27. El cuarto de atrás de Kineidos

 
En mi dilatada estancia en el Colegio Mayor Ruiz de Alda, entre 1974 y 1984, conocí sus “mitos y leyendas” y participé en casi todas sus actividades, de las que guardo buenos y entrañables recuerdos; entre ellos, los de mi pertenencia a la asociación de cine Kineidos, una de las más significativas del Mayor, pues el cine formaba parte del ADN colegial. En el primer año de mi estancia en el Ruiz de Alda asistí a la proyección de ocho películas. Como recién llegado me sorprendió, sobre todo, la nutrida asistencia externa a las proyecciones y su repercusión en el ambiente universitario. Pero lo cierto es que el cine estuvo presente desde la creación del Colegio Mayor, en 1952, y especialmente desde 1957, año de la creación de Kineidos, con la implicación y el esfuerzo de muchos colegiales. Era sorprendente también la repercusión en los medios de comunicación locales, principalmente en el diario Línea y en RNE.                                                                            
    Recuerdo que cada vez que se proyectaba una película, se realizaba un afiche a modo de propaganda, que era como una cuartilla doblada en horizontal, con las letras en negro sobre fondo amarillo –los colores corporativos del Colegio−, que anunciaba la película a proyectar, la fecha y el horario. Estos folletos se distribuían por los propios miembros de la asociación por todas las facultades y centros de la Universidad de Murcia, en especial en Colegios Mayores de Carmelitas y Cardenal Belluga y en las residencias universitarias, como Alejandro VI, Oblatas, y otras; y, mediante carta del director, se remitían, además, a los directores de los Colegios Mayores, a los medios de comunicación y al Rectorado y Vicerrectorado encargado de cultura y estudiantes de la Universidad. La respuesta era muy interesante, llenándose en cada sesión el salón de actos del Colegio.
     Me recuerdo, en ocasiones, elaborando el texto del folleto de propaganda para su impresión en una modesta imprenta familiar en la Calle de la Gloria, regentada por el bueno de Carlos García, un hombre educado y servicial, pese a que siempre protestaba por la premura y la exigencia de tener concluido el trabajo en escaso tiempo. Embutido en una característica bata azul, con restos de tinta, argumentaba que no daba tiempo a que se secara el papel impreso −en algunas ocasiones el programa se estropeaba–; pero, en cualquier caso, con prisas, el paciente Carlos siempre cumplía para que el anuncio de la película estuviese a tiempo y en sus lugares de destino.
     Me viene a la memoria la imagen de la imprenta, ubicada en un bajo, junto a una Iglesia Evangélica −Carlos profesaba esta religión−, con tres o cuatro empleados −uno era su hijo− y un par de máquinas para la impresión, las famosas Minerva, que imprimían los textos, tras haberlos compuesto y diseñado en una mesa que guardaba a su lado unos cajones de madera con infinidad de caracteres y tipos de plomo con los que se componían los escritos. Todo era artesanal. Después llegarían las máquinas para impresión en offset, de lo que se enorgullecía el propietario de la imprenta. El olor a las tintas y al papel era característico. Pese a todo y a las prisas, antes de la tirada definitiva se hacía la prueba, que tenía que contar con el visto bueno del Jefe de Estudios o, en su caso, de los responsables de la asociación Kineidos. Gran responsabilidad, que ejercí durante algunos años, con idas y venidas desde la facultad a la imprenta para ver la dichosa prueba.
     Las películas se proyectaban en el viejo y ya bastante desvencijado salón de actos del Colegio Mayor, en la tercera planta. Un salón con capacidad para algo más de 200 personas, lo que limitaba el aforo. Las butacas eran ciertamente incomodas, abatibles, metálicas y con el asiento recubierto de tela de arpillera en tono azul, en la mayoría, bastante desgastadas. Junto al salón, en un pequeño habitáculo, estaba la cabina de proyección, dónde se amontonaban los rollos de la película, junto con la propaganda y otros enseres, incluida, una multicopista, tipo vietnamita −que se utilizaba para la elaboración, entre otras, del periódico colegial Albatros− y una vieja máquina de proyección.
     El encargado de proyectar era Enrique Rodríguez, uno de los conserjes. El otro era Manolo García Vicente, que tenía la gran misión de contener a la gente que venía de fuera, impidiendo al personal foráneo la entrada al salón de proyección hasta que fuese la hora fijada para su inicio, que tenía lugar sobre las diez de la noche, una vez que había finalizado la cena de los colegiales. Recuerdo a Manolo, al inicio de la escalera de acceso al salón de actos, plantado, con los brazos en cruz, conteniendo al personal. Una escena difícil de olvidar. Todavía me llega el olor y el sabor de ese café anterior a la proyección en la sala-bar, repleta de colegiales y de universitarios de fuera, con los comentarios previos a la película. Y también recuerdo a las chicas del Colegio Mayor Femenino, a las que, al finalizar la película, algunos colegiales, galantemente, se prestaban a acompañarlas en el regreso a su centro, al otro lado del río. Algunas de estas proyecciones fueron la causa de muchos amores de juventud y, en algunos casos, la fragua de compromisos más duraderos.
