16. La forja del Ruiz de Alda
El buen recuerdo de juventud que supone haber sido colegial del Colegio Mayor Julio Ruiz de
Alda en Murcia no es simplemente una evocación nostálgica, sino la conciencia clara de haber
participado en una experiencia formativa integral difícilmente repetible en el contexto actual. Quienes atravesaron sus pasillos, compartieron su mesa y se formaron en su atmósfera humana
saben que allí
no solo se cursaban estudios
universitarios: se aprendía a vivir
en comunidad, a dialogar, a discrepar con respeto, a asumir responsabilidades y
a proyectarse hacia la sociedad
con
un sentido de compromiso que trascendía lo estrictamente académico.
El Colegio Mayor no era un mero alojamiento para estudiantes desplazados a la ciudad. Era un espacio educativo en el sentido pleno del término. La vida colegial estructuraba el tiempo y el carácter. Había horarios, normas, responsabilidades compartidas. La comida reglada no era únicamente un momento de nutrición, sino un rito cotidiano de convivencia. Sentarse a la mesa implicaba escuchar, intervenir, argumentar, aprender del compañero de carrera distinta y del colegial ya graduado que compartía mantel. Esa mezcla de edades y trayectorias enriquecía el diálogo y permitía que la experiencia circulara con naturalidad. El estudiante de primer curso no solo aprendía Derecho, Medicina o Ingeniería en la universidad; aprendía también prudencia, perspectiva y sentido práctico en el comedor del Colegio Mayor.
El Colegio Mayor no era un mero alojamiento para estudiantes desplazados a la ciudad. Era un espacio educativo en el sentido pleno del término. La vida colegial estructuraba el tiempo y el carácter. Había horarios, normas, responsabilidades compartidas. La comida reglada no era únicamente un momento de nutrición, sino un rito cotidiano de convivencia. Sentarse a la mesa implicaba escuchar, intervenir, argumentar, aprender del compañero de carrera distinta y del colegial ya graduado que compartía mantel. Esa mezcla de edades y trayectorias enriquecía el diálogo y permitía que la experiencia circulara con naturalidad. El estudiante de primer curso no solo aprendía Derecho, Medicina o Ingeniería en la universidad; aprendía también prudencia, perspectiva y sentido práctico en el comedor del Colegio Mayor.
La convivencia diaria era
una
escuela silenciosa de madurez. Compartir
habitación o, al
menos,
compartir espacios comunes, exigía tolerancia, organización y respeto. Las diferencias de
carácter, de procedencia geográfica o de sensibilidad ideológica no eran obstáculos, sino ocasiones para ensayar la convivencia democrática
en pequeño formato. Allí se aprendía que el
desacuerdo
no rompe
la amistad, cuando existe una base de respeto mutuo. Se
aprendía
también que la palabra dada tenía valor y que la responsabilidad individual repercutía en el conjunto.
| El autor, junto a figuras señeras del deporte colegial, en el campo de Zarandona. |
El ocio formaba parte de esa pedagogía integral. No se trataba de un entretenimiento disperso o
improvisado, sino de un ocio con sentido formativo. El deporte ocupaba un lugar destacado. Los
equipos colegiales, las competiciones internas y externas, los
entrenamientos en común,
generaban un espíritu de superación compartida.
El esfuerzo físico enseñaba disciplina,
constancia y trabajo en equipo. Ganar era motivo de celebración; perder, una lección de humildad. El compañerismo forjado en el
campo o en la pista se trasladaba después a la
biblioteca y al
comedor.
La cultura constituía otro pilar fundamental. Las sesiones de cine, los coloquios posteriores, las
conferencias invitadas, los actos colegiales solemnes contribuían a ampliar horizontes.
No era
raro que tras la proyección de una película
se generara un
debate intenso que prolongaba la
reflexión hasta bien entrada la noche. Aquellas conversaciones
improvisadas en las salas
comunes, en los pasillos o en el jardín del
Colegio, eran auténticos seminarios espontáneos donde cada uno aportaba lo mejor de su formación y de su sensibilidad. El estudiante de Filosofía
dialogaba con el de Ciencias, el de Derecho con el de Medicina, y de esa intersección surgía una visión más rica y compleja del mundo.
