9. Sones y ecos colegiales del 68

Esta cifra mítica, referente de una época, ahora se la contempla con cierta añoranza, pero entonces no significaba nada, ni siquiera imaginábamos que íbamos a vivir la década prodigiosa (1960-1970) y que 1968 sería su año talismán. El mito se construiría después.
     Muchos han perdido la memoria de aquello, otros dicen que no pasó nada. Pero, en este sentido, se pueden recordar las palabras pronunciadas por el director de entonces (Fernando Martínez y González) con ocasión del 50 aniversario del Colegio Mayor (2002):

Llegados a este punto, resulta obligado dejar constancia de dos inesperadas ráfagas de vendaval que inciden de lleno en el centro mismo de la singladura que reseño en este apresurado cuaderno de bitácora: son el mayo francés del 68 y el ocaso vital de la entidad fundadora del Colegio Mayor.
Pues bien, el cronista debe añadir que ambos vaivenes, tanto aquel acontecimiento exterior tan próximo como el otro más íntimo de ver morir primero al último de los sindicatos nacidos entonces, son encajados y asumidos por el Ruiz de Alda sin bruscos virajes ni menoscabo en su rumbo, aunque con las lógicas tensiones e inquietudes que traen consigo, pero que conllevan el bien añadido de una mayor unión con la Universidad.

El relato podría empezar recordando que la atonía universitaria terminó en 1956, cuando se produjeron las primeras movilizaciones en la Universidad de Madrid, aunque el momento álgido se alcanzó con la manifestación de febrero de 1964, también en Madrid, encabezada por varios catedráticos, pidiendo medidas democratizadoras para la Universidad española. Acabó con numerosos expedientes a estudiantes y la separación de sus cátedras a cinco profesores, tres de los cuales lo fueron a perpetuidad.
     El curso 1964-1965 fue agitado en diversas universidades, aunque en Murcia apenas se notó alteración. No obstante, el Régimen reaccionó creando las APE (Asociaciones Profesionales de Estudiantes) (Decreto de 05/04/1965) como nuevo tipo de asociación que sustituía al SEU (Sindicato Español Universitario).
El Colegio Mayor pertenecía al SEU y este cambio sí se notó en el ambiente colegial (aunque en las Facultades no pasaba de los corrillos de cada curso). Cabe recordar algunos sucesos peculiares:
−La visita de dos norteamericanos enviados por su embajada en España, que vinieron a pulsar la opinión de los jóvenes españoles (en plena guerra de Vietnam). Tuvo lugar un amplio debate en la sala de estar, con intervenciones críticas de algunos colegiales y del galés Thompson, lector de inglés. Suscitaron otros debates posteriores y se opinaba que eran agentes de la CIA.
−La revista colegial Albatros, dirigida por Antonio López, en su nº IV (octubre de 1965), incluye una “microentrevista” (sic) al delegado-comisario del SEU. Habla del tránsito del SEU a las APE, pero de un modo muy escueto, poco comprometido y ambiguo.
−Una reunión de colegiales, casi asamblea, que se convocó en el salón de actos porque venían algunos representas del SEU, seguramente para explicar las nuevas reformas. Fueron numerosas las intervenciones y, de nuevo, el galés Thompson no se perdió detalle, aunque no intervino, pero vimos su cara de satisfacción. Existía alguna incertidumbre, pero la mayoría coincidía en que el SEU ya estaba acabado.
Las APE tratan de consolidarse y se hacen elecciones durante el curso 1965-66, pero con escasa participación. Mientras tanto, aparecen nuevos “Sindicatos Democráticos de Estudiantes” difundiéndose un nuevo concepto de “autogestión” en la Universidad. A principio de 1967 (30 de enero a 2 de febrero) tiene lugar en Valencia una “Reunión Nacional Preparatoria” para reformar la Universidad y su democratización. Asistieron representantes de casi todas las universidades (incluidos los de Murcia). Hubo detenciones y se intentó impedir la reunión, pero ésta tuvo lugar y fue la señal para que en todos los distritos universitarios empezase una tarea reformadora. De aquí surgen representantes destacados, especialmente en las Facultades de Derecho y Ciencias, que actuaban como líderes, con más carisma o personalidad (un caso destacado era el de Juan Ramallo que era representante en Derecho y un referente para muchos en el Colegio Mayor).
Cuando empezó el curso 1967-1968, la Universidad se creció celebrando el Aniversario del 98. Todo un alarde de ponencias, lecturas, coloquios o representaciones teatrales. Participaron como ponentes algunos colegiales del Ruiz que ya destacaban, como López Herrera y Calero Heras; y también como actor Javier López Vidal y en asistencia de dirección, Abraham Esteve.
El Colegio también desplegó una programación cultural que fue densa y de calidad durante el primer trimestre: un recital de guitarra (Miguel Barberá) en el Aula musical, una introducción al humanismo de Pedro Salinas (Dr. Eduard Fey, Universidad alemana) o dos lecciones sobre metodología del trabajo intelectual (Juan Diaz Terol). Y alguna sesión de Kineidos.
El rector Batlle, cabeza de la feliz gobernación de la Universidad, Arrixaca, 1970.

