21. A hombros de gigantes
Si he visto de lejos, es porque estoy
subido a hombros de gigantes.
Isaac Newton.
A Pedro Martínez Hernández,Pedrolo,
señor de Aljor-A, mi veterano.
Ahí
está, en medio de la habitación, mirando al nuevo desde las alturas de unas gafas
coloreadas, con un gesto adusto y una estatura inacabable, que se estira y
crece sin cesar, convertido su dueño en “un monte de miembros eminente”, visto
desde la talla disminuida y apocada del novato −al que, curiosamente, llamaban
El Largo en su tierra− que vegeta inerme a sus pies. Una diferencia de tallas
que vendrá a ser la imagen puramente física del abismo que separa al estudiante
de Cuarto de Químicas, dedicado a unas disciplinas del todo ajenas a los
conocimientos del nuevo, que no van más allá de las lecturas de Gonzalo de
Berceo y de la novela picaresca.
”Desdichado, ¿qué te trae por aquí”,
oye decir el nuevo nada más traspasar la puerta, sin más trámite ni audiencia,
como si al veterano le sorprendiera un tanto la llegada inesperada de tal
prenda.
Y ya para siempre lo estaré viendo allí en medio de la estancia, recibiendo a horas y a deshoras al paisano y colega Benzal, para rememorar sus vivencias de Aljor-A, patria común de ambos, y aclarar dudas y desconocimientos sobre las ansias amorosas o las disciplinas académicas, con una asimetría corporal que el segundo se esfuerza por equilibrar sin ganancia alguna, aunque en el fondo las ocupaciones y preocupaciones compartidas podrían llevar a alguien a sospechar que pueden ser los don Quijote y Sancho, o al menos, el Tip y el Coll, de aquel lugar al que nuevo ha llegado.
Y a todo esto, sin que el nuevo tenga noticia alguna de por qué está aquí, del cómo de este maridaje contra natura entre las ciencias y las letras, entre la altura inabarcable de este veterano y su mediocre estatura.
Por lo demás, ahí veis las dos mesas de estudio con sus correspondientes sillones, y las dos camas. Sillón y mesa que el nuevo, quizá sea por no haber poseído nunca tal mobiliario, sea por su inclinación fatal a la molicie, apenas utiliza, frente a las largas horas de estudio del alto y extraño compañero.
Para el nuevo, la cama es la mejor propiedad horizontal, que siempre se ofrece sugerente y generosa para la lectura y, sobre todo, para el sueño, que le viene a todas horas, sea la siesta o el dormir profundo de la noche, que alimenta, con o sin café, pensando más en las musarañas que en las musas. Eso sí, después de abrir la ventana de par en par, sea invierno o verano, para realizar la inevitable observación meteorológica.
Y allá al fondo, el veterano medita o estudia en silencio, sin que le falte tiempo para acercarse a su cama y mirarlo fijamente desde el respaldo, con un “Desdichado, qué buena vida llevas”. Un calificativo que al nuevo le suena benévolo y cariñoso, casi maternal, como si fueran las buenas noches de su madre, premonitorias del mejor de los sueños.
Y así fueron pasando los días, y también las noches, de todo un trimestre, en amable compañía, con el novato siempre atento al devenir de encuentros y conversaciones, tomando nota de las nuevas de un mundo para él casi siempre desconocido, fueran de la Universidad o de más allá, o de las afanes y apreturas de los exámenes monumentales, con sus fortunas y adversidades, con que se enfrentaban aquellos gigantes tan estudiosos, mientras él acudía alguna tarde a las clases de su curso, en un horario que no entorpeciera para nada la siesta ni el debido descanso nocturno.
En esto que, tras la vuelta de la Navidad, vino la peor noticia: la dirección del Colegio, siguiendo el dicho cierto de que la administración es ciega y sorda, tuvo la genial decisión de devolver al nuevo al predio de las letras, lo que, sin más comentarios, supuso una bajada a los infiernos de la segunda planta, donde hubo de apacentarse en un páramo en el que nada brota y todo es monotonía y desolación.
