11. Taxonomía de apocalípticos, integrados y perplejos

Deténganse por un momento, a las ocho y media de la mañana o poco antes de las cuatro de la tarde, y vean esas pequeñas hileras de mozos que, siguiendo la llamada Senda de los Elefantes, esquivan vallas, saltan acequias y ribazos y atraviesan solares abandonados y pequeñas huertas, equipados de un hatillo de libros y carpetas, con dirección al Puente Nuevo y, más allá, a las Facultades de la Universidad. Son los residentes en el Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda, que asienta sus instalaciones en un paraje muy alejado de la pequeña zona universitaria, que en la Murcia pueblerina no merece siquiera el nombre de ciudad.
Situado en un paraje marginal del Barrio del Carmen, en la calle Huerto de Capuchinos, una vía estrecha entre el Paseo de Corvera y la carretera de Algezares, su fachada posterior mira a un pequeño polideportivo, más allá del cual se extiende la nada de brazales y acequias, entre cañares e higueras que bordeaban tahúllas y bancales, buena parte de ellos ya abandonados ante la invasión inminente del cemento y la urbanización. Digamos que tan abocado estaba el colegio a la vecindad huertana, que una de sus acequias alimentaba la leyenda de que una noche los novatos, a petición del pueblo veterano, serían arrojados a ella, como culminación de las calamidades de sus pruebas de aprendizaje.
Los ocupantes de las noventa plazas del Colegio procedían de una doble extracción: la mayoría, hijos de familias de la clase media e incluso humilde, que accedían en razón de su expediente académico, habida cuenta de que sobraban aspirantes, dada la buena fama del centro y el escaso número de plazas que ofertaba; y una minoría cuyos méritos provenían de su condición de hijos o parientes de autoridades y jerarquías del Régimen.
Si les place, acompañen a este memorialista, venido de los parajes agrestes de la Almenara lorquina, que quedó deslumbrado por aquella sala de visitas donde había periódicos y revistas de todas clases, y por la de la televisión, con su servicio de bar, ocupada de los desocupados que se distraían con los juegos de mesa o viendo la película de la noche o el partido de fútbol de los domingos. Y no dejaron de llamarle la atención, sobre todo, aquellas, para él, enormes salas de aseo con una fila de lavabos, inodoros y duchas, elementos que él conocía más bien de oídas, sin familiaridad alguna con ellos.
Jura de los decanos de planta, en 1972.
Aquel quinquenio de 1969 a 1974 vino a coincidir con el envejecimiento y ocaso del Régimen, que iba siendo socavado por la desaparición o el relajamiento de sus antiguos fieles y por el descreimiento y la rebeldía de sus enemigos, cada vez más visibles. Ya entonces estaba en hibernación el SEU como órgano único de participación de los universitarios y la disciplina férrea del Movimiento, como sostén del Régimen, iba convirtiéndose en un entramado carcomido que empezaba a hacer aguas. El Ruiz de Alda, Colegio Mayor del Movimiento, reflejaba muy bien aquella época de descomposición. Los que allí nos instalamos en el 69 ya no escuchamos el canto del Cara al Sol como cierre de las ceremonias oficiales y asistimos a la extinción de la celebración de la muerte de José Antonio con la última marcha a nocturna a la cárcel Alicante, el 20 de noviembre; aunque sí afrontamos la jura de los principios del Movimiento como requisito para acceder a la condición de colegiales, convencidos por don Luis Montaner, el capellán, de que los juramentos forzados no obligan. Por poner solo unos ejemplos.
Si algún entomólogo estudiara la composición ideológica de la fauna que habitaba el colegio, vería que el esfuerzo por mantener las viejas esencias corría a cargo de un grupo minoritario que aunaba el elitismo, dado por su condición social de hijos de militares de Cartagena, de algún preboste aguileño e incluso de andaluces de Jaén, con una identificación con los ideales del Régimen que poco a poco se iba relajando, para quedar ahora en un grupúsculo que actuaba por libre. Entonces, la ideología era arrinconada por la entrega a las fiestas, a los clubes nocturnos −como el Taplows, que los demás conocíamos solo de oídas− y al ojeo de la fauna femenina. Y siempre con indumentaria impecable, pelo engominado y pose del hijo de papá, impávido el ademán. Señas de identidad estas que les merecieron el calificativo de Club Pijas, que los retrataba a lo vivo.
Entre el resto de los colegiales había un reducido grupo de concienciados, que fue aflorando y aumentando con el tiempo, empeñados en la crítica y los afanes de cambio, e incluso de revolución, que se manifestaron primero como sones y ecos un tanto lejanos de las sacudidas del 68, aunque con algún protagonista destacado; y dieron un sonoro aldabonazo durante el curso 71-72, en que el malestar por la alimentación escasa y repetitiva confluyó con el brote de un soterrado movimiento insurreccional que se convirtió en una causa general contra los "mandos" colegiales, para concluir cruentamente con la destitución del director y del administrador y el exilio o la no admisión de los promotores de la revuelta. A partir de aquí, al compás del ocaso del Régimen, fue emergiendo sin tapujos un abanico de tendencias que iban desde los liberales a los maoístas de la ORT y la Joven Guardia Roja o los troskistas de la LCR, mientras a todos se les veía leer, unos abiertamente y otros a hurtadillas, El Ciervo o Cuadernos para el diálogo, revistas de mucha enjundia que pocos entendían.
Los demás constituíamos una mayoría poco o nada concienciada que asistía perpleja a los cambios, sin entender en principio en qué consistían. Los perplejos, desde nuestra lejana atalaya, contemplábamos las primeras asambleas universitarias y las novedosas cargas de la policía, así como la detención de algunos cabecillas de la protesta, mientras se podían leer pintadas del estilo de aquella que decía: “Manolo Luna, te estamos cavando la tumba”. Sacudidas que tuvieron algún reflejo en el discurrir diario en el interior del colegio: escucha clandestina de Radio París o de Radio España Independiente, Estación Pirenaica; lanzamiento de pasquines desde las ventanas; aparición de material comprometedor en algunos armarios; y existencia de espías y soplones, que contribuían a la elaboración de listas negras de colegiales, a los que se podía llegar a calificar de “muy peligrosos” por los motivos antedichos, por alguna queja sobre la comida o, peor aún, por no ser de la cuerda del informante.