El trimestre se despidió a lo grande con la semana de fiesta dedicada a la Virgen de la Arrixaca (27 de noviembre a 3 de diciembre de 1967). Aparte de la misa, vela de becas, capítulo de antiguos colegiales, etc., hubo baloncesto, serenata, música (orquesta Mozart de Valencia), Kineidos (Michael Curtiz), conferencia de don Mariano López Alarcón (El sentido de la fe en el universitario) y quizá lo más llamativo, la lectura de la obra de Dürrenmatt “Proceso por la sombra de un burro”, dirigida por López Herrera, Lázaro Quesada y Díaz de Lope-Diaz. Aunque el director del Colegio, en una entrevista en el diario Línea, el día 29 de noviembre, víspera de la representación, advertía de que “circunstancias de última hora han hecho variar la obra anunciada”, sustituida por La excepción y la regla, de Becket (realmente la obra es de Brecht), sin más explicaciones.
También eran preceptivos el banquete, que terminaba con un reparto de cigarrillos y puros por parte del catedrático Muñoz Cortés, así como la Fiesta Colegial (por la tarde), con baile, orquesta en vivo y ocasión para traer a las novias o amigas.
Precisamente lo bueno de tales tiempos es que la Universidad era compacta, tres Facultades pegadas (campus de La Merced), en el centro de Murcia. Se compartía bar (en el bajo de Filosofía) y había amigos -as en los tres edificios, eso incrementado con la convivencia más estrecha en el Colegio Mayor (comedor, plantas, sala de lectura y bar) generaba una magnífica camaradería entre Derecho, Letras y Ciencias, que aún perdura.
Aparte de las clases teóricas, prácticas y estudios, cierta agitación subyacía en el ambiente universitario, favorecida por esa promiscuidad de Facultades en las que los sucesos o novedades en cualquiera de ellas fácilmente se trasmitían a las demás.
Así transcurrió el final del primer trimestre del curso. Y, a la vuelta de vacaciones de Navidad, sí que empezó el 68.
Poco a poco, se entraba en ese mundo de autogestión: en enero funcionaban las Cámaras de las tres Facultades y cada curso hacía su propia organización interna y se discutían temas entre clase y clase. Paradójicamente, este bullicio tenía poco reflejo en la vida ordinaria del Colegio (en realidad, sólo se coincidía en la comida o cena), aunque se produjo algún rifirrafe a la entrada del comedor entre el director y un colegial destacado por su implicación en la Facultad de Derecho. Allí se oyó la frase “Algo huele a podrido en Dinamarca” que dejó en ascuas a algunos comensales próximos que compartían mesa, hasta que alguien aclaró su significado.
La famosa frase de Hamlet parece que era bastante conocida por algunos colegiales, pues en el editorial de la revista Albatros, nº 5, de febrero de 1966, dirigida por Antonio López, se le aplica a un posible caso de censura o de autocensura: “Sobre este último número ha caído una especie de ´malaventura´, como consecuencia de lo cual dos de los artículos entregados en nuestra redacción han sido retirados por sus autores. ¿Causas? Albatros no entra ni sale en la cuestión pero, lamentándolo mucho, opina que ´Algo huele a podrido en Dinamarca´“. También, la revista Albatros, en su nº 6 (otoño del 67), incluye un artículo de J. Ramallo: El Escribano, un tanto parabólico y ambiguo, así como otro de Jesús Vázquez, La paz del yunque, cuyo título sugiere más que explica.
Mientras que, a principio de año, en Madrid, se cerraba la Facultad de Económicas y posteriormente también la de Filosofía, aquí en el Colegio Mayor “alguien” empezó a distribuir unas hojillas con un logotipo de la UNESCO (Club de amigos de Madrid) para conmemorar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo vigésimo aniversario se cumplía en este año 1968.
El mes de enero también trajo algunas noticias sobre Checoslovaquia que iban a dar lugar a algunos debates en el Colegio Mayor. Precisamente, a final de mes anunciaron que Kineidos iba a programar un ciclo de “cine bélico” y, para sorpresa general, la primera película que pusieron el viernes, 2 de febrero, fue una de cine checo, titulada Romeo, Julieta y las tinieblas, del director Jiri Weiss. Trataba de una historia sentimental entre un joven checo y una joven judía durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial. Pero, de nuevo, fue excusa para profundizar más en la cultura checa de antes (Kafka, Hasek, Çapek, etc.) y la de ahora (nuevos directores de cine y teatro, escritores o economistas). Para compensar, el ciclo de “cine bélico” puso La fiel infantería en la siguiente sesión.
Transcurrió febrero entre reuniones, propuestas y votaciones. Con frecuencia, tenía lugar alguna Asamblea (casi siempre informativa) en la escalinata de la Facultad de Filosofía, en aquel patio o ágora de las palmeras donde convergían las tres Facultades, con el Colegio Mayor Cardenal Belluga cerrando el cuarto flanco.