El trimestre de estancia en la habitación 55 quedó como el recuerdo de un pequeño oasis en el desierto, hasta que en el curso siguiente tuvo lugar el reencuentro, aunque fuera solo formal, con la imposición de becas, celebrada con el acuerdo y la satisfacción de ambos, fundidos en el abrazo oceánico del veterano.
En los años siguientes, el colegial alto se reintegró a la vida social, dedicado a sus ocupaciones farmacéuticas, a sus labores de Jefe del Servicio de Análisis Clínicos de la Arrixaca, y a otras actividades docentes y empresariales que fueron creciendo como la espuma, impulsadas por la figura de estatura inacabable, cubierta ahora de nieve la airosa cumbre, delgada y esbelta todavía la figura, mientras dicta una conferencia o escancia el divino licor de una de sus bodegas, siempre con gesto entre solemne y bienhumorado.
Mientras, el nuevo de entonces lo recuerda hoy, como ayer, inmutable en medio de la estancia, mirándolo desde arriba con cierta condescendencia, recibiendo a los colegas de semejante altura o dándole las buenas noches con un “Desdichado, ¡qué suerte tienes!” a aquella criatura que se le había venido encima, sin él pretenderlo.
Y ya para siempre lo estaré viendo allí en medio de la estancia, recibiendo a horas y a deshoras al paisano y colega Benzal, para rememorar sus vivencias de Aljor-A, patria común de ambos, y aclarar dudas y desconocimientos sobre las ansias amorosas o las disciplinas académicas, con una asimetría corporal que el segundo se esfuerza por equilibrar sin ganancia alguna, aunque en el fondo las ocupaciones y preocupaciones compartidas podrían llevar a alguien a sospechar que pueden ser los don Quijote y Sancho, o al menos, el Tip y el Coll, de aquel lugar al que nuevo ha llegado.
Allí
en medio, lo veréis compartiendo la sobremesa o el receso en el estudio con los
compañeros de curso, a nuestro parecer todos mayores, todos altos, todos recios
aunque no lo sean –desde la figura
delgada e interminable de Antonio Bas a la rezura razonable de Sánchez Senac, pasando
por la voz estentórea de Alba o el tono grave y solemne de López Vidal, la marcialidad
de Franco Albares o el donjuanismo de Ramón Varón–, en un diálogo trufado de
términos enigmáticos, como el babor o la quifi, y de alusiones a Iranzos, Soleres –hijo y padre–, Sierras, Conchitas y otros, parece que profesores legendarios y
terribles, de los que ellos hablan como conocidos y cercanos, pero no por ello
menos temidos.
Aunque en la vorágine de la
conversación, no todo son las ciencias y demás saberes inescrutables para el
novato. Digamos que allí también se habla de los sucesos que acaecen en el
mundo; y especialmente se habla de mujeres, con el ansia y la entrega de los
que penan por decir mucho, aunque a algunos se les nota que son más bien pocas
sus proezas en este campo. Conciliábulos, experiencias compartidas, historias reales
o soñadas que generalmente se condensan en un rotundo “¡Que buenas que están
las tías!”, aforismo que no certifica su probanza. Aunque, gracias a Dios, el
relato de estas experiencias arcanas es de interés para el nuevo, que se
siente a hombros de aquellos, a su parecer, gigantes, que, al fin, hablan de
cosas medianamente comprensibles que lo van a llevar a conocer el mundo.Y a todo esto, sin que el nuevo tenga noticia alguna de por qué está aquí, del cómo de este maridaje contra natura entre las ciencias y las letras, entre la altura inabarcable de este veterano y su mediocre estatura.
Por lo demás, ahí veis las dos mesas de estudio con sus correspondientes sillones, y las dos camas. Sillón y mesa que el nuevo, quizá sea por no haber poseído nunca tal mobiliario, sea por su inclinación fatal a la molicie, apenas utiliza, frente a las largas horas de estudio del alto y extraño compañero.