     La proyección solía durar unas dos horas o más, pues entre rollo y rollo de película, en el tiempo del cambio, se salía al pasillo a fumar, daba tiempo a tomar otro café o refresco, e incluso a ligar con las féminas visitantes. Esos rollos de película, guardados en redondas latas metálicas, llegaban de la distribuidora por agencia o a través del ferrocarril y en algunas ocasiones, cuando se habían proyectado con anterioridad en lugares cercanos, llegaban vía autobús. El conserje Enrique era el encargado de recoger los rollos en los lugares de llegada, pero en muchas ocasiones era el Jefe de Estudios, que disponía de vehículo propio, y alguno de los integrantes de la asociación, quienes recogíamos, con muy poco tiempo de antelación, las películas enviadas, lo que nos producía cierto estrés y desasosiego, pues en alguna ocasión no llegaron a tiempo o lo fueron en no óptimas condiciones de proyección. Y, en estos casos, había que dar la cara ante el respetable, al igual que cuando se estropeaba el proyector, circunstancia algo habitual, dada su edad.
     Una vez inscrito en la asociación Kineidos como participante y como secretario de la misma, conocí mejor sus interioridades y el proceso de selección de las películas, que llevaba a cabo, principalmente y en estos primeros años, José Castelló, estudiante de Medicina, un cinéfilo empedernido, que equivocó la carrera. La asociación disponía de varios catálogos de distribuidoras de cine, con películas que se adaptaban a las características de nuestro proyector.  Una vez seleccionadas, procurando que la temática no se repitiera con asiduidad y previa programación por los responsables de la asociación, se solicitaban a la distribuidora, vía telefónica, quien nos trasladaba su disponibilidad para las fechas indicadas. Una vez negociada la propuesta, la distribuidora era la encargada de enviarlas a destino y en el Colegio, a través del administrador, se ordenaba su pago.
     Desde siempre, una ficha técnica y un resumen de la película, que se entregaba a la entrada del salón antes de su inicio −redactado por especialistas, como lo fueron los colegiales García Pelayo, Rocamora o el lector Wragby, un irlandés de pura cepa, que residía en el Colegio y que colaboraba activamente en sus actividades−. En otras ocasiones, la proyección era seguida de un cinefórum, donde se dialogaba sobre el contenido y mensaje de la película, pero esta actividad en mis años de colegial se celebró fundamentalmente, al menos que yo recuerde, una vez que la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia entró en nuestras vidas, porque la Caja, en su ámbito de proyección social y cultural, desplegó una intensa labor de promoción y difusión del cine y de la actividad cinematográfica, proyectando películas en centros y localidades, pero siempre acompañadas de espacios y tiempos de dialogo, a través de cineforos dirigidos por especialistas cinematográficos y estudiosos del cine como Manuel González Sicilia, responsable de esta labor en Murcia, Gil Sáez Pacheco, Raimundo de los Reyes, Manuel Muñoz Cosme y otros, que nos acompañaron en películas tan emblemáticas como Ciudadano Kane, de Orson Welles, Jhony cogió su fusil, de Dalton Trumbo  o  Canciones para después de una Guerra de Basilio Martín Patino, de quien D. Luis Montaner, el pater del Colegio, decía que había tenido cierta relación con el Ruiz de Alda;  o en las difíciles películas de Bergman −Gritos y susurros)−, que suscitaban toda suerte de comentarios, en algunas ocasiones obligados a opinar, porque era lo progre y transgresor en el aquel momento. ¿Qué decir de la Flauta Mágica o Cara a Cara? Pero donde se rizaba el rizo era en las películas de otros directores tan afamados y complicados como Pasolini, cuyo lenguaje cinematográfico era difícil de entender, al menos para mí.
     Sea como fuere, película a película, me siento muy orgulloso y satisfecho de haber contribuido a que Kineidos y el cine fuese una seña de identidad del Colegio Mayor Ruiz de Alda. Así lo viví y, a través de la ventana indiscreta de la memoria, lo recuerdo y lo cuento.

                                                                                       Antonio José Mula Gómez, colegial 1974-1978; subdirector 1979-1984.

Comentarios

Entradas populares de este blog

1. Registro de memorias y olvidos

10. El futuro, en la ventana

4. Arribo a la metrópolis huertana