Los actos colegiales tenían
una
dimensión simbólica que reforzaba
el sentido de pertenencia.
Ceremonias de apertura de curso, celebraciones académicas, homenajes a antiguos colegiales
destacados: todo ello contribuía a crear una tradición compartida. El joven recién llegado
comprendía
pronto que formaba parte de una historia mayor que él mismo. Ese sentimiento de continuidad generacional
fortalecía el compromiso personal. No se trataba solo de aprovechar una etapa universitaria; se trataba de estar
a la
altura de una comunidad que había dado a la sociedad murciana numerosas figuras relevantes en distintos ámbitos
profesionales.
En efecto, el Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda fue semillero de líderes sociales, profesionales y
culturales. No por un
privilegio elitista, sino por el tipo de formación humana que promovía. La responsabilidad
asumida en cargos internos, como delegaciones, comisiones culturales,
organización de actividades, ejercitaba habilidades de gestión, liderazgo y
cooperación. El colegial
aprendía a organizar un evento, a coordinar
personas, a resolver conflictos, a hablar
en público.
Eran aprendizajes prácticos
que luego se
trasladaban con naturalidad
a la vida
profesional.
Comparar aquella experiencia con la realidad actual de muchos estudiantes que residen en pisos alquilados
permite advertir una diferencia sustancial. El
piso
compartido, aunque puede generar amistades valiosas, carece generalmente de un proyecto formativo común. No hay una estructura
que articule la convivencia, ni una propuesta cultural sistemática, ni una tradición que vincule
generaciones. La vida universitaria tiende a
fragmentarse en trayectorias individuales, con
horarios dispersos y relaciones más
volátiles. El estudiante se mueve entre clases, biblioteca y
vivienda sin que exista necesariamente un espacio comunitario que integre esas dimensiones.
Esa transformación no es trivial. La ausencia de un marco
formativo integral empobrece la experiencia universitaria. No se trata de idealizar el pasado ni
de negar las oportunidades del presente, sino
de reconocer que el Colegio Mayor ofrecía algo
más que alojamiento:
ofrecía comunidad, exigencia y acompañamiento. En un entorno así, la amistad no era fruto del azar
momentáneo, sino del
trato cotidiano, de la superación conjunta de dificultades académicas, de
las celebraciones
compartidas y de las conversaciones profundas mantenidas durante años.
Las amistades
forjadas en el Colegio Mayor han demostrado una sorprendente vigencia. Décadas
después, quienes rememoran aquellos tiempos lo hacen con una mezcla de gratitud y
emoción contenida. Los encuentros de antiguos colegiales reactivan con
facilidad una complicidad que parecía suspendida en el tiempo. Basta una anécdota, una referencia a un
profesor, una evocación de un partido memorable o de una noche de estudio colectivo para que
resurja la sensación de pertenecer
a una hermandad discreta pero sólida.
Esos recuerdos no son
meramente sentimentales. Constituyen parte de la
identidad personal. Haber sido colegial implicaba
haber atravesado un
periodo de intensa
formación humana.
Muchos reconocen que allí
aprendieron a escucharse a sí
mismos,
a descubrir su vocación con
mayor claridad, a enfrentar fracasos académicos sin desmoronarse. La comunidad ofrecía apoyo
en momentos de dificultad. La conversación con un colegial mayor, el consejo de
un director atento o la simple solidaridad de un compañero podían marcar la diferencia en decisiones cruciales.
También los momentos históricos vividos colectivamente dejaron huella.
Cambios
sociales, acontecimientos nacionales, transformaciones universitarias: todo era comentado y analizado en común. Esa lectura compartida de la realidad
generaba una conciencia cívica más despierta. El
colegial no se concebía como un mero estudiante preocupado por aprobar exámenes, sino como un ciudadano en formación, llamado a contribuir activamente a la mejora de su
entorno.
