12. La sala de visitas, atalaya de la cultura y la comunicación

Suban con nosotros la ancha escalinata que, desde la entrada principal de la calle Huerto de Capuchinos, conduce al pequeño vestíbulo distribuidor de la primera planta presidido por el cubículo de la conserjería, del que parte la escalera principal y la de bajada al sótano. Ahí a la izquierda, verán cómo se abre la puerta de una sala que es la joya de la reciente ampliación del edificio colegial. Un habitáculo de más de cincuenta metros cuadrados, dominado por la claridad y la luz, que lo orientan hacia la apertura y la comunicación. Vean cómo el lienzo norte está ocupado por amplísimos ventanales de forma apaisada, cerrados por amplias cristaleras y protegidos por persianas venecianas, que son como la atalaya que abre el colegio a los aires de la cultura, la modernidad y el futuro. Luminosidad que se ve reflejada en las paredes oeste y sur, compuestas de cuarterones de recio cristal esmerilado, y en el ala este, acabada en ladrillo visto pintado de reluciente blanco agrisado.
      En su decoración, presidida desde un rincón por el esqueleto metálico de una escultura mitad Poseidón, mitad obrero metalúrgico, de autor olvidadizo y bautizada por algunos como El Manolito, predominan las líneas rectas de un mobiliario funcional compuesto de 
sillones de sencilla estructura metálica almohadillada de paneles de asiento y de respaldo de chenilla beidge, que permanecen adosados a las paredes, o enseguida se agrupan en dos o tres hileras en forma de pequeño auditorio preparado para asistir al concierto, la charla  o la tertulia con algún  invitado.
  Quizá les llamen también la atención las mesitas de centro adornadas con alguna figura o un cuenco con una rama seca, un repostero con el escudo amarillo de la institución en la pared del fondo, una lámpara abierta en tajadas anaranjadas y una repisa de color oscuro al pie de los cristales esmerilados, que recorre la pared del fondo sur donde se posa la pila de microsurcos de la pequeña discoteca, sostenida por la recia figura de un rústico cocodrilo de madera.
   Si preguntan por aquí, les dirán que esta es la sala noble, imagen del espíritu abierto y receptivo del colegio mayor. Es la sala de visitas donde se recibe a las autoridades, familiares y amigos en el día a día o en fechas señaladas como la fiesta de La Arrixaca, escenario entonces de mil retratos de los colegiales con sus colegas y acompañantes, todos vestidos de traje nuevo y corbata, como nadie los había visto antes, para celebrar la entrega solemne de las becas ante el Manolito, los ventanales o las vidrieras.
  Esta es, además, la sala de buen estar, sosegado y tranquilo, de los que forman una tertulia amable antes o después de la comida o de la cena. Esta es también la sala de lectura de los que acuden a hojear o a leer en profundidad los periódicos y las revistas. Hablamos de aquellos tiempos en que la prensa escrita gozaba del privilegio casi exclusivo de la información medianamente creíble, ya que la radio, y luego la televisión, apenas se asomaban a la noticia, si no era a través de los diarios hablados –el parte- de Radio Nacional, y los telediarios, controlados ambos por el Régimen.
   Pues allí, en aquellas mesitas de centro o en la repisa de la derecha de la sala de estar, se ofrece un extenso y atractivo tenderete de periódicos y revistas que fueron el alimento y la distracción de los pocos que ya veníamos algo inquietos y leídos de casa, y de otros muchos que se acercaban por primera vez a ellos y acabaron haciéndose asiduos de su lectura.
     Allí están los diarios regionales Hoja del Lunes, La Verdad y Línea, que ofrecen los lunes o los martes exhaustiva información deportiva sobre los eventos y encuentros locales y regionales, allí se encuentra alguna noticia sobre nuestra localidad de origen, allí está la cartelera de cine y de teatro y allí los dimes y diretes de la política y los ecos de sociedad de la capital provinciana.
     Allí se aprendía a encontrar matices y diferencias apenas perceptibles en los periódicos nacionales acerca de la política española y sobre los acontecimientos internacionales: la crisis de los misiles de Cuba, el asesinato de Kennedy, la interminable guerra de Vietnam, los sorprendentes ecos de la revolución del 68, el referéndum sobre la Ley de Sucesión, la guerra de Ifni que apenas existió y la marcha Verde que acabó con nuestras ínfulas coloniales…. Todo ello era materia de escrutinio y de contraste desde el monarquismo del ABC, los tintes católicos del Ya, el falangismo progre de Pueblo y la soterrada perspectiva liberal-democrática del diario Madrid o del Informaciones. Sin olvidar el Arriba, portavoz de los principios del Régimen, y El Alcázar, que pasó de un breve periodo de apertura a ser la imagen montaraz de los nostálgicos de la revolución pendiente.
