15. La nave de Moby Dick

El lugar. El Colegio Mayor Ruiz de Alda estaba situado en el barrio del Carmen, a la altura del campo de Zarandona, junto a un almacén de aceites del Paseo de Corvera, al que llamábamos “Oil Company”. Se sabía que el dueño había sido alumno de D. Miguel de Unamuno, y una de sus hijas contrajo matrimonio con el colegial Ignacio Durendez. Si accedíamos por la calle Goya, tenía doble entrada, una por Huerto de Capuchinos, la parte nueva y, otra, por la que más tarde se llamaría Alcalde Juan López Somalo, donde recuerdo se instalaban algunos residentes a tomar el sol, muy próximos a una acequia dotada con airosas palmeras. Estaba muy cerca de la estación de ferrocarril, lugar en el que paseábamos tras la cena, paseo que combinábamos con el de la Gran Vía aún en obras.
     Se diría, en aquellos años, que estaba alejado de la Universidad, a la que podíamos llegar por dos caminos: siguiendo el jardín de Floridablanca, el Puente de los Peligros o Puente Viejo, y por Torre de Romo, Puente de Hierro o Puente Nuevo, desde el que todavía podíamos detectar restos del Parque Ruiz Hidalgo y la Convalecencia, entonces residencia de Sacerdotes ancianos. Durante años no hubo otros.
     El lugar en el que se reside, orientación, luz, suele alcanzar un valor simbólico. Cuando consideramos que el Colegio estaba cerca de la estación del ferrocarril, nos relaciona con un espíritu viajero, tendíamos a la diáspora, frente a lo sedentario y arraigado, que venía a representar el otro, cuyo cardenal Belluga alentó y sufragó muchas de las obras que todavía permanecen. Ignoro si esta hipótesis se ha cumplido, aunque, mientras miro atrás, me parece descubrir a mis compañeros, menos dependientes del origen. La verdad es que casi todos éramos becarios, lo que quizá nos convertía en más disponibles.
El autor, en primer plano, en una fiesta colegial.
Cuando comencé en el Colegio, vivía en Lorca; por tanto, llegué en tren, con mi maleta de emigrante que, después, pasearía por Düsseldorf. Recuerdo que entré por la puerta de la primera obra, junto al salón donde nos acompañaban los cuadros de Hernández Carpe. Debí de llegar una tarde, recorrí el corto espacio andando, pues entendí que tomar una galera era un tanto excesivo, así que me vieron entrar los que tomaban el sol, entre otros Braulio, que se acercó para ayudarme. Aquello me pareció un gesto de amistad. También recuerdo a Luis Rubio, archivero, catedrático de alemán y catedrático de filología románica con el que comencé a trabajar cuando terminé la carrera.
En aquellos años toda la Universidad cabía en la Facultad de Ciencias, donde hoy se encuentra el aulario y en el claustro, Derecho y Filosofía. Los alumnos procedían de las provincias cercanas, Albacete y Alicante fundamentalmente.
“¿Por qué te cae gordo el cura?” Lo que se llamó el boom de la literatura latinoamericana llegó precedido de frases que se oían en televisión. Esos primeros años, debió de ser el 63-64, leí desconcertado, asombrado, La ciudad y los perros de Vargas Llosa. El realismo mágico alumbraba zonas que no eran tan mágicas. Recuerdo una expresión que descolocaba a los novatos, mientras se les sometía a una serie de preguntas anodinas, cuando más confiados estaban, por sorpresa y de repente se les decía: “Vamos a ver, ¿a ti, por qué te cae gordo el cura?”    
Este caer gordo era un americanismo, producto de la escasa televisión. Recordad que el cura en cuestión era D. Luis Montaner, sacerdote y profesor de Química en la Facultad, ejemplar en ambas actividades. Reconozco que me sorprendió que se formulase aquella pregunta que, sin duda, rompía con la pacata exclusión de temas relativos a la iglesia. No recuerdo si la contestación se iba por los cerros de Úbeda pues los recién llegados ni lo conocían o, si el interrogado, irónicamente, refería cualquier historia más o menos comprometida.
En mi primer año, curso 61-62, casi finalizado el curso, la mesa en la que estaba decidió hacer huelga de hambre, no recuerdo el plato que debió provocar esa ruptura con la normalidad. Así que nos levantamos y nos trasladamos al bar, recién abierto, donde fuimos invitados a tomar un bocadillo por el cabecilla. Al día siguiente, Fernando Sánchez Creus, Nandi para todos, nos reunió en el despacho y preguntó uno a uno sobre la huelga. Lo hizo en tono conversacional, no acusatorio, autoritario, irónico, ni vengativo. Por mi parte contesté que para animar la sobremesa. Sonriendo, me dijo que para ese tipo de animación todavía faltaban unos años. Así desarmó nuestros argumentos, y rompimos nuestro incipiente no ayuno.