La pérdida de ese modelo institucional se percibe con claridad al observar ciertas carencias en
generaciones recientes. No se trata de una crítica moral, sino de una constatación sociológica:
la fragmentación de la vida estudiantil dificulta la consolidación de vínculos profundos y de
proyectos colectivos duraderos. El individualismo residencial y la provisionalidad contractual favorecen relaciones más frágiles. Sin un espacio que
fomente la permanencia y la
responsabilidad compartida, la experiencia universitaria corre el riesgo de reducirse a una etapa
instrumental.
Por ello, quienes fueron colegiales del Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda suelen hablar de
una
"escuela de vida".
No exageran. Allí se aprendía a administrar
el tiempo, a compaginar estudio y
ocio, a respetar normas comunes sin renunciar a la personalidad propia. Se aprendía, en
definitiva, a integrar libertad y
responsabilidad. Esa síntesis constituye uno de los pilares de
cualquier liderazgo auténtico.
Al recordar aquellos años, muchos revivimos escenas concretas: el sonido de las conversaciones
en
el comedor,
el silencio concentrado de la biblioteca en época de exámenes, las
risas
compartidas tras una victoria deportiva, la emoción contenida en un acto académico solemne.
Cada
detalle adquiere un significado simbólico. No se añora solo un edificio o una rutina; se añora un modo de estar
en el
mundo, una manera de crecer acompañado.
La experiencia colegial enseñaba también a valorar la diversidad disciplinar. Compartir mesa con
estudiantes de distintas facultades ampliaba horizontes intelectuales. El
futuro médico
comprendía mejor las
implicaciones jurídicas de su práctica; el futuro abogado entendía la
complejidad técnica del ingeniero; el humanista dialogaba con el científico.
Esa transversalidad
favorecía una visión más completa de la realidad y preparaba para el
trabajo interdisciplinar
que
exige la sociedad contemporánea.
En última instancia, el buen recuerdo de haber sido colegial del Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda en Murcia se funda en la conciencia de
haber recibido una
formación integral difícilmente
sustituible. No fue solo una etapa agradable de juventud, sino un proceso de forja personal y
colectiva. Las amistades nacidas allí han resistido el paso del tiempo porque se cimentaron en la convivencia diaria, en la lealtad compartida y en el
respeto mutuo.
Quienes hoy
evocan aquellos años lo hacen sabiendo que formaron parte de una experiencia
singular que contribuyó decisivamente a su maduración y a su proyección social. La memoria no es aquí simple nostalgia, sino gratitud por un tiempo fecundo. En un mundo acelerado y
fragmentado, el recuerdo del
Colegio Mayor funciona como referencia de lo que una comunidad
educativa puede llegar a ser cuando integra
estudio, convivencia, cultura y
compromiso. Esa huella permanece, silenciosa pero firme, en la trayectoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirla.
El final inesperado del
Colegio Mayor Ruiz de Alda nunca se explicó convenientemente. Quedó suspendido en una zona gris de silencios administrativos y decisiones poco transparentes que
jamás alcanzaron a satisfacer la legítima inquietud de quienes habían
formado parte de su historia. Para muchos
antiguos colegiales, el cierre no fue simplemente la clausura
de
una institución, sino
la interrupción abrupta de una tradición viva que había acompañado durante décadas
la formación universitaria en Murcia.
El lamentable estado actual de las instalaciones es una pena que convulsiona el alma. Donde
antes resonaban conversaciones animadas, discusiones académicas y risas juveniles, hoy habita
el
deterioro. Los espacios que fueron escenario de
actos culturales, celebraciones colegiales y
jornadas de estudio aparecen ahora marcados por el abandono. Las paredes, que acogieron generaciones de
estudiantes, parecen guardar un silencio demasiado pesado, como si custodiaran una memoria que nadie ha querido escuchar
del
todo.
