y el apoyo de la dirección hicieron que este concurso perdurara a
lo largo de los años, con bastante éxito y repercusión. Las fotografías
premiadas, enmarcadas, adornaban espacios y dependencias del Colegio Mayor.
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| Una de las muchas actividades musicales del Colegio Mayor. |
La música también tenía su
asociación. La base de la misma estaba en una excelente colección discográfica,
en las audiciones de obras y discos significativos y, como consecuencia, en la
realización de conciertos y recitales de figuras de la música de la talla de
Narciso Yepes, Sainz de la Maza, María Teresa Calvo Manzano o la pianista
catalana Rosa María Kucharski, lo que abonaba el campo para charlas y
conferencias sobre aspectos musicales, como la del musicólogo Federico Sopeña,
que tanto ponderaba en sus conversaciones el páter don Luis.
En mis años de colegial,
esta presencia de figuras de la música en el Colegio no se dio; no obstante,
quisiera destacar la celebración durante dos años seguidos de un festival de
Música Folk, que dirigió el activo colegial y excelente compañero Juan Ríos.
Eran los años de la Transición, cuando el Grupo Jarcha se coronó con su canción
Libertad sin ira. Aquel grupo fue icónico en aquellos años, junto con
otros como el manchego Siembra, Nuevo Mester de Juglaría o Aguaviva, que
revitalizaron la música tradicional o de raíz. Punto y aparte fue el grupo
yeclano Vino Tinto, con su Habla, pueblo, habla, la canción de la
democracia.
Era la moda del momento y
así lo aprovechamos. Durante dos años −1979 y 1980−, el salón de actos de la
entonces Escuela Universitaria del Profesorado de EGB de la Universidad de
Murcia, con un amplio aforo, fue la sede del primer recital, con el grupo almanseño
Siembra como principal invitado. Una actividad exitosa, por el público
asistente y por el trabajo en común de un buen número de colegiales, comandados
por Juan Ríos, que diseñaron el cartel, elaboraron y difundieron la propaganda
y colaboraron en el montaje y organización del evento. Al año siguiente, fue el
auditorio, junto al estadio José Barnés, el que acogiera el segundo festival de
Música Folk, también con el grupo Siembra, Manuel Luna y su cuadrilla y otro
grupo de Cehegín, que ahora no recuerdo. También tuvo éxito de público. Eran
los tiempos de los cantautores y de la canción protesta.
No puedo dejar de mencionar
la rondalla, una tuna informal, integrada por colegiales, algunos virtuosos de
instrumentos tradicionales, que en determinados días y previos ensayos de
aquella manera, rondaba con serenatas nocturnas residencias femeninas y habitaciones
de chicas conocidas de los colegiales. Los hermanos Cremades, Octavio y otros
célebres colegiales crearon aquella rondalla, cuyas correrías nocturnas
heredaron los Sergio, Manolo Asín, Miguel Pérez-Guillermo, Alberto Tárraga,
Pepe Vázquez, Pérez Cuadrado o Juan Campos, por citar algunos de los que en
aquellos benditos años, en noches estrelladas y al son de Clavelitos o
de Las cintas de mi capa, recorrían las calles, plazas y lugares más
emblemáticos de la Murcia universitaria. Eran “noches de ronda”.
Finalmente, permítaseme,
referirme al Aula política, una actividad acorde con los nuevos tiempos
de la transición democrática, que con el apoyo del director José Antonio Donat,
se creó en el curso 1977-1978. Se trataba de dar a conocer en el Colegio las
nuevas ideas políticas y la apertura surgida tras la muerte del general Franco.
Manuel Fraga, de Alianza Popular y Cantarero del Castillo, de Reforma Social
Española, fueron de los primeros en desfilar por aquella aula, cuyas
actividades se realizaban en la sala de visitas, convertida en un foro de
discusión y debate. Por allí pasaron varios representantes de la coalición de
partidos de UCD, como Antonio Pérez Crespo, democristiano, Joaquín Garrigues
Walker y Ricardo de la Cierva, liberales y Enrique Egea, socialdemócrata.
También los diputados Santiago Arnaldos y Joaquín Esteban Mompeán.
En el Colegio Mayor Ruiz de
Alda, el primer presidente socialista de la Comunidad Autónoma, Andrés
Hernández Ros, se dirigió por primera vez a los universitarios murcianos. Todo
un empeño del vicerrector Morales Meseguer, que tenía en gran estima a nuestro
Colegio y a nuestro director. Pedro Marset, del PCE, también expuso su programa
e ideas en esta aula, surgiendo así una estrecha relación, que se tradujo, unos
años después, en la organización, bajo la dirección de Marset, de los cursos de
Salud Pública, que se celebraron y organizaron durante varios años en nuestro
Colegio Mayor, lo que permitió que nos visitaran altos cargos ministeriales y
de la Organización Mundial de la Salud. Todavía me agrada mucho y me trae
gratos recuerdos ver en algunas consultas de médicos el diploma de aquellos
cursos con el logo de nuestro Colegio Mayor y la firma de Marset y de nuestro
director José Antonio Donat.
