3. La excelencia del Ruiz de Alda
Muchos condicionantes negativos parecían oponerse a que el Colegio Mayor
Ruiz de Alda alcanzara unos altos niveles de excelencia, por lo que hablar de
su prestigio académico y cultural podría parecer un juicio exagerado de parte
de quien estuvo allí y esto escribe.
El Colegio Mayor Cardenal Belluga, amplio y bien
dotado, estaba a punto de inaugurarse en el mismísimo corazón del pequeño
recinto universitario de La Merced cuando allá, en las antípodas, se erigió, en
1952, el Ruiz de Alda, junto a la caudalosa acequia de Zarandona, que, con sus
quijeros poblados de cañares, establecía la frontera entre las calles estrechas
del sur del barrio del Carmen, con sus casas de vecindad de una o dos alturas,
y un paraje desolado de bancales en que los esqueletos apenas rebrotados de
naranjos, higueras y granados recordaban muy de lejos lo que fue una huerta
feraz, abocada ahora a una inminente expansión urbanística.
Esta ubicación en los márgenes, casi en el culo del
mundo, lo hacía en principio poco atractivo para los nuevos colegiales, que
tendrían que recorrer, una o dos veces al día, un largo camino, en su mayor
parte por sendas y vericuetos, sorteando acequias y bancales, para llegar a la
Universidad; la relación con otros alumnos y el acercamiento a bibliotecas,
librerías, teatro y otros centros culturales y recreativos resultaba distante y
penosa; mientras que la asistencia del resto del público universitario,
instalado en su mayoría en el centro de la capital provinciana, a los actos
culturales del colegio se presentaba como una aventura nocturna poco
apetecible.
Problema no menor venían a ser las contradicciones
entre la ideología y los fines con que se había fundado y la realidad de los
alumnos que recibía. El colegio surgió como un pilar ideológico y
propagandístico en la institución universitaria: nacido del SEU, quiso ser el
semillero en el que fructificaran y se extendieran las ideas y las consignas
del régimen, mediante el ingreso en él de los hijos y allegados de las
autoridades y jerarquías de los pueblos y ciudades del distrito universitario,
con la seguridad de que allí iban a formarse en el conocimiento de los
principios fundamentales, el respeto a la ley y el orden y la obediencia a las
consignas, al tiempo que atraía a su doctrina a otros no vinculados con el
Movimiento.
| El símbolo colegial, en una ilustración de Párraga. |
Pero al mismo tiempo, el colegio fomentaba la
excelencia en el estudio mediante la captación de becarios, cuya
entrada no dependía del grado de compromiso de su familia con el Régimen, sino
del principio de mérito y capacidad, lo que facilitó el ingreso a una mayoría de
alumnos de clase media y baja, tibios o poco afines a la doctrina dominante, e
incluso propensos a adherirse a ideas contrarias a las que allí se propugnaban.
Sin embargo, ninguna de estas trabas se opuso a un
funcionamiento participativo del colegio, que se convirtió, en elemento
dinamizador de la vida universitaria que muchos daban por muerta. La lejanía
física no fue un obstáculo para la asistencia a las clases y a otras
actividades formativas y culturales, desde la biblioteca, al estreno de Calígula,
las Comedias bárbaras o la última revista con Tania Doris en el Romea; para ser animadores de las competiciones deportivas, en el campo de Zarandona, en el
José Barnés o en otros escenarios de la región; asistir a los centros de
encuentro y de ocio de los universitarios y a los bares y tabernas
tradicionales o de moda, desde La Viña o Los Zagales a El Candil, pasando por
las Mulas o el Yerbero, aunque no permitiera ir más allá del vermut con su
platillo de cascaruja; y en días señalados la discoteca Ditirambo y aún más, el
Taplows. Sin que todo ello empeciera la tarea primera de todos, que eran las
horas de reclusión y de estudio en aquella lejana atalaya de la vida humana que
era nuestra casa del Huerto de Capuchinos.
Con el paso del tiempo, el contenido ideológico y
el adoctrinamiento de los primeros tiempos se fue aflojando y reduciendo hasta
quedar en meros formulismos, que suscitaban el interés de pocos; de manera que
la militancia falangista iba quedando reducida a un pequeño grupo de hijos de
jerarquías o de allegados a ellas, que fueron olvidando también los actos de
afirmación falangista o las visitas a la cárcel de Alicante, para convertirse
en una minoría elitista, con el pelo engominado y la chaqueta cruzada,
atenta a la diversión, la aventura erótica y el dolce
far niente, que era vista más como un grupúsculo de hijos de
papá, lo que les mereció en
cierta época el justo título de miembros del club Pijas.
Yendo más
allá, el colegio del SEU se convirtió en un escaparate progre, que dejaba
filtrarse entre las brumas de la ideología y las soflamas sobre la revolución
pendiente, ciertos signos y aromas de novedad y de rebeldía, que lo fueron
sembrando de actividades muy novedosas en el apagado ambiente cultural de la
universidad provinciana; ambiente, incluido el del Belluga, en el que
-decía su colegial Martínez Sarrión, luego poeta “novísimo”-, que “las
conferencias y contactos con personalidades llegadas del resto de España y no
digamos del extranjero constituían allí y entonces casi una extravagancia”.
Descartemos entonces las dudas del principio y
repitamos el testimonio del “novísimo” Martínez Sarrión, que, pese a ser
residente en el Belluga, afirmaba sin tapujos que gran parte de la actividad
cultural universitaria se producía “en el otro colegio mayor, el Ruiz de Alda,
en manos del SEU, más modesto, más alejado del campus de La Merced, y con alto
porcentaje de becarios”, donde “se daba abundancia de tertulias, cafés con
fulano o mengano, cuadros teatrales, aulas de música…”. Y muchos eventos más.
José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.
En una Murcia adormecida culturalmente y con una universidad provinciana, dominada por los "mandarines" del momento,, elementos muy significativos del Régimen franquista, el Colegio Mayor Ruiz de Alda, fue un foco de cultura y de aprendizaje. Lo fue desde su creación por los años 50 y lo siguió siendo hasta casi su desaparición, gracias a las inquietudes de sus colegiales, constituidos en asociaciones, que desarrollaron a lo largo de los años un intenso programa de actividades, que giraban desde el cine (Kineidos) a la música o desde la literatura y la creación ("La Tabla Redonda de la Poesía) al teatro, o desde la fotografía a los ciclos de charlas y conferencias sobre temas de actualidad política, jurídica o social. En el murciano barrio del Carmen, el faro del CM Ruiz de Alda iluminaba la cultura de la ciudad.
ResponderEliminarYa desde el inicio, el Albatros comenzó a inocular en los colegiales la semilla del humanismo verdadero, que crecería larvada en su interior hasta desprenderles de su piel cualquier sectaria etiqueta de militancia, pretendidamente indeleble, que comenzó a disolverse como un azucarillo en el océano de aquella juventud colegial, con la misma fragilidad con la que fue inútilmente adherida. En lo sucesivo no habría forma ni apariencia que no sucumbiera a la indestructible fortaleza de esa substancia humanista, responsable, a la postre, del hermanamiento imperecedero de la comunidad colegial que, aun hoy, sigue uniendo a pesar de la distancia, en la geografía y el tiempo.
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