14. Vísperas y celebración del Día de la Arrixaca

Llegado el día de la celebración, como si se tratara de una conjunción astral, las fuerzas vivas, autoridades, jerarquías y representaciones de la capital huertana se concitaban en el Colegio Mayor en una armónica confluencia de intereses, propia del nacionalcatolicismo imperante: allí veríais la devoción religiosa, la exaltación de los credos del régimen representados por el falangismo del SEU, algunos rituales universitarios y manifestaciones lúdico-festivas, a las que asistían encantados los colegiales con sus trajes nuevos, en muchos casos acompañados de familiares y pretendientas.
     La víspera y, en su caso, las primeras horas de la mañana, las ocupaban las celebraciones devotas, dedicadas a preparar espiritualmente a los colegiales para el evento, celebradas bajo el manto de Nuestra Señora de la Arrixaca, los primeros años en la iglesia de San Andrés, sede de la patrona, o en la capilla del Colegio Mayor.
     A las seis y media de la tarde, ustedes podrían asistir a la solemne sabatina de vísperas, en la capilla del colegio recién inaugurado, con exposición de S.D.M. y rezo del Santo Rosario, seguida de una sentida plática del capellán del colegio (1952); o en la iglesia de San Andrés (1953, 1954), en el último caso oficiada por el obispo de la diócesis, con la consagración y ofrenda del colegio. Y ya de noche tendrá lugar la misa de comunión general, en San Andrés (1956, 1957) o en la capilla del Colegio, con la consagración de los colegiales a la Virgen y, en torno a la medianoche, la vigilia y vela de becas, ceremonias dirigidas desde 1956 por el nuevo capellán, don Luis Montaner, y con prédica de alguna destacada personalidad eclesiástica.
Director y subdirector recibiendo a las autoridades en la puerta sur del colegio, hacia 1960.
     En torno a las doce del mediodía del domingo, se iniciaba el acto solemne, presidido por las autoridades de la ciudad, una nutrida representación de jerarquías locales y nacionales del SEU y el rector y otras personalidades de la Universidad. Tras el discurso del director, con la memoria de las actividades del curso anterior y la reseña de las aspiraciones para el futuro, tenía lugar la ceremonia solemne de nombramientos, honores y juras de cargos. De obligado cumplimiento para exaltar los vínculos con las instituciones políticas y académicas era la concesión de distinciones, en forma de becas de honor o víctor de plata o de bronce a autoridades y jerarcas del SEU y personalidades académicas. Con una u otra distinción se fueron retratando todos los gobernadores civiles, alcaldes de la ciudad, jerarcas locales, provinciales o nacionales del SEU, catedráticos y profesores relevantes de la Universidad, en un desfile interminable.
     Más emotivo era el momento de la imposición de becas a los colegiales, con el juramento de adhesión al Régimen y de fidelidad a la universidad y al Colegio, y la imposición de la banda, a cargo de los padrinos, que solían ser los veteranos que habían acogido y tutelado al nuevo a su llegada al Colegio. A ello se unía la promesa de los decanos de planta (de tres a cinco) y de los consiliarios (de dos a cuatro). El acto concluía con el discurso o la lección magistral de la autoridad que presidía el acto.
     Muy significativos eran los rituales y la retórica falangista con que se adornaba la celebración. Los vítores a los homenajeados, las invocaciones de rigor y el canto del Cara al sol, en una ceremonia de entusiasmos patriótico-académicos que se cerraba con la entonación solemne del Gaudeamus, muy bien resumida por el inacabable rector Batlle en su discurso de clausura de 1969: “Hoy habéis jurado fidelidad a la Fe, al Movimiento Nacional, a la Universidad y al Colegio, y esa fidelidad es, por tanto, a Dios, a la Virgen de la Arrixaca, a la Patria, pues toda la ciencia siempre está en Dios, y mostráis así el tener la satisfacción del deber cumplido”.
     Estos rituales religioso-políticos alcanzaron su máxima expresión en los primeros años, tras la inauguración en 1952, coincidentes con la década de los cincuenta, y se fueron aligerando en la siguiente, para diluirse en los setenta, al compás de la lenta degradación del Régimen. Así se fueron apagando los ecos de las sabatinas y los rezos del rosario, el brillo de los víctores de plata y de bronce, las voces de rigor y las resonancias del Cara al sol, para quedar vivo el viejo espíritu sólo en las fórmulas de juramento y de promesa, cuya significación totalizadora había compendiado el rector Batlle en su discurso del 69. Aunque el contenido de ese ritual de la jura también empezaba a ser cuestionado por los que habían de realizarlo en pequeños contubernios y comidillas que insistían en la negativa a acatarlo. Una cuestión que fue resuelta en última instancia, en la madrugada de la celebración de 1970, por el benéfico don Luis Montaner, capellán del Colegio, que dictaminó que no nos preocupáramos, que “los juramentos forzados no obligan”. Y aquí paz y después gloria.
Vista general del salón de actos, en la ceremonia de 1972.
     Al acto académico sucedía la celebración social: una copa de vino español (1954, 1957, 1959) o un refrigerio (1962); aunque acabó imponiéndose la comida de hermandad, a la que asistían las autoridades y eran invitados los familiares y las novias de los colegiales, con un menú especial y reparto de cigarrillos y puros, entre el jolgorio de los asistentes, que atronaban el comedor con sus brindis y pareados de tono satírico-festivo, como fue recogido por las crónicas, que cuentan que “además de deliciosos platos…se sucedieron continuos pareados chistosos y llenos de buen humor e ingenio, tanto por parte de los alumnos como de la mesa presidencial” (1974).
     Y, finalmente, por la tarde, aunque algunos años hubo alguna representación teatral, lo habitual fue una fiesta universitaria que las crónicas calificaban de “simpática” y ”muy animada”, desarrollada ”en un ambiente de gratísima concordia y buen humor juvenil” (1957). Aunque se olvidaron de decir que esta fiesta suponía la “graduación” de los diestros en el baile y de los galanes atrevidos, que acudían con una o más invitadas, mientras los torpes y retraídos quedábamos recluidos en nuestras habitaciones para evitar ridículos y maledicencias.
     Con el paso de los años las crónicas detalladas del solemne acontecimiento fueron adelgazándose, hasta quedar en los setenta en un mero anuncio del evento, o desaparecer totalmente, considerando quizá que lo tantas veces repetido ya no era noticia. Aunque los que allí estuvimos presentes y fuimos protagonistas o espectadores de los grandes acontecimientos y de las anécdotas mínimas de aquellos días de solemnidades y festorrios, podemos atestiguar que la celebración, aligerada de oropeles y rituales impropios de las nuevas sensibilidades, continuó viva para ser recordada durante mucho tiempo.
                                                                                                                                
                                                                                                                             José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

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