El ágora de la sala de estar
Si preguntásemos a quienes vivieron en el Ruiz de
Alda en los años 70 y 80 por el espacio más singular y más vivido del
Colegio, sin duda alguna responderían que la sala de estar, un espacio
multifunción -multipropósito en terminología naval-, aunque en realidad pudiera
parecer una especie de carpa circense, en el buen y hermoso sentido de la
palabra, con varias pistas. En aquel espacio tan concurrido confluían los
espectadores de la televisión con los jugadores de ajedrez, damas y también de
dominó, los lectores de la prensa diaria y de las revistas de opinión, con los
que tomaban café o esperábamos el toque del timbre para subir al comedor; pero
era también el espacio de celebración de las simpliciadas, dónde los novatos,
tras juicio inquisitorial, adquirían la categoría de colegiales, sin perder su
condición.
| Jugadores de ajedrez en el último rincón de la sala de estar. |
Desde la conserjería, frente
al ascensor y la cabina de teléfonos, una escalera estrecha descendía a un
lugar algo sombrío, dominado por el aparato de televisión, anclado en la pared.
Frente a él, sillones de madera corridos, tapizados en skay marrón, donde nos
sentábamos a ver la televisión, con solo dos canales, la Primera y UHF. Era la
primera zona del ágora o la primera pista aquel excelente circo, ante aquel
aparato en lo alto, que te obligaba a mirar siempre hacia arriba.
Un colegial
de los años 60, Antonio López Martínez, recuerda los programas en blanco y
negro que la mejor televisión de España –solo había una cadena– ofrecía: Esta
es su vida, con Federico Gallo; Un millón para el mejor, con Joaquín
Prat y José Luis Pécker, o Las diez de últimas, también con Pécker, amén
de la retransmisión de los partidos de fútbol. Este colegial rememora la
consternación que produjo la muerte de Kennedy, vista en la televisión: “Habían
matado a una esperanza, a un hombre nuevo, distinto. Luego supimos que era de
carne y hueso y que había perdido la razón por Marilyn, pero se lo perdonamos
porque, en el fondo, le envidiábamos”. Y qué decir de la llegada del hombre a
la Luna, coincidiendo con los últimos exámenes de 1969: “Un pequeño paso para
el hombre y un gran paso para la humanidad”. En definitiva, la única TV de
España era la que nos entretenía e informaba.
Otro colegial, José
Quiñonero, recuerda que la transición entre los años sesenta y los setenta ante
el televisor la empezamos en el 66 con todos muertos de miedo ante aquella
puerta quejumbrosa con que se abría Historias para no dormir; y luego
nos acompañó el teniente Colombo con su astrosa gabardina y nos inquietó el
exótico Kun Fu, precedido por las tardes de la España carpetovetónica de
Crónicas de un pueblo. Y todos, sin distinción, arrebatados por la magia
y las azafatas del Un, dos, tres; aunque lo que realmente interesaba eran los resúmenes de los partidos y la moviola del recién estrenado Estudio
estadio, que provocaban alborotos y discusiones acaloradas entre la
multitud de los televidentes.
Y llegaron los 70. Años
frenéticos en cuanto a acontecimientos y noticias que vimos ante una TV que ya
apuntaba al color: el escándalo Watergate y la caída de Nixon, la revolución de
los claveles en Portugal, la Marcha Verde, la enfermedad y muerte de Franco, la
caída del régimen, la transición democrática, los partidos políticos, las
primeras elecciones, el referéndum constitucional, los pactos de la Moncloa,
etc. Anclados en aquellos sillones de madera que no fueron cambiados en muchos
años, veíamos, a través de la televisión, cómo España cambiaba, a la vez que
Félix Rodríguez de la Fuente nos acercaba a la naturaleza con El Hombre y la
Tierra, Fernán Gómez ilustraba magistralmente El Pícaro o Karl
Malden y Michael Douglas patrullaban Las Calles de San Francisco.
Aquella TV, ya en color, nos juntaba a muchos para ver a Curro Jiménez
(1976) a Un hombre en casa, con el matrimonio Ropper (1975-76), o la
Neleta de Cañas y Barro (1978). La misma televisión que nos ofreció las
lamentables imágenes del asalto al Congreso el 23 de febrero de 1981 y los
terribles asesinatos de ETA, continuados durante muchos años. Mirando siempre
hacia arriba, hacia aquel aparato anclado en la pared, en blanco y negro o en
color, seguíamos informándonos y entreteniéndonos, con partidos de futbol e
incluso con retransmisiones de corrida de toros. Eran otros tiempos.
La segunda pista de aquel
escenario era muy amplia, luminosa, con tres grandes ventanales que daban al
exterior. En primer plano, a mano derecha, un piano vertical, desafinado, que
nunca llegó a ajustarse, si bien algún virtuoso arrancaba, de vez en cuando,
alguna nota. Los más, aporreaban las teclas. Quizás, en alguna ocasión, años
antes, los hermanos Cremades o el que fuera subdirector, Alberto Requena,
llegaran a interpretar alguna melodía, pero siempre desafinada.
