19. Primavera del 72 (II): Cinco días de abril

Sensación de decadencia y de callejón sin salida. Así estaban las cosas cuando subíamos las escaleras para ir a cenar, el viernes 21 de abril de 1972. Había más jaleo del habitual y la escena era insólita. Un grupito estaba en la puerta del comedor y se distinguía la figura de Manuel Asín, voceando: “¡Otra vez pollo! ¡No entréis!” A mí, que no me gusta el pollo, no hizo falta animarme mucho, y me fui a cenar por ahí con algún compañero. No puedo certificarlo, pero creo que nadie entró. 
La cosa, aunque novedosa, no tenía mucho de particular. Pero a la mañana siguiente, sábado, apareció un suelto en el diario La Verdad, tan breve como mal redactado, informando que “los alumnos del C. M. Ruiz de Alda se niegan a comer”. En tono ligero se hablaba de “estómagos caídos” y se mencionaba que la medida se había tomado “tras 15 días de reivindicar una mejor comida”.
La cosa seguía sin tener demasiada importancia, pero en Murcia, cualquier cosa que trascendiera a la prensa causaba un terremoto. O casi. Así se lo tomó el director, que indagó para averiguar quién había filtrado la noticia. No le costó mucho, porque el autor obró sin tomar precaución alguna: llamó a La Verdad desde el propio colegio y sin duda hubo testigos. Fue un novato de Derecho, Vicente Martínez Carrillo, que obró por su cuenta y no tardó en ser interrogado, reconociendo su autoría. La medida que adoptó el director consistió en mandarle a casa de manera inmediata y ordenarle que volviera con su padre el lunes, para tomar una decisión sobre él. El fin de semana fue tenso, pues para todos estaba claro que sobre el imprudente novato pendía la expulsión.
Retrospectivamente, creo que fue un error de Fernando actuar así. Sin duda, la noticia periodística afectaba a su prestigio, pero hubiera hecho bien minimizando la cosa como una chiquillada y no darle más trascendencia. Fernando tenía sus defectos, pero ser autoritario no era uno de ellos. Tampoco fue consciente de que podía desencadenar una reacción peor que lo ocurrido, que podía olvidarse fácilmente.
Para el lunes, seguramente ya se había dado cuenta, y quiso dar marcha atrás, aceptando la permanencia del colegial si garantizaba su buena conducta futura. Pero entonces padre e hijo decidieron abandonar el Colegio. Sin embargo, presionado por el director, Martínez Carrillo se quedó aún la noche del lunes, Esta especie de “ejecución en diferido” fue otro error, pues mantenía caldeados los ánimos de los colegiales. Y cuando, a instancias de los decanos, se celebró una reunión del colegio para que Fernando explicara los hechos, éste los resumió con un “aquí no pasa nada”, haciendo declarar ante la asamblea a Martínez Carrillo.
Pero al día siguiente, la tarde del día 25, Martínez Carrillo dejó definitivamente el Colegio, dando a los decanos un escrito firmado por él en el que contradecía la versión de Fernando, reconociendo que sus declaraciones del día anterior ante la asamblea “fueron falsas y bajo coacción”.
Los decanos estábamos sobrepasados. Los acontecimientos nos habían cogido por sorpresa. No teníamos ni idea de la “huelga de comida” ni de la llamada a La Verdad. Pero no éramos tan lerdos como para no darnos cuenta de que ahora teníamos un motivo para pedir la dimisión del director, o su cese, que hasta ahora nos había faltado.
Martín Camino y el autor, protagonistas de los hechos.
Visto ahora, me asombra que ninguno pensara en utilizar a la prensa, como había hecho Martínez Carrillo. Si La Verdad, sorprendentemente, había publicado la noticia que éste le contó, era posible −incluso probable− que publicara ahora la expulsión del colegial que la había filtrado al periódico. Quizá era arriesgado, pero lo cierto es que no se nos ocurrió. Al menos, no recuerdo que nadie lo planteara. 
Una de las razones pudo ser que estábamos imbuidos de legalidad -éramos mayoría los de Derecho- y decidimos hacer las cosas “como tocaba”. La otra fue la premura de tiempo, porque los acontecimientos se precipitaron.
