22. La huella del Ruiz de Alda

Escribir sobre el Colegio Mayor, pasado ya más de medio siglo desde que lo pisé por primera vez, implica hacer un ejercicio profundo de memoria y también de gratitud a esta institución universitaria.
Mi estancia en el Colegio Mayor no fue solo una etapa académica sino una experiencia que marcó profundamente mi desarrollo personal, intelectual y humano. A lo largo de esa etapa, recorrí tres fases bien diferenciadas dentro de esta institución: la del joven estudiante y colegial, la del licenciado y subdirector y la del postgraduado. Cada una con sus retos, aprendizajes y momentos inolvidables. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, quiero dejar testimonio de ese recorrido y expresar mi más sincero agradecimiento a una institución que me acogió, formó y acompañó durante uno de los periodos más significativos de mi vida.
El becario Alberto Tárraga con su padrino Luis Alba.
Llegué al Colegio Mayor como un joven estudiante procedente de la ciudad de Almansa (Albacete) cargado de ilusiones y con la esperanza y el entusiasmo propio de quienes creen −y quieren creer− que, a través del conocimiento, se podría encontrar un futuro profesional, pero también con la incertidumbre de si sería capaz de cumplir con la meta que me había propuesto y de vencer las barreras que, con total seguridad, surgirían a lo largo del trayecto que en ese momento comenzaba.
Al volver la mirada hacia aquellos años, lo primero que recuerdo es el cambio abrupto que significó pasar de un entorno familiar humilde al universo complejo de la vida universitaria de Murcia y a un lugar de residencia –el Colegio Mayor− en el que pronto descubrí que se respiraban valores como la convivencia, el esfuerzo y el compromiso y que ofrecía un entorno humano y académico de enorme riqueza, imprescindibles para la formación integral de un joven estudiante que acababa de cambiar su pueblo por la ciudad de Murcia.
La Universidad me planteó retos duros: el rigor académico, la presión de los exámenes, las dudas sobre si realmente estaba en el camino correcto, etc. De ahí que pronto entendiera que conseguir el título de Licenciado en Química no iba a ser una tarea fácil. Ello me exigió algo que ha sido fundamental a lo largo de mi vida profesional: aprender a organizarme y a ser constante en el estudio y en el trabajo.
Como consecuencia de estas exigencias académicas y debido a mi condición de becario, debo reconocer que no siempre pude participar tan activamente como me hubiera gustado en todas las iniciativas y actividades desarrolladas en el Mayor. Las obligaciones de estudio eran prioritarias, y muchas veces me vi obligado a renunciar a momentos de encuentro, reflexión o formación compartida. A pesar de ello, sentí siempre el acompañamiento de una comunidad que valoraba el esfuerzo y respetaba los distintos ritmos y circunstancias personales. No obstante, el ambiente que se respiraba entre esas paredes sí me permitió descubrir que la Universidad era mucho más que clases, libros y laboratorios y que obtener un título profesional implicaba además conseguir el derecho a pensar y el de lograr un cambio social que, en aquellos años, traspasaba los muros del aula.
Ya en mi etapa de doctorado, tuve la oportunidad de colaborar, desde la subdirección del Colegio, en el equipo dirigido por José Antonio Donat Ortuño y del que también formaba parte Antonio José Mula Gómez, como Jefe de Estudios. Esta responsabilidad me permitió devolver algo de lo recibido y contribuir activamente al proyecto formativo de la institución. Fue una experiencia intensa y enriquecedora, que me permitió conocer desde dentro el esfuerzo constante por mantener viva la vida colegial, así como los desafíos propios de toda comunidad formada por jóvenes estudiantes universitarios.
Aprendí a liderar, a escuchar, a acompañar a los más jóvenes en su proceso de integración, y a tomar decisiones −no siempre bien comprendidas− pensando siempre en el bien de toda la comunidad. Esta etapa fortaleció mi vínculo afectivo con el Colegio, al que empecé a sentir, con más claridad aún, como mi auténtica casa en Murcia.
Al finalizar el doctorado, fui consciente de que el nuevo y flamante título conseguido no era más que el inicio de otra nueva etapa de esa carrera de fondo que es la vida: una llave que, entonces, pensaba que me podría abrir la puerta a conseguir mi verdadera vocación, que no era otra que acceder al mundo de la docencia universitaria y la investigación. Esa nueva etapa postdoctoral, que consideraba esencial para completar mi formación académica, la encaré con mucho entusiasmo pero, también, con cierto vértigo, pues me exigió trasladarme a Inglaterra, primero, y Estados Unidos, después.
Sin embargo, mi relación con el Colegio Mayor no terminó en ese momento. Más bien esa etapa constituyó un paréntesis ya que, terminado ese periodo de formación postdoctoral en el extranjero, y ya de vuelta a Murcia, continué durante un tiempo vinculado −ahora como postgraduado− a esta institución que ya formaba parte inseparable de mi trayectoria vital.
No obstante, esta etapa llegó a su fin de forma abrupta, como consecuencia de una serie de decisiones –cambio de nombre del Colegio, supresión del capellán y de la capilla, etc.−. tomadas por los responsables políticos de quienes dependía el Colegio a principio de los 80 del pasado siglo, y adoptadas desde el desconocimiento de la esencia, la historia y la importancia que esta institución tuvo durante más de cuarenta años en el distrito universitario de Murcia. Fueron estas unas decisiones que no solo afectaron a la estructura del Colegio del que yo formé y seguía formando parte, sino que también desdibujaron su identidad, vaciando de contenido muchos de los valores que lo habían sostenido y proyectado.
Transcurrido ya más de medio siglo desde aquellos años en que como joven universitario entré a formar parte de esa escuela de vida que fue el Mayor, y al volver la vista atrás, entiendo mejor lo que significaron aquellos años “colegiales” para mi formación como persona. Por ello, y a pesar de todo, quiero que prevalezca mi sentimiento de gratitud a esa institución. Gratitud por todo lo vivido, por lo aprendido y por los amigos y compañeros encontrados en el camino.
El Colegio Mayor me dio mucho más de lo que yo podía imaginar al cruzar por primera vez sus puertas: me dio un hogar, una comunidad y una visión del mundo que aún me acompaña. Hoy, cada paso que doy lleva la huella de aquellos años. Y cada vez que miro atrás, lo hago con profundo agradecimiento a una institución que supo acogerme, exigirme, y formarme. Muchas gracias, Colegio Mayor Ruiz de Alda.
Alberto Tárraga Tomás,
colegial 1970-1975.
Jefe de Estudios 1975-1976.
Subdirector 1976-1979.
Postgraduado 1983-1984.