Para el nuevo, la cama es la mejor propiedad horizontal, que siempre se ofrece sugerente y generosa para la lectura y, sobre todo, para el sueño, que le viene a todas horas, sea la siesta o el dormir profundo de la noche, que alimenta, con o sin café, pensando más en las musarañas que en las musas. Eso sí, después de abrir la ventana de par en par, sea invierno o verano, para realizar la inevitable observación meteorológica.
Y allá al fondo, el veterano medita o estudia en silencio, sin que le falte tiempo para acercarse a su cama y mirarlo fijamente desde el respaldo, con un “Desdichado, qué buena vida llevas”. Un calificativo que al nuevo le suena benévolo y cariñoso, casi maternal, como si fueran las buenas noches de su madre, premonitorias del mejor de los sueños.
Y así fueron pasando los días, y también las noches, de todo un trimestre, en amable compañía, con el novato siempre atento al devenir de encuentros y conversaciones, tomando nota de las nuevas de un mundo para él casi siempre desconocido, fueran de la Universidad o de más allá, o de las afanes y apreturas de los exámenes monumentales, con sus fortunas y adversidades, con que se enfrentaban aquellos gigantes tan estudiosos, mientras él acudía alguna tarde a las clases de su curso, en un horario que no entorpeciera para nada la siesta ni el debido descanso nocturno.
En esto que, tras la vuelta de la Navidad, vino la peor noticia: la dirección del Colegio, siguiendo el dicho cierto de que la administración es ciega y sorda, tuvo la genial decisión de devolver al nuevo al predio de las letras, lo que, sin más comentarios, supuso una bajada a los infiernos de la segunda planta, donde hubo de apacentarse en un páramo en el que nada brota y todo es monotonía y desolación.
El trimestre de estancia en la habitación 55 quedó como el recuerdo de un pequeño oasis en el desierto, hasta que en el curso siguiente tuvo lugar el reencuentro, aunque fuera solo formal, con la imposición de becas, celebrada con el acuerdo y la satisfacción de ambos, fundidos en el abrazo oceánico del veterano.
En los años siguientes, el colegial alto se reintegró a la vida social, dedicado a sus ocupaciones farmacéuticas, a sus labores de Jefe del Servicio de Análisis Clínicos de la Arrixaca, y a otras actividades docentes y empresariales que fueron creciendo como la espuma, impulsadas por la figura de estatura inacabable, cubierta ahora de nieve la airosa cumbre, delgada y esbelta todavía la figura, mientras dicta una conferencia o escancia el divino licor de una de sus bodegas, siempre con gesto entre solemne y bienhumorado.
Mientras, el nuevo de entonces lo recuerda hoy, como ayer, inmutable en medio de la estancia, mirándolo desde arriba con cierta condescendencia, recibiendo a los colegas de semejante altura o dándole las buenas noches con un “Desdichado, ¡qué suerte tienes!” a aquella criatura que se le había venido encima, sin él pretenderlo.
José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.
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Efectivamente, los que llegamos por primera vez al Colegio, como novatos, veíamos a los compañeros veteranos como gigantes; grandes en todo, en experiencia, en conocimientos y en saber estar. De aquellos aprendimos mucho. Nuestro veterano, nuestro compañero de habitación, en la mayoría de los casos se convirtió en el amigo de siempre - no fue mi caso, aunque algunos de aquellos veteranos fueron y siguen siendo amigos y compañeros del alma - El veterano era nuestro guía, nuestro asesor en muchas cosas, a quienes le contabas tus dichas y desdichas, quien te enseñaba muchas veces el camino a seguir, quienes eran el ejemplo a tener en cuenta, porque te asombraba su capacidad de estudio y en muchos casos la de divertirse simultáneamente. Recuerdo con admiración al querido Juan Madrid (DEP) y a otros de su quinta que después de una noche de farra, se ponían a estudiar y obtenían resultados brillantes. Eran nuestros héroes. Finalizaron los estudios y se marcharon a combatir contra los molinos de la vida, pero siempre estuvieron al otro lado del teléfono, cuando los necesitabas. Si gigantes eran entonces, muchos años después, cuando ocupaban cargos y puestos de responsabilidad, cuando eran acreditados profesionales, sus figuras se agigantaban, al necesitar de su concurso, de su opinión o de su trabajo. Aquellos gigantes, que nos permitieron entonces mirar más lejos, porque estábamos subidos a sus hombros, se convirtieron en amigos muy grande y para siempre.