José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

Comentarios

  1. Para evitar notificaciones no deseadas o que puedan crear problemas al receptor, como ha ocurrido en algunos casos con la comunicación de la última entrada, estas solo se harán por petición expresa de los interesados.
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    Gracias por vuestra atención.

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  2. Al hilo de los recuerdos, una escena de 1971 o 72: Estamos en la habitación de Quique Sanchez (o López) Conesa, un chico de Caravaca que estudiaba Medicina, que se había traído de casa una vieja radio y a su alrededor oíamos Radio París ¡El antifranquismo sin lágrimas! Si mi fantasía no me engaña, la radio tenía hasta un tapetito, y sólo faltaba la mesa camilla... Una escena hogareña del todo.

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    1. La escucha del noticiario de Radio París, justo a las once de la noche, que ofrecía, perdidas entre los chisporroteos de las interferencias, las voces de Julián Antonio Ramírez, José María Madern y Adelita del Campo, tenía lugar también en un antro sin ventanas, oficina del Coordinador de Actividades, con una infame turba de más de veinte "nocturnas aves", tiradas por suelos, mesas, camas y sillones, aunque todas atentas a las noticias, entre el tufo del humo y la humanidad, que era, como ya ha apuntado este cronista en alguna ocasión, "sombra del sol y tósigo del viento" (si los hubiere).
      P.D.: Gracias, Paco Vázquez por tus noticias, que prometen ser un pequeño faro que alumbre nuestra desmemoria.

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  3. El Colegio Mayor que yo recuerdo era un espacio plural y con una fauna colegial bastante diversa. Efectivamente, los lugares de procedencia marcaban. No era lo mismo, la cosmopolita Cartagena, industrial, puerto y base naval, y desarrollada clase burguesa, que la agrociudad de Albacete y su provincia en medio de la Mancha, Tampoco era igual Lorca que Yecla y el altiplano, que Àguilas o la también costera Mazarrón. El origen imprimía carácter y como entonces - y ahora también - se decía, Dios los cría y ellos se juntan. Las diferencias se hacían visibles en la forma de vestir y de vivir y también de pensar. En cualquier caso, el Colegio Mayor era una escuela de vida, donde aprendimos a convivir con diferentes, a conocer ideas nuevas, a concienciarnos del momento histórico en que vivíamos y abrir nuestra mente a nuevos horizontes y, sobre todo, a pensar y a creer que el futuro lo podríamos escribir juntos y diferente.

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