     Una tradición lectora que venía desde 1952, fecha de la inauguración, ya que este año comenzó a formarse la hemeroteca, “previa la suscripción a las más importantes revistas culturales, tanto las científicas como las dedicadas a las Bellas Artes”. Con unas ofertas muy atractivas para entendidos e ilustrados, que devoraban una y otra vez las páginas de aquellas revistas especializadas acordes con sus gustos. Así, los militantes de Kineidos, los aficionados al cine, no se conformaban con la información de los estrenos, ni siquiera con la del Fotogramas, sino que se ensimismaban en la lectura de Film Ideal, Nuestro Cine o Dirigido por, para empaparse de los detalles y minucias de los nuevos directores, de las películas de moda y, sobre todo, de los filmes de culto, de los pelos y señales de actores y actrices que ya formaban parte de nuestras vidas.
     Allí leían Primer Acto los muchos gustadores del teatro, donde encontraban información nunca vista sobre los movimientos teatrales de vanguardia, referencias a autores y obras que eran la cima de la dramaturgia europea y americana y las opiniones y proyectos de un teatro español comprometido, nunca visto en el Romea, cuyas ideas más o menos soterradas había que aprender a leer entre líneas. Una documentación que luego el Teatro Estudio del Colegio pondría en escena con sus lecturas teatrales, que fueron el asombro de la modernidad murciana.
     Pero había otras revistas de apariencia gris o parda, de mucha letra y casi nada de ilustraciones, cuyos renglones eran como las hileras de chopos invernales machadianos en donde nada brilla. Pongamos que se habla de El Ciervo, Cuadernos para el diálogo o Revista de Occidente, publicaciones a las que se acercaban tímidamente seres de personalidad un tanto reconcentrada y enigmática, buscando en ellos alguna semilla revolucionaria con que alimentar sus deseos de transformación social y de cambio político, que no se atisbaban en el Régimen ni en la revolución pendiente que apenas alimentaba ya a las huestes del falangismo que perduraban en el SEU. Con los últimos estertores del Régimen y, sobre todo, en los años de la transición, el creciente interés por los acontecimientos políticos y sociales se fue saciando con la lectura de Cambio16, que daba cuenta de los pelos y señales y dimes y diretes de aquellos tiempos convulsos, y de Triunfo, donde los inquietos y curiosos leían entre las líneas de los enigmáticos artículos de Pozuelo, Sixto Cámara o el doctor Valtueña.
     Por su lado, la banda de Letras, y especialmente la de Filología Románica, se emboscaba tras las cuatro u ocho hojas desmesuradas de la revista Ínsula, que encerraban la memoria o la presencia viva de aquellos mitos de la poesía del 27 y de algunos supervivientes de la posguerra, así como de los nuevos novelistas y de todos aquellos autores españoles o extranjeros cuya novedad o modernidad estaba al alcance de pocos, incluso en las aulas universitarias del ramo.
     Esta era también la sala de audición de los microsurcos que los melómanos pinchaban en el pequeño cubículo situado más allá de la conserjería, para escuchar la música solemne de los clásicos, que algún melómano redicho comenta con énfasis ante el arrobo de los no iniciados, sea una sinfonía de Bethoven o lo último de Bela Bartok; aunque otros prefieren las melodías melancólicas de los boleros, escuchadas en el último vinilo incorporado a la discoteca, o entonadas con la guitarra y el coro de los que los están aprendiendo en los ensayos de la rondalla.
     Y, finalmente, les dirán que este lugar fue la sede de numerosas actividades culturales que muchas noches, después de la cena, acoge recitales de poesía, conciertos de música, charlas sobre cine o teatro y veladas con autoridades y jerarquías del SEU, en un deseo, nunca satisfecho del todo, de convertir al colegio en un moderno foco cultural que forme e ilustre a los residentes y a los muchos invitados que acuden atraídos por el prestigio de este modesto, pero imprescindible, polo sur de la cultura universitaria murciana.
     Así que aquella sala de estar era punto de encuentro de afines y diversos, de apocalípticos e integrados, de antiguos y modernos, de carcas herederos de sus padres y de revolucionarios de salón que esperaban encontrar allí la mecha para sus ideas incendiarias, en una mezcla de curiosidades y afanes que a unos y a otros los alimentaba con el agua que bebían de las fuentes variopintas de aquellos encuentros y lecturas.
     Con el paso del tiempo, muchas de las lecturas se trasladaban a la leonera del sótano, como uno más de los elementos de entretenimiento, junto a la televisión, los juegos o la tertulia en la barra del bar, mientras la sala de estar, sin dejar de ser punto de lectura, remanso para la audición musical y centro de las actividades culturales, se convirtió en foro de discusión sobre la situación política por donde pasaron los protagonistas más destacados de la transición. Que los tiempos estaban cambiando.

