Primavera del 72. Prolegómenos con huevos fritos

En este blog de memorias era preciso incluir la de los hechos ocurridos en el Colegio en el último trimestre del curso 1971-72, y me dispongo a llenar ese hueco, por doble motivo. Fui testigo de primera fila de los mismos y, sobre todo, conservo papeles −llamarles “documentos” sería abuso− de la época que sostienen mi vacilante recuerdo de lo ocurrido hace medio siglo. Entre esos papeles hay tres relatos escritos por mí en esa época y borradores de documentos, no escritos por mí, como la petición de audiencia al Gobernador Civil, o el dirigido al Jefe del Estado, o un resumen de lo ocurrido en la Junta Rectora del 16 de mayo de 1972. Estos papeles, que reuní y conservé, seguramente porque nadie los quería, los volví a encontrar hace unos cinco años. Exhibirlos da cierta vergüenza, pues están escritos con una deplorable prosa juvenil, y abundan en detalles irrelevantes y alusiones ahora incomprensibles. Pero son, junto a mis recuerdos fragmentarios, la materia prima de lo que sigue. 
     Junto a esta explicación de las fuentes, quiero hacer una advertencia “de contexto” para no incurrir en lo que se viene llamando “memoria histórica”, y que resumo diciendo que esto no ha de interpretarse en términos políticos, salvo en un sentido amplio.
1970. Jura de decanos que pronto darían que hablar.
     Algunos de mi edad éramos antifranquistas “generacionales”. Reaccionábamos contra el régimen político igual que los hijos se rebelan, a cierta edad, contra los padres. Pero no teníamos ideología, ni adscripción partidista alguna. Hablo, desde luego, por mí, pero creo que si la hubiera habido entre los más cercanos la hubiera detectado.
     El único eje político −en sentido impropio− de nuestra actitud era cierta exigencia en favor de una libertad mayor, en términos de la vida cotidiana colegial: menos sujeción y más calidad, material y cultural. Esto nos distinguía de una mayoría que, por conformismo −no por razones políticas−, callaba. A mucha de esta gente logramos atraerla. Claro que fue con ayuda de circunstancias imprevistas y sólo por un momento. Es lo que a continuación se describe.
     Aunque los hechos centrales se produjeron en unos días de abril y mayo de 1972, la cosa venía de más lejos. Por eso es preciso contar sus antecedentes.
     En la interesante crónica de Manuel Acosta sobre el curso 1967-68, que figura como entrada novena de este blog, se percibe que cierto fermento, que no me atrevo a llamar “revolucionario”, había hecho ya entonces su aparición.
     En los dos cursos posteriores yo no percibí gran cosa, pero esto tiene una explicación. El director, Fernando Martínez, era hombre hábil y brillante, pero con múltiples obligaciones y cargos, de los que el Colegio Mayor era apenas un apéndice. Pero en esos años contaba con dos auxiliares valiosos que llevaban el peso del colegio. Sobre todo, Paco Cremades, el subdirector, era el factótum que solucionaba casi siempre las cuestiones materiales. En lo cultural, el jefe de estudios, Paco Calvo, llevaba la batuta con solvencia, de modo que el Colegio aparentaba continuar sin problemas. Pero Paco Cremades se casó y se fue -creo que en 1969- y los sucesivos subdirectores, además de no tener su experiencia, fueron de corta duración. No duró mucho más Paco Calvo, que  continuó solo hasta diciembre del 70. Eso se tradujo en un descenso de la calidad material y cultural del Colegio, que se hizo gradualmente perceptible.
     Hasta tal punto que hubo una primera reunión “de oposición” a fines del curso 1969-70. Aunque no participé en ella, estuve informado. Entre sus promotores estaban José Damián Perona, Juan Salvador Giménez y Aurelio Pretel.
     Al iniciarse el curso siguiente −octubre de 1970− el director, que previamente había enviado una encuesta a los colegiales, convocó una reunión en el “puente” del 10 al 12 de octubre. Hubo rumores de que ese verano estuvo a punto de ser cesado y sólo se le permitió seguir si adoptaba cambios radicales. Sea lo que fuere, nos convocó a una reunión en una casa de ejercicios cercana a Cartagena −Coto Dorda−. Entre los veinticuatro asistentes sólo había cuatro colegiales no becados, uno de ellos yo.
     Antes de marchar allí tuvimos una reunión con algunos de los exponentes de la “oposición” arriba mencionados, a la que fuimos Agustín Vera, Manolo Martín Camino y yo. Se redactó un programa de reformas que queríamos implantar, que iban desde poder repetir plato en las comidas a suprimir la junta supervisora de la TV o poder salir por las noches libremente.