Como podremos comprobar
leyendo estas páginas de recuerdos, la actividad cultural y el asociacionismo,
como en los colleges anglosajones, estaban muy presentes en el espíritu
del Colegio Mayor. Todas estas actividades conformaron un espacio cultural muy
sobresaliente en la ciudad de Murcia, al otro lado de río. Todos pusimos
nuestro grano de arena para levantar y consolidar el castillo cultural del Ruiz
de Alda.
Antonio J. Mula Gómez,
colegial, 1973-1978;
subdirector, 1979-1984.

ResponderEliminarInicié mi primer año de andadura colegial como un apasionado ejerciente de la fotografía, especialmente de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones), actividad que financiaba mis caprichos y vacaciones, habiendo participado en un par de exposiciones colectivas de jóvenes fotógrafos de mi Lorca natal. Con dicho pedigrí me incorporé a la Asociación de Fotografía del Mayor, si bien dicha incorporación fue más bien una resurrección, ya que aquella sección, en aquellos años del curso 1983-84 se encontraba bastante abandonada, y una vez adquirida mi condición de novato “simpliciado” y mi derecho de acceso al laboratorio, tuve que quitarle las telarañas a aquella lámpara invertida que utilizábamos como ampliadora, y a las cubetas en las que no se había sumergido un centímetro de papel politenizado “Ilford”, “Agfa” o “Valca” desde hacía ya un tiempo. Poco utilicé el laboratorio durante el primer año si bien la cosa cambió durante los posteriores, tras la llegada al Colegio del compañero José Antonio Losada Szekely, “el Toledano”, que había aterrizado desde tierras manchegas buscando estudiar empresariales, y que era, a la sazón, un reputado fotógrafo, gran aficionado y cuasi profesional, que había fotografiado las noches toledanas en la histórica discoteca “Sithons” de la capital visigoda, regentada por sus padres. Entre el toledano y yo, y con las aportaciones del alumno aventajado, el doctor Saura Inglés, consolidamos la resurrección de dicha Asociación, y organizamos la “norecuerdoésima” edición del Concurso Nacional Universitario de Fotografía, con la pretensión de que fuera el preludio de un concurso internacional bianual, que situara al Colegio como uno de los referentes de la fotografía universitaria nacional e internacional. Por lo pronto nos centramos en esa edición nacional de 1987, la cual fue debidamente promocionada, especialmente en periódicos y radio. La edición fue un completo éxito y más de 250 obras fueron llegando de distintos lugares de España. Recuerdo la reunión conciliar del Jurado, formado por el incombustible D. Mariano Hurtado, catedrático de Derecho Natural y Filosofía del Derecho, brillante creador de imágenes, excelsas unas y vanguardistas otras y todas mucho más digeribles que los inescrutables laberintos de sus explicaciones docentes (“estamos tocando cúpula”! exclamaba en su paroxismo iusnaturalista ..). Junto a otros miembros que no recuerdo, completaba la terna del Jurado, el fotógrafo Antonio Pérez Pardo, de profundo arraigo familiar en el arte del daguerrotipo local, hijo de Francisco Pérez Bas, del establecimiento de fotografía “Foto Bas”, ubicado en la calle San Lorenzo, y sobrino de Antonio Pérez Bas quien, a su vez, regentaba el establecimiento “Basper”, ubicado en la Gran Vía de Murcia.
Y como no podía ser menos para brillar tanto como el Jurado y la organización del concurso, el triunfador por aclamación unánime no fue otro que el gran Juan Manuel Díaz Burgos (https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Manuel_D%C3%ADaz_Burgos) , fotógrafo cartagenero que sedujo al Jurado, (de entre las cinco permitidas a cada concursante), con una imagen que llevo clavada en la retina, y que dibujaba la silueta de una anciana postrada en el reclinatorio del crucero de una pequeña iglesia, rezando, ya fuera a un Cristo o a una Stella Maris, con sus manos sobresaliendo del atril, de las que colgaba un rosario, y todo ello en un excelso contraluz que dibujaba su silueta, y una intensa pero delgada luz lateral, suficiente como para iluminar una parte de su mejilla y de sus manos, dibujando los surcos de piel que solo la vejez consigue amorosamente esculpir, y que la serenidad de la imagen no hace más que transmitir, recreando el eco mágico del momento más íntimo de comunión y comunicación entre la devota y la imagen objeto de su adoración. Bastaban dos colores, o más bien la ausencia de colores, y el blanco y negro, para proyectar la paz y el magnetismo de la escena.
No se si hubo una edición posterior a la de aquel año, pero si fue la última, la imagen bien valió tal honor.