31. Lorquinos en el Ruiz de Alda

                       

 El colegio mayor Ruiz de Alda se nutría de dos viveros principales de aspirantes a residentes. Uno era el de los manchegos, de Albacete capital y, sobre todo, de un rosario de pueblos, poco conocidos de muchos, como Valdeganga, Balazote, Abenjibre o La Gineta, de donde acudían colegiales frioleros y en la mayoría de los casos impregnados del pelo de la dehesa, si no enemigos de lavote frecuente, lo que les mereció el ser calificados por los malpensados, que siempre los hubo y los habrá, como pieds noirs, por analogía con los colonos franceses que por aquel tiempo abandonaban Argelia. En cambio, los de Cartagena eran hijos de significadas familias, especialmente militares, bien vestidos y atildados, pertenecientes a una élite que se identificaba con el Club Naval, centro de la vida social de la crème cartagenera, lo que en la mayoría de los casos los dotaba de ciertas ínfulas de superioridad con respecto a los demás mortales.

Ballester, Artero y Pastor, colegiales lorquinos de los años 50.
     El resto de la clientela colegial provenía de los pueblos de la provincia de Murcia y de la Vega Baja alicantina, compuesta de los hijos y allegados de los jerarcas locales del Movimiento, a los que se añadía un cierto porcentaje de aspirantes de clase media y baja, que acudían al colegio por méritos propios, provistos de una beca, generalmente de las llamadas de Colegio Mayor, de una cuantía algo superior, que sufragaba el coste total del curso en la institución.
     A los colegiales lorquinos, no muy numerosos, con una media de ingresos de dos o tres por curso, nos caracterizó alguien también lorquino, que fue colegial y Jefe de Estudios en el Mayor, en una taxonomía joco-seria, según la cual podíamos pertenecer, ya de nación, a caracteres bien significados y radicalmente opuestos: coñazos o funestos.
     Los lorquinos coñazos eran los inquietos, enredados en todas las salsas, a quienes se les encontraba de día y de noche y a todas horas en el ascensor y en los pasillos, eran visitantes asiduos de habitaciones y participaban en saraos sin ser invitados, se entrometían en toda clase de asuntos y fregados, traían y llevaban chismes sobre todo y de todos y, en definitiva, estaban siempre en medio, como los jueves, prestos a la ocurrencia, al chiste fácil, a la frase ingeniosa, aunque no fueran sabedores de nada.
     Si a estos se les veía por todas partes, siempre en medio, deseosos de llamar la atención y ser vistos, los lorquinos funestos eran más bien invisibles, individuos retraídos, recluidos en su habitación, que hablaban poco y parecían no hacer nada, andaban a la chita callando y actuaban a sorbo callado, dedicados a lo suyo, sin participar en casi nada, sin que nadie supiera a dónde iban ni de dónde venían.
Una fenomenología peculiar que era advertida por los colegas, siempre dispuestos a catalogar, para bien o para mal, a tirios y troyanos, incluidos los lorquinos. Una taxonomía de la que bastaría un solo ejemplo, que compendia el ser y el existir de ambos: el de aquel recién llegado del secano de Lorca, en un principio temeroso, encogido y taciturno, apalancado a la mesa del comedor y parapetado tras unas gafas coloreadas, sin decir ni pío, pero observador agudo y esquinado de la vida alrededor, hasta que llegó un punto en que las conversaciones prosaicas y nada profundas de los colegas comensales empezaron a ser matizadas por él con alguna observación ingeniosa, ocurrencias y chascarrillos que sorprendieron tanto a sus compañeros que modificaron radicalmente su caracterización de aquel lorquino hasta ahora funesto. Les parecía chocante y atrevido en sus comentarios y apostillas, pedante en su presunto saber de todo, molesto en su no callar, sin respetar las canas de los sabios veteranos, por lo que lo condujeron al grupo de los coñazos, bautizándolo de acuerdo con los personajes que ellos veían en las series de acción de la televisión. Así que le vinieron a llamar primero el Superagente 86, sustituido posteriormente por sobrenombre de El Astuto, que lo decía todo de aquella nueva adquisición, a quien apresuradamente habían considerado como funesta.
Establecidas así estas premisas, al sufrido lector de estas memorias, si también estuvo allí, le corresponderá incluir en uno u otro bloque a sus amigos o compañeros lorquinos, sin olvidar al creador de esta brillante clasificación, criados y alimentados todos en el Colegio Mayor, como los Méndez, López, Mora, Pérez Navarro, Mula, Veas, Ibarra, y otros.
      Y visto aquello, disfrutará más pensando que lo importante es que todos, fueran de una caracterización o de otra, salieron adelante por sus propios méritos, y algunos llegaron a ocupar altos cargos en la política o las administraciones públicas (Méndez, López, González Benavente, García Ribot, Mula…) y en las grandes empresas (Jacobo Hernández, González Romero), o fueron profesores universitarios (Calvo, Veas, Pelegrín); mientras que la mayoría se instalaba en la aurea mediocritas del médico especialista o de familia (Pérez Guillermo, Salinas, Jorquera) o del profesorado de Educación Secundaria (Mora, Pérez Navarro, Bartolomé Martínez, Quiñonero…) cuando ya apenas nadie, salvo los curiosos y nostálgicos, recordaba aquella catalogación colegial como una anécdota perdida en el tiempo aquel que se fue para no volver.
     Aunque ustedes mismos, amables lectores, quizá conozcan a otros menos conocidos, y quizá con más méritos, para engrosar la taxonomía de estos lorquinos que, de una manera o de otra, tuvieron la suerte de formarse en un colegio mayor que aspiraba a la excelencia, y en el que casi todos, fueran de aquí o de allá, podrían incluirse en un grupo o en otro, según quien los juzgara. Que todo es según el cristal con que se mira.

                                                                                                                       José Quiñonero Hernández, Colegial 1969-1974.
 

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