4. Arribo a la metrópolis huertana

Murcia era por aquel entonces de 1969 una pequeña urbe huertana que no se caracterizaba precisamente por ser imagen del progreso, con un plano en el que alternaban las calles estrechas de la medina árabe con algunos edificios y desarrollos urbanísticos modernos, en competición con las acequias y bancales de la huerta, que se entrometía en la ciudad.
    Cuando uno accedía a ella por la carretera de Alcantarilla, encontraba más caballerías y carros ocupados por huertanos que iban a la capital o a sus menesteres agrícolas que automóviles u otros vehículos de motor. Y si lo hacía en el tren borreguero procedente de Granada, se encontraba nada más llegar con unas añosas tartanas que ofrecían al viajero su servicio de taxi entre sacudidas y barquinazos por calles estrechas y sombrías. Ya en la ciudad, si uno pasaba por los cuatro cantones de la encrucijada de Trapería y Platería, todavía podía ver corros de huertanos, con sus blusas grises o negras abrochadas de mil botones, hablando de sus cosas y haciendo sus tratos, estampa costumbrista difícil ya de encontrar en otras localidades, como Lorca.
     Pero era el último sopor de la ciudad dormida, que empezaba a despertar de su letargo; momento que el recién llegado podía identificar claramente en los cimientos del enorme edificio, de dimensiones jamás vistas, que desde el despacho del director de la recién inaugurada Radio Nacional de España, en la Calle Jaime I, se podía divisar más allá de la Plaza de la Fuensanta, final de la Gran Vía. Los dos pardillos que a este despacho acudieron, el protagonista de esta mínima historia y su colega Juan González, escuchaban la cháchara franca, trufada de sugerencias juveniles propias del fuego de campamento de la OJE, de aquel señor ya calvo, aunque no mayor, que, además, era también director del Colegio Mayor Universitario del Movimiento Julio Ruiz de Alda, mientras atisbaban, a través de los amplios ventanales, el ajetreo de las obras de El Corte Inglés, principio y fin de toda modernidad, en el corazón de la ciudad adormecida en el lento vaivén de la pequeña burocracia provinciana y la ancestral mezcla de señoritos y huertanos vinculados al agua y a la tierra.
    Los meses anteriores habían sido ajetreados para estos aspirantes a la Universidad. En primer lugar, la solicitud de la beca, sin la que sería imposible continuar los estudios, que exigían el traslado a Murcia. Y en septiembre, la matrícula en las respectivas Facultades, trámites ambos que los futuros universitarios de los que aquí se habla hubieron de hacer personalmente, desplazándose solos a la capital y cumplimentando los impresos sin la ayuda de padres ni demás familia.
Los dos aspirantes, un año después.
    Pero digamos ya que el trámite de la beca fue uno de los más enrevesados y absurdos que puedan imaginarse. Ocurría que las becas generales estaban dotadas con 28.000 pesetas, mientras que las de Colegio Mayor ascendían a 30.000, que cubrían ecoste total de la estancia en el centro; y esta fue la que solicitaron los pardillos, llevados de los buenos consejos del profesor de Política y de su mero interés económico. Como a los dos les fue concedida dicha beca, como si se tratara de unos modernos Rinconete y Cortadillo, pensaron que podrían disfrutar de ella sin alojarse en el Colegio Mayor, precisamente el Ruiz de Alda, institución del Movimiento con una larga tradición de formación de cachorros falangistas con la que los aspirantes no estaban nada de acuerdo, como no lo estaban tampoco con las terribles novatadas que se contaba que aplicaban allí a los recién llegados. 
    Así que pensado, dicho y hecho, los dos novatos, González y Quiñonero, el día de autos cargaron sus bártulos en el 600 del segundo y se encaminaron a Murcia decididos a deshacer el entuerto sin más trámites. Llegados a la puerta del Colegio, ya noche casi cerrada, dejando las maletas en el coche, solicitaron entrevistarse con el director, que en vez de resolver su demanda, sin dar pábulo a la extraña petición no les hizo ni caso, e impasible el ademán, ordenó que bajaran el equipaje, que era la hora de la cena. Y ellos, sin más, así lo hicieron.
    Desde aquella misma noche comenzará el duro periodo de adaptación en que los novatos habían de tomar conciencia de su inferioridad y dependencia de los veteranos, asumir su condición de siervos para toda clase de ocupaciones y sufrir infinitas pruebas –hacer camas, limpiar zapatos o automóviles con la lengua, superar disparatados retos gimnásticos, dar la hora y sus cuartos como el reloj de cuco desde el altillo de un armario, violar el cocodrilo de madera sito en la sala de lectura…-, dada su condición, no ya de seres inferiores, sino de cosas despreciables de menos valor y utilidad -el profesor Vera dixit- que una cagarruta de presbítero.
    Todo un ritual de iniciación basado en la humillación del aspirante que, visto con los ojos actuales, podría ser considerado como un delito contra la dignidad de la persona, al que afortunadamente todos sobrevivimos, considerando que tales abusos y vejaciones eran el método mejor para la integración de los nuevos, que tras la bufonesca fiesta de San Simplicio, concluía con el abrazo y los parabienes de unos y de otros, que olvidaban los pasados agravios. Que aquellos eran otros tiempos.
                                                                                          
                                                                                        José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

Comentarios

  1. Efectivamente, la Murcia de los años 60 y 70 del pasado siglo era el típico ejemplo de una agrociudad, en medio de una gran huerta y eso se notaba en sus gentes, en el paisaje urbano y en sus instituciones y entidades. Una ciudad provinciana, pero con universidad y con Colegios Mayores. Uno de ellos, era el "Ruiz de Alda", creado por el SEU a principios de los 50 para albergar a las jóvenes generaciones que darían lustre al régimen, aunque, con el tiempo, fue perdiendo su significado inicial, convirtiéndose en residencia de un buen número de becarios y de hijos de la clase media, que empezaba a espumar por aquellos años, muchos refractarios a los principios del llamado Movimiento. Sea lo que fuere, el ingreso en el Colegio Mayor comportaba un proceso iniciático, denominado "novatadas", que sometían al colegial de nuevo ingreso a unas pruebas, entre absurdas y delirantes, entre jocosas e, incluso, hoy ofensivas para la dignidad de la persona. En cualquier caso, las soportábamos con estoicismo y al final, solo eran un recuerdo para contar a los amigos o para dejar en la memoria colectiva de aquella generación. Yo, como vosotros, las viví y las recuerdo con cierta nostalgia de juventud, porque, a partir de aquellos días. hice "amigos para siempre". Con eso y con otras cosas de aquel Colegio Mayor, me quedo.

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