En la imposición de becas y en otras actividades solíamos entonar el Gaudeamus, texto latino cuya letra apenas conocíamos. Para romper con aquella ignorancia, Octavio de Juan, pacientemente, nos entregaba el texto y ensayábamos aquel himno glorioso. Entre tanto los alumnos de Selectivo, sometidos a rigurosos exámenes, gritaban desesperadamente el anuncio de Eco, hacían resaltar aquel ”¡A la leche, leche,”, “e” que se prologaba hasta el infinito, para poco después, agregar: “Ponga Eco, Eco y sabrá mejor!”
Recuerdo el silencio de todos en la muerte de Kennedy.
A veces solía comer con nosotros algún profesor o escritor que, estando de paso o porque era habitual, nos dirigía la palabra. Recuerdo a D. Antonio de Hoyos, experto comedor de habas frescas con una sola mano. El catedrático Sierra y Sra., que solía impartir algunas novedades científicas para todos. Había una arpista que cada año nos visitaba, momento solemne.
Tenía un amigo que, afortunadamente, todavía conservo, su nombre Antonio, me gusta que figure. Vivía en el palomar, especie de ático que comunicaba con la terraza. En su mesa había apuntes de ciencias, un libro de mística y un clarinete. Con estos elementos no podía desechar una buena amistad. Al ser de otra facultad era idóneo para intercambiar cualquier cosa que fuese objeto de examen. Ahora pienso que aquello debió suponer un entrenamiento para nuestra vida profesional, la oralidad no era alentada en aquel tipo de enseñanza, de rigurosos apuntes.  Por aquellos años se trataba de gramática estructural, he de decir que nunca he tenido un alumno tan fiel. Claro que, por mi parte, correspondía al oír sus precisiones científicas. Aquellos diálogos acababan con el clarinete que ponía una nota exótica a la buhardilla.
Tuvimos un compañero procedente de Albacete, no madrugador, que, si, camino de la Universidad, a la altura del Carmen, encontraba un entierro, volvía inmediatamente al Colegio y ya no salía hasta el día siguiente. Creo que debía conocer las campanadas, o había estudiado el horario, pues a veces llegó a tres por semana. Después sé que ejerció de catedrático de Filosofía en la Universidad de Albacete. Un poeta, Domingo Henares, de quien conservo este verso: “Estoy cansado de ser domingo a secas”. Su compañero de habitación era de Cieza, el mejor narrador de Caperucita, que he conocido. Lo hacía con tal realismo que le pedíamos una y otra vez su interpretación. Fue el primer alcalde de la democracia y que nadie entienda que iba de cuento, pues logró impulsar una ciudad agotada tras la desaparición del esparto.
Cuento estas anécdotas, no por peregrinas, sino porque dan idea, como Moby Dick, sobre la variedad de talantes que coincidían en aquella nave. Alguna de las actividades del colegio generó la revista Albatros, incentivada por José Antonio Sánchez Manzanares, título del extraordinario poema de Baudelaire, lo propuso el poeta Aurelio Guirao, con quien compartí aquella tabla o mesa redonda de la poesía. Mi escritura entonces muy juanramoniana, telúrica. Los versos: “Pasar no pasa nada…Tiembla la tierra por si pasara”, se convirtieron en una de esas frases que me dedicaban cuando nos cruzábamos en la escalera. Paco Calvo gustaba repetirlo. Entre tanto, siempre era interesante el intercambio de opiniones en las mesas del comedor.
Sin que fuésemos conscientes, nos íbamos aproximando al 68. Las canciones italianas o francesas serían desbancadas por el inglés y los Beatles. El turismo iba creciendo imparable, y con él los viajes; las costumbres empezaron a cambiar, ya sabéis el seiscientos, el final de las playas solitarias, la desaparición del paraíso de La Manga, con sus dunas, su escasa vegetación, aplastada por los miles de viviendas, los miles de veraneantes...
 
                                                                                                                       José Luis Martínez Valero, colegial 1961-1966.

Comentarios

  1. Con mucho pesar hemos recibido la mala nueva del fallecimiento de José Luis Martínez Valero, colegial veterano del Ruiz de Alda, catedrático de lengua y literatura, poeta, escritor y animador incansable de la vida cultural murciana. Y la muerte arrebatada le ha sorprendido justamente cuando acababa de compartir en nuestro blog su memoria sobre las vivencias de aquellos tiempos en el Colegio Mayor.
    Esperamos que la nave de Moby Dick que fue para él el Colegio, le lleve al encuentro apacible y venturoso con aquellos otros colegiales que ya se marcharon para no volver.
    Que descanse en paz.

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