Comentarios

  1. Conocí a Alberto Tárraga en el primer o segundo día de mi estancia en el Colegio Mayor. Era de esas personas que siempre estaban estudiando. El mantenimiento de la beca lo exigia y, además, había que sacar nota. Fue en una noche aciaga para quién como yo, novato, era objeto de escarnio, junto con algunos otros compañeros de mi misma condición, en una habitación de la tercera planta. Estábamos en plenas novatadas. Gritos, risas y jolgorio en un pululeo interminable, hasta que en un momento, un grito en el pasillo disolvió la bufa asamblea "Cada uno a su habitación". ¿"Es que no tenéis nada que estudiar?" frases que resonaron como sentencias. Se cerraron las puertas de las habitaciones, cada mochuelo a su olivo, pero "Usted, novato, sientese en esa mesa y a estudiar". Entre en su habitación, que echaba humo, pues su compañero Domiciano Hernández Vizcaino, fumaba y mucho y puse sobre la mesa los apena cuatro folios de apuntes de aquella primera o segunda jornada lectiva. Al poco tiempo, habiéndole dado mil vueltas a los escualidos folios, el sueño me vencía , al tiempo que después de cada cabezada, veía a Alberto y a Domiciano estudiar de verdad, subrayando y haciendo problemas sin pestañear. Sobre las dos de la mañana, cuando el panorama estaba despejado y tranquilo, me envió a mi habitación, la 29 , en la segunda planta. A partir de ese momento, Alberto fue uno de esos amigos para siempre que surgen en el Colegio Mayor. Estudiante brillante, con excelentes calificaciones, de las que nunca presumía, persona seria cabal, con criterio y principios, siempre estaba estudiando y poco participaba en aquel aquelarre de las novatadas, ni en lo pululeos habituales de la noche durante el curso. Deportista, jugaba al futbol, al balón mano y al baloncesto, era y es una gran persona. Estudiante a imitar y persona cuya amistad se ha prolongado durante más de 50 años. Otro gigante, a cuyos hombros se veía más lejos. Jefe de estudios, Subdirector y postgraduado, caminamos juntos por esa senda colegial y responsabilidades, de tal manera que le fui sucediendo en en esas fases, hasta que después de su estancia postdoctoral en Inglaterra y Estados Unidos, como Subdirector tuve la satisfacción de recibirle en su calidad de postgraduado, luego compartimos la misma condición de postgraduado en la planta acondicionada para tal fin en el C Mayor. A partir de ahí, hemos compartido más de una cincuentena de años de amistad fraternal. Lo dicho, otro gigante para, sobre sus hombros, ver más allá.

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