                                                                                                                           José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

Comentarios

  1. Esa sala de visitas, a la izquierda del zaguán principal, era considerada como la zona de respeto o institucional del Colegio Mayor. En ella se recibían las visitas, pero también en ella se celebraban las audiciones musicales o las fiestas colegiales, en especial, la Fiesta de la Arrixaca. En esta ocasión se reconvertía en sala de fiestas-discoteca, con luces tenues y música, presidida por el "manolito" cual vigilante de los bailes lentos y achuchones entre las parejas. También era la sala de la lectura sosegada de la prensa, actividad que algunos años más tarde, se trasladó a la sala bar. En la sala de visitas se organizaban ciertas actividades relacionadas con las novatadas, como las insufribles conferencias, que castigaban la paciencia y resistencia de los nuevos colegiales, sentados, con marcialidad en aquellos mullidos sillones, pero en ángulo de 90 grados porque "la vida es milicia" , frase que, quizás recordara el pasado de nuestro "Ruiz de Alda", pero también en aquella sala, se organizaban tertulias y coloquios con profesores universitarios, literatos y poetas. Todavía resuenan lo ecos del recital del poeta y la ronca voz de Lorenzo Fernández Carranza, exiliado durante muchos años en Francia y Premio "Lope de Vega, con su obra "Los despojos del invicto señor" o la del poeta cartagenero José María Álvarez o las palabras del autor chileno José Donoso, ("El obsceno pájaro de la noche"), Premio Nacional de Literatura de 1990, o la charla sobre el nuevo Código Penal, de un muy joven catedrático de Derecho Penal, Gerardo Landrove. La sala de visitas rezuma cultura por todas sus paredes y también política, pues en ella, se desarrollaba el "Aula Política", actividad iniciada en plena Transición, que permitió escuchar en aquel espacio señero a políticos como Cantarero del Castillo, Manuel Fraga, Ricardo de la Cierva, Joaquín Garrigues o a Andrés Hernández Ros, Primer Presidente Autonómico de la Región, que escogió nuestro Colegio Mayor para dirigirse por primera vez a los jóvenes universitarios y, todo ello, en aquella sala de visitas, que bien recordamos.

    ResponderEliminar
  2. El manuscrito de la obra del ceheginero Lorenzo Fernández Carranza está en mi poder ya que Lorenzo, en una noche de "Candilejas" me la regaló como prenda de amistad.
    -Candilejas era el bar propiedad de Antonio de Bejar donde se reunía en los años setenta (siglo XX) lo más granao de la cultura y la bohemia de Murcia, situado frente al Teatro Circo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

1. Registro de memorias y olvidos

4. Arribo a la metrópolis huertana

10. El futuro, en la ventana