Y, sin embargo, más allá de la ruina material, permanece intacta la
huella invisible de lo vivido. Porque un colegio mayor no es
solo
un edificio; es
la suma de biografías que se entrelazan, de
amistades que nacen, de vocaciones que se consolidan.
Cuando se apagan sus luces
físicas,
no
se extingue necesariamente su legado humano.
Solo quedan recuerdos, buenos recuerdos, preciosos recuerdos. Recuerdos
de
juventud compartida, de madrugadas de estudio,
de mesas largas y conversaciones interminables. Recuerdos que, lejos de marchitarse, adquieren con el tiempo una densidad más profunda. Quizá
el
edificio haya callado, pero en la memoria de quienes lo habitaron sigue latiendo con una fuerza
que ningún abandono podrá borrar. En esta décima, el sentimiento:
Décima al RuizEn tus muros retenidala juventud que soñaba,y en la estancia germinabauna vocación querida.Fue tu mesa compartidacátedra de humanidad;tu rigor, fraternidad;tu silencio, pensamiento;y aún late en cada momentotu lección de eternidad.
Alberto Requena Rodríguez, colegial subdirector 1972-1973.
En la foto:
ResponderEliminarArriba:
Alberto Requena Rodriguez- Luis Ruiperez (+)- Cristóbal Quesda Blaya(+)- Esteban Murcia Satorres- Francisco Belda
Abajo: Antonio S. Galinsoga- Abraham- Vicente Más Santiago-Tony Madrigal
Nuestro amigo Alberto Requena insiste mucho en el compartir mesa y mantel como fundamento de la convivencia, ya que “sentarse a la mesa implicaba escuchar, intervenir, argumentar, aprender del compañero…” Aunque no sé si recuerda quiénes eran los comensales que se sentaban en la mesa adosada a la columna del fondo del comedor, más allá de la presidencia, frente a la salida de la cocina, aatendidos por la señora Ángeles, aquel curso 1969-1970, último en que los colegiales tenían asignado puesto fijo. Allí estaban Alberto Requena, Rafael Ruiz Manteca, Emilio Egea, Juan Albaladejo, Mariano Rosique y el que esto escribe, que aprendió tanto, que se ganó más de un apelativo que ensalzaba sus destrezas comunicativas, seguramente allí aprendidas.
ResponderEliminarUn recuerdo muy especial guardo de la mesa que compartí con los granados cartageneros de la "Cuarta".. "Herodes" Gómez , "Boquerón" Cumplido , y Manolo Haenelt, de medicina, "Guanche" Pagán, de biología y "Trabuco" Morales, de economía, que junto al que suscribe, "Perdigón" Veas (y no veas, calzoncillos y correas, y si quiere ser feliz, usé siempre los de "La Perdiz") dimos vida a tantos momentos inolvidables, compartiendo anécdotas y, por supuesto, conocimientos académicos de las carreras cursadas, especialmente los viernes tras la salida de turno de los jueves por las tascas, donde los protagonistas de la conversación eran, en su mayoría, atinentes a la anatomía del tapizado músculo esquelético... femenino.
EliminarMomentos de almuerzo y cena que reforzaban los lazos de la convivencia, mientras la cotidianeidad transcurría silenciosa pero implacable, forjando una unión invisible cuyo eco resuena al pasar de tantos años...
Fiel reflejo de la vida colegial de Mayor y su trascendencia para el desarrollo de sus colegiales, tanto como personas como futuros profesionales. La singularidad del Colegio Mayor reside en ser el último hogar de vivencia y convivencia antes de iniciar la verdadera aventura de la vida, pues no solo se limitaba a compartir espacio entre compañeros de alumnado, como se hacía en la escuela, el instituto o la propia universidad, sino que era precisamente esa convivencia la que nutria de herramientas, destrezas y valores para los desafíos venideros, terminada la cual y desde la cual comenzaban a escribirse las páginas más importantes de nuestras vidas. Ese es el vínculo compartido , fraternal e imperecedero, de pertenencia a la misma nodriza desde la que partieron nuestros destinos.
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