Esto se verá con una sucinta cronología de los hechos del día 25. Hasta las 15,30 no tuvimos la certeza de que Martínez Carrillo dejaba el Colegio. Aunque su marcha era “voluntaria”, era obviamente una expulsión, y sin ella no habríamos podido seguir.
Era preciso convocar esa misma noche capítulo colegial y pedir durante el mismo la dimisión de Fernando. Y para hacer eso necesitábamos las firmas de todos los colegiales en apoyo de nuestra petición.
Creo recordar el escenario, que fue la Biblioteca. Era un refugio habitual ya que el bibliotecario, Martín Camino, era uno de los nuestros y, como podía cerrarse con llave, estábamos a salvo de interrupciones. Allí redactamos, de común acuerdo, el texto del discurso, que debería leer uno de nosotros. Previamente se decidió que se sortearía el poco envidiable papel. Vuelvo a resaltar el admirable concierto con que los siete decanos actuamos. Los “liberales” éramos minoría, sólo Agustín Vera, Aurelio Pretel y yo. Pero no se notaba, pues estábamos todos, en líneas generales, de acuerdo.  Hubo, seguramente, discusiones, pero se solventaron fácilmente. Por desgracia el texto de ese discurso no cayó en mis manos y no puedo no ya reproducirlo, sino ni siquiera recordarlo vagamente.
En cambio, recuerdo el alivio experimentado cuando el sorteo “favoreció” a Agustín Vera, como lector del discurso. Agustín era, quizá, la persona idónea, pues era el más popular de nosotros. En las primeras elecciones a decanos sacó 50 votos de 61 votantes. A diferencia de otros “populares” −pero menos votados− que eran simpáticos y dicharacheros, era frío y reservado y el aura intelectual que le rodeaba subrayaba esas características. Parecía haber llegado de Oxford, cuando era de Albacete. Recuerdo que leyó el discurso tratando −en vano− de distanciarse de lo que decía, pero creo que yo hubiera hecho lo mismo.
Una cuestión más documentada, pero no recordada, es la de las firmas. Porque uno de los dos únicos originales que conservo es el de las firmas de los colegiales. Son seis folios, en uno de los cuales figura la firma de los decanos, encabezados por su cancelario −Ruipérez− y los otros cinco están distribuidos por plantas. Esto hace pensar que recabamos las firmas de los colegiales en sus habitaciones, antes de celebrarse el capítulo. Pero no lo recuerdo en absoluto. Si no fuera porque los nombres de los colegiales de mi planta −la 3ª− están escritos con mi letra, hubiera dicho que alguien se ocupó de esta tarea, pero parece obvio que fuimos los decanos los que recogimos las firmas de nuestros compañeros de planta. Pero, por otro lado, parece algo incongruente que les pidiéramos apoyo para lo que todavía no se había formulado verbalmente, así que es posible que esa tarea −preparada de antemano− quedara postergada a la terminación del capítulo. En cualquier caso, es poco relevante si se firmó antes o después.
Cuestión aparte es la del número de firmantes. Se puede sostener, sin exageración, que firmó la práctica totalidad de los colegiales. Los seis folios recogen 85 firmas, que, si no eran todos los colegiales, eran casi todos. Entre ellos no estaban, desde luego, ni el subdirector ni el jefe de estudios, que no eran “colegiales” en sentido estricto, aunque uno de ellos aún estuviera estudiando la carrera. No creo que ni siquiera les pidiéramos la firma. Tengo la idea −más que recuerdo− de que sólo un colegial se negó a firmar, y aunque ciertamente su firma no figura, hay dudas de si no había acabado la carrera el año anterior. Por lo demás, entre los firmantes había algunos −entre cinco y diez, calculo− que no nos eran favorables, pero o bien no quisieron distinguirse de la mayoría o bien compartían con ésta el rechazo a la decisión del director de expulsar a un novato que sólo contó lo que había pasado en unos incidentes que algunos de ellos habían contribuido a provocar.
Lamento no recordar nada del desarrollo de ese capítulo nocturno del 25 de abril. Tengo recuerdos desordenados de diversas asambleas y capítulos, pero no puedo situarlos en fecha concreta. Imagino −pero es imaginación− que Fernando no aceptó dimitir o que pidió tiempo para estudiar nuestra petición. No esperábamos éxito y, claro está, no lo tuvimos.
 