En la pared, dos cuadros de
Hernández Carpe, encargados al pintor de Espinardo en 1952, junto con otros de
menor tamaño. Joven estudiante y Síntesis de la vida cotidiana
eran dos lienzos de 2 x 1,59 metros cada uno, que representaban la actividad de
los jóvenes estudiantes en el marco de un paisaje huertano, visto siempre a
través de una ventana. En el primero, un joven contempla un ensayo del teatro
universitario (TEU), actividad tan ligada tanto al Alma mater como al
propio Colegio Mayor y, a través de la ventana, prolonga su mirada hacia un
espacio abierto, hacia el futuro, que Carpe identifica con la prosperidad
huertana. En el otro, un muchacho joven frente a una mesa y un papel,
meditabundo, silencioso, con mirada también al futuro, a un paisaje de oportunidades;
y al fondo, un hombre con dos caballos. “Es la antigua sabiduría del arte, quien,
por mano de Hernández Carpe, sugiere el incesante crecer de la tierra misma de
Murcia, la tenaz laboriosidad, la fecunda y callada vida, en suma”, dice Juan
García Abellán en su crónica en el diario Línea de 9 de octubre de 1952.
Ambos lienzos se conservan en el depósito del Museo de Bellas Artes de Murcia,
tras un periplo por varios edificios de la Comunidad Autónoma.
También, junto a la pared,
otros sillones corridos de madera y skai delante de mesas de railite y sillones
individuales de madera. Por encima de ellas circulaba la prensa local: Línea;
La Verdad y Hoja del Lunes y la nacional, con Ya, Pueblo;
Arriba, ABC, Diario 16 y Marca y varias revistas como Cuadernos para el
Diálogo, Cambio 16, y algunas de cine. Más tarde, llegaría la revista Triunfo
y alguna otra, de carácter satírico, como El Jueves. Toda la información
nacional, internacional y cultural, a un golpe de página. Las mañanas de los
domingos había overbooking para, después del desayuno, leer la prensa y
comentar las noticias.
En aquella segunda pista del
estar colegial, se jugaba, se leía, se criticaba y se debatían los asuntos
colegiales, las disputas futboleras, la situación política y la actividad
académica. Allí conocimos como eran los exámenes interminables de química del
profesor Soler, las exigencias de Jiménez Collado, los exámenes orales del
profesor Burillo, la lingüística aplicada de D. Antonio Roldán y las novelas de
caballería, que magistralmente explicaba D. Mariano Baquero; y también las
ideas innovadoras sobre la geografía física y humana de López Bermúdez y
Francisco Calvo, las excelentes clases del Profesor Lomba o la Historia
Medieval de Torres Fontes. En aquella ágora se hacía universidad y se formaban
ciudadanos. Era una pista compleja, con muchas atracciones actuando al mismo
tiempo.
La última pista de aquel
hermoso circo, o la parte más sobresaliente del ágora colegial, estaba ocupada
por el bar o cantina. Una pequeña barra de cuatro metros servía de mostrador y
tras él, Miguel, un hombre de baja estatura y con bastante chepa, avispado y
diligente, que pasaba por ser una fuente de información de primera mano, pues
nada de lo que ocurría en el Colegio escapaba a su escrutinio, ya que todo o
casi todo se comentaba delante de aquella barra, mientras se tomaba el
aperitivo antes de comer –quien podía-, el café tras la comida y la cena o en
momentos más tranquilos, como la merienda o el café con leche de media tarde.
También en los momentos previos a una charla o antes de iniciarse las
proyecciones de cine, aquel espacio estaba superconcurrido.
La vida de aquel hombre era
un pozo de sorpresas, como le hacían recordar Enrique y sus amigos, Nino y Pedro, el fotógrafo, que acudían muy frecuentemente a ver al compañero de correrías y francachelas. Contaban y no paraban de sus aventuras erótico-festivas, de viajes y de otras cuestiones poco confesables. Miguel era muy suyo e incluso bastante maniático. Nunca pude conseguir que me pusiese un bocadillo con queso y sardinas.
| Parroquianos de los años setenta en la barra del bar. |
Según me contaron, antes que
llegase Miguel, el bar-cantina pasó por varias alternativas. A comienzos de los
años 60, el colegial Manolo Navarro compaginaba sus estudios de Química con la
regencia del bar. Cuentan las crónicas que fue un excelente atleta, corredor de
maratones y de otras aventuras deportivas; y también que cuando finalizó su
Licenciatura en Química, trepó a una altísima palmera en el campus de la
Merced, para celebrar su éxito académico. Se cuenta, además, que durante varios
años el bar se gestionó con el personal del servicio del propio Colegio Mayor.
Ante las restricciones económicas, se experimentó en el curso 1972-1973 la
autogestión por parte de los propios colegiales y, como no resultó, se recurrió
a ceder la gestión de la cantina a Miguel, que entonces estaba a cargo del bar
de la Facultad de Letras de la Universidad. En los últimos años del Colegio,
recuerdo a Juanito Balibrea y a su señora, detrás de esa barra que tantas
conversaciones y secretos guardó.
Aquella pista del circo
colegial se confundía con la anterior y era, a la vez que antesala, lugar de
paso y de salida y de entrada doméstica al Colegio. Por allí transitaba la
gente que bajaba a hacer deporte en las instalaciones de Zarandona, por allí entrábamos
y salíamos en las noches de ronda, por allí accedían algunos vecinos, que por
la proximidad, tomaban café en nuestra cantina y que eran otros de los nuestros
(Pedro, Antonio González…). Ante aquella barra y ante su jefe de pista o
maestro de ceremonias, discurría una buena parte de la vida colegial.
Y
así recuerdo aquella sala de estar, en la que el circo de la vida colegial se
abría cada día. Allí crecimos como colegiales, pero también como ciudadanos y
como personas, contrastando opiniones, debatiendo noticias, compartiendo
pareceres…, viviendo en común.
Antonio José Mula
Gómez, colegial 1974-1978, subdirector 1979-1984.
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