     Todo esto quedó en agua de borrajas, porque las reformas que el director propuso eran más ambiciosas que las nuestras, de modo que fue él quien llevó la voz cantante y, si hubo reservas, fue entre los menos proclives a reforma alguna. Nuestras tímidas propuestas de salidas libres nocturnas o televisión sin cortapisas fueron admitidas sin problemas.
    Una novedad inopinada fueron los huevos. Y es que las monjas de la casa de ejercicios nos daban huevos fritos para desayunar, algo que se adoptó con entusiasmo. Junto a eso, la decisión, más trascendente, de sustituir a los consiliarios por decanos electos, pasó casi desapercibida. 
    Pese a ello, de vuelta en el Colegio, siete u ocho de nosotros acordamos constituir una candidatura “unitaria” para las inminentes elecciones a decanos. Se hizo mediante “primarias” en las que participaron unos veinte colegiales afines, casi todos de 2º y 3º. De esas primarias salieron siete candidatos (los puestos de decano que salían a elección). Todos eran de nuestro grupito, salvo Enrique Jiménez Mena, al que acordamos votar por ser bastante popular. Nuestro éxito fue rotundo. En la primera vuelta salieron tres de nuestros siete candidatos y en la segunda los otros cuatro. Como la elección era “mixta”, pues se elegía a once candidatos, de los que luego el director escogía a los siete decanos, al final, de nuestros siete candidatos sólo cinco llegaron a ser decanos.
     Este triunfo fue, sin duda, fruto de la organización, pero también de una tendencia generacional. De sesenta y un electores, cuarenta éramos de 2º y 3º. Con pocas excepciones, la mayoría de esos cuarenta nos apoyaron, siendo suficientes para obtener la mayoría precisa de treinta y un votos. 
     No puedo dar muchos datos del curso 1970-71, pues fui uno de los excluidos por el director y no estuve en la Junta Rectora. La impresión general que conservo es que, por diversas razones, no pudo atajar la decadencia del Colegio, que se veía en dos órdenes de cosas: la reducción de actividades culturales, con la excepción de Kineidos, que regentaba Antonio Bas, y la baja calidad de las comidas, que ni siquiera los huevos fritos del desayuno palió por mucho tiempo.
     Al empezar el curso siguiente, 1971-1972, estábamos desanimados y fue Luis Ruipérez quien tomó la iniciativa de preparar una candidatura similar a la del año anterior. Ruipérez había sido decano el curso anterior, elegido con nuestro apoyo, pero no era de nuestro grupo. Ahora propuso una coalición entre Derecho y Filosofía, aunque abierta a algunos afines de Químicas. Hubo también primarias, y de ellas salieron cinco candidatos de Derecho −el mencionado Ruipérez, Flavio Martín y Pedro Morillas, de 5º, yo de 4º y José Ortuño de 3º− y dos de Filosofía, Aurelio Pretel de 5º y Agustín Vera de 4º. Esta vez las elecciones eran directas, y salimos elegidos casi todos en la segunda vuelta, salvo José Ortuño, que no tuvo suficientes votos para pasar a la tercera. En ésta salió Bernabé García, de Medicina.
     Se renovó, como en el curso anterior, la lucha por dignificar nuestra vida colegial, tanto en lo material −comidas− como en lo cultural. El argumento material pesaba más para la mayoría, que creía que las conferencias eran un rollo o que sólo nos interesaban los asuntos políticos. Por los apuntes que conservo, sospecho que algo de eso había, pues proponíamos conferencias con temas como el aborto, la pena de muerte o el derecho de huelga. Pero no había caso, pues se nos denegaban tanto estas como otras artísticas −una sobre Picasso− por razones de “oportunidad política”.
     Las indagaciones que hicimos sobre la marcha económica del Colegio confirmaron que se vivía al día, pero no pudimos acceder al todopoderoso administrador, Vallarta, al que se achacaban todos los males. Dudo que hubiéramos sacado algo en claro, en cualquier caso.   
     Sorprendentemente, los decanos, de origen algo heterogéneo, funcionamos con bastante sintonía, y eso es mérito de todos. Si hubo alguno menos activo o más indiferente, no puso obstáculos a las decisiones de la mayoría. En resumidas cuentas, daba igual, pues estábamos en un callejón sin salida. Y es que, tras muchos intentos y reuniones, habíamos llegado a la conclusión unánime de que con Fernando en la dirección era imposible cambiar la tendencia decadente del colegio. Nos daba siempre buenas palabras, pero no se traducían en hechos. Listo y hábil como era, nos toreaba con facilidad. Y no estaba en nuestra mano conseguir su cese o su dimisión.

Francisco Vázquez Martínez, colegial 1968-1972.

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