ResponderEliminarUn veterano colegial, ya emérito en su Facultad de Ciencias, comentó en una conversación al socaire de las experiencias de los colegiales en su primer año de tal condición: “…es que el primer año de Universidad es muy importante para un colegial”. Y cuánta razón tenía. Especialmente porque no todos desarrollamos la misma destreza en la adaptación al acometimiento de tareas que, como en mi caso, requerían de una disciplina de eremita de la que carecía ante un primer curso de Derecho que no contemplaba la realización de pruebas o exámenes durante todo el año, decidiéndose en un único examen al inicio del verano, el esfuerzo desarrollado durante el curso, estructura hasta entonces para mí desconocida.
ResponderEliminarCon el objeto de ser guiado por las doctas y experimentadas orientaciones académicas de todo un veterano de cuarto curso de Derecho, mi estimado Antonio José Mula dispuso para mi primer año compartir habitación con un avezado estudiante talentoso, alto, y serena apariencia, el cual se incorporó al final de novatadas, mi veterano “Skippy”, cuyas primeras palabras crucé en el ascensor de camino a la habitación y al que a modo de bienvenida quise agasajar diciéndole: "ya tenía ganas de conocerle, señor veterano”, a lo que me contestó: “¿Siii? no me diga!”, temiendo por el tono empleado que detrás de tal respuesta residiera la intención de una consecuente novatada.
Pero no. Tras lo anterior no vino ninguna novatada, sino que, acabadas las mismas con la explosión espiritual y etílica de la Simpliciada, lo que vino fue una despedida prematura, ya que mi fallido veterano decidió largarse a la tercera planta a compartir el curso con su amigo “Borrascas”, declinando la tarea paradidáctica de acompañar a su novato en los primeros pasos de la carrera. Pero mi soledad fue breve, ya que a los pocos días apareció por la puerta, de forma impetuosa, un querido compañero novato con el que había confraternizado durante las duras pruebas de iniciación, “el Rompeorzas”, con el que, por lo pronto y de forma sorpresiva, descubrí que compartía fecha de nacimiento, la del sábado 6 de noviembre de 1965, año del Señor, día de invierno que se encontraba realmente próximo, ya que ese año, 1983, el curso empezó después del Pilar; y acabadas las dos semanas de novatadas casi desembocamos en tal fecha, para la cual acordamos hacer una celebración fraternal, primeramente en la tasca “El Palomo”, donde apuramos, entre derivados del gorrino, una botella íntegra de deliciosa mistela (que desde entonces no he podido volver a probar), y una posterior asistencia a la sesión de gala del cine “Rosi” donde se proyectaba la película “Bragas calientes” (no oscarizada), pues parecía que no había forma mejor de celebrar nuestra recién conseguida mayoría de edad, que hacer uso de la misma con el visado de acceso a tales creaciones cinematográficas de culto, hasta entonces vetado. Desde luego fue algo ligeramente distinto a cómo me había imaginado el estreno de mi mayoría de edad, departiendo en una cena en el Mayor con mi veterano de cuarto curso de Derecho sobre Lex Aquilia del daño, el Fuero de Toledo, la Suma Teológica de Tomás de Aquino, o la cratología de Max Weber.
El año con “Rompeorzas” fue muy divertido. Estaba matriculado en Biología pero no le quitó el plástico al Lehninger. Ligaba a compañeras de clase con una facilidad envidiable, y siempre me pregunté por qué, con tal perfil, tenía un póster del Papa Wojtyla en la pared sobre su cama. Sería porque estaba enamorado de la vida. Creo que mi notable en Derecho Romano fue más meritorio aún.
Entrañable y querido “Rompeorzas”.