                                                                                                                         Francisco Vázquez Martínez, colegial 1968-1972.
 

Comentarios

  1. Por si a alguien la le interesa, este es el texto completo del "suelto" que publicó La Verdad el sábado, 22 de abril, de 1972:

    LOS ALUMNOS DEL COLEGIO MAYOR RUIZ DE ALDA, SE NIEGAN A COMER
    Los alumnos del Colegio Mayor «Ruiz de Alda», se negaron, tras 15 días de reivindicar una mejor comida para sus estómagos a cenar.
    No saben aún si continuarán con su decisión de estómagos caídos o adoptarán otras medidas, para lograr sus peticiones. Nosotros, como es lógico, ni afirmamos ni negamos nada. Tan sólo, recogemos el hecho.

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  2. Leyendo el incidente que nos comenta nuestro veterano redactor, sobre la “huelga de estómagos caídos”, no puedo evitar que acuda a mi memoria una de las muchas transiciones que nos tocó vivir en el Mayor, y que no fue otra que las relativas a las excelencias de la comida que, desde la llegada a los fogones de Salvador “el Maestro”, eran servidas en el Colegio, y bendecidas como una de las excelencias más reputadas y afamadas del mismo. Al menos así se comentaba en mi casa, dónde mi hermano mayor, entonces colegial veterano, disfrutaba de tal calidad culinaria para tranquilidad de mi madre, mientras que mi hermana se las tenía que lidiar con la penitencia de la comida cuasi procesada, de escasa temperatura servida y de raciones famélicas característica de su Mayor femenino, Carmelitas (detrás del cine Rex), propio de la frugalidad heredada de la congregación religiosa que regentaba el mismo, proclive a extender a las estudiantes los votos de escasez voluntariamente tomados.
    Fue en el Mayor donde yo descubrí el Caldero y el "arroz a banda", al que mis compañeros comensales de Cartagena gustaban de echarle ajo (al que llamaban alioli), tras lo cual no estaban precisamente para un examen oral. Las raciones eran abundantes y de alta calidad, quitando algún entrante socorrido como la famosa ensalada “con vinada” (nada que ver con una degustación de vinos del país) que era como la escribía el conserje en la boleta que, con su chincheta, anunciaba el menú del día en la pared de la cantina, y la “tortilla a las finas hierbas” con un plural mal empleado pues a los huevos tan solo acompañaba un no siempre clorofílico perejil.
    Pero una de las excelencias más celebradas por la comunidad colegial eran sin duda los desayunos, donde las tostadas eran, literalmente, a demanda. Especialmente deliciosas eran las de tomate que venían servidas en grandes fuentes, hasta que cupiera la última, cubiertas de un delicioso tomate natural rallado. Tan era así que, cuando por la escasez de este último, el cocinero había de sustituirlo por tomate de bote, la protesta era generalizada y no ya hubiera sido noticia en “La Verdad” sino en el Telediario o si cabe en “Informe Semanal”!, pues el tomate de bote otorgaba un sabor extraño, químico, artificial y procesado a ese pan tostado que no merecía tal acompañamiento. Junto a las de tomate, estaban las tostadas de mantequilla y las de aceite y sal, y de todas ellas podías comer hasta que te salieran por las orejas. De hecho, era una de las razones por las cuales muchos colegiales, tras la fiesta nocturna de cada jueves, apuraban sus consumiciones etílicas en algún garito tempranero para hacer tiempo y llegar a la hora del desayuno (la hora de las tostadas) antes de cocer la pava en la cama, bien desayunados y con el estómago ahíto del condumio de vigilia, que garantizaba un sueño profundo hasta casi la hora de comer.
    Y la transición no fue otra que los cambios producidos tras la incorporación del director Ángel González, que quiso modernizar lo que él denominó un “desayuno aldeano de pastores”, y lo sustituyó por un impronunciable “petit dejeuner”, materialmente traducido en un croissant, un bollo, una tarrinilla monodosis de “confiture de pêche” y otra de mantequilla, servido en una bandeja de metal que se auto-proveía el propio colegial en una fila desordenada y torpe, ante la incrédula mirada de los miembros del servicio de comedor que, tras un mostrador metálico, medio lleno de tales productos, observaban el desfile como esfinges de una sala hipóstila. Y fue en ese momento cuando alguien exclamó “es que me comería un serón de tostadas, aunque fueran con tomate de bote”!!.
    Y ahí nos dimos cuenta de que, por muy modernos y europeos que quisiéramos ser, nada puede igualar a los sabores de los desayunos aldeanos y pastoriles. Ese año se firmó el Acta Única Europea. Todo tenía un precio.

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