Campus de la Merced, con la escalinata de Letras en primer plano (Foto Acosta).

Pero fue marzo el mes definitivo. Para empezar, se declaró la Semana de los Derechos Humanos, del 11 al 17 de marzo, y se repartieron panfletos y hojas informativas, aunque los días fuertes fueron el 12 con una ponencia, “Las declaraciones de derechos y su influencia en textos jurídicos españoles” y la representación, el día 13, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la obra de Bertold Brecht La excepción y la regla, con dirección de Juan Meseguer y César Oliva coordinando el coloquio (cabe recordar que La excepción y la regla fue la obra a la que se recurrió en noviembre del 67 para sustituir apresuradamente Proceso por la sombra de un burro. No hay testimonio claro sobre si, al final, hubo alguna representación).
No obstante, el momento de más tensión tuvo lugar el día 8. El ministro Lora Tamayo visitó la Universidad de Murcia e inauguró de forma oficial el edificio de la Facultad de Filosofía y Letras. La Cámara de representantes de la Universidad de Murcia elaboró un escrito dirigido al ministro, pero no consiguieron entrevistarse con él. Sólo se les permitió entregar la carta reivindicativa en la escalinata de la Facultad, cuando el ministro salía de ella, tras su inauguración. El señor Lora Tamayo se limitó a decir: “Procuraré atender sus peticiones”. Pero a final de mes, sin recibirse respuesta, la Cámara remite carta al director de La Verdad quejándose de la falta de cauces para exponer sus propuestas de mejora de la Universidad, al tiempo que lamentaban la represión y el cierre de centros en la Universidad madrileña.
Era evidente que las autoridades académicas empezaban a hartarse de todos estos movimientos y ante la proximidad de algunas convocatorias importantes para discutir proyectos de estatutos de las Cámaras o Declaraciones de principios, decidieron abortar su progresión. El 30 de marzo (sábado) se reunió la Cámara de Universidad y acordó por unanimidad la celebración de una asamblea informativa. De este acuerdo se envió notificación al rectorado el día 31 (domingo). Al día siguiente, primero de abril (lunes), las cámaras de representantes de las tres Facultades ratificaron simultáneamente (9 de la mañana) la utilidad y necesidad de dicha asamblea informativa. Finalmente, la Asamblea general tuvo lugar, a continuación, en el aula de primer curso de la Facultad de Filosofía y Letras. Para ello se interrumpió la clase que impartía D. Mariano Baquero Goyanes (al que sentó muy mal tal acto). Intervinieron representantes de las tres Facultades (Derecho, Ciencias y Letras) con diferentes motivaciones. Al final, el Decano de Letras instó al desalojo (el Rector había declarado la prohibición de la asamblea), que también se produjo en el resto de Facultades. Aurelio Pretel, colegial y alumno de 1º de Letras, asistía a clase. Recuerda el acto y algún enfrentamiento con el decano por parte de uno de los representantes.
Al día siguiente (2 de abril) llegó la noticia de que varios representantes iban a ser expedientados. Se nombró instructor y los motivos de expediente fueron: a) convocar una asamblea no autorizada, b) irrupción en un aula con interrupción de la clase en curso y c) desobediencia al no abandonar el aula a instancias del decano de Letras personado en ella. También se indicaba que los expedientados fueron “intervinientes activos” según diferentes y autorizadas observaciones (sic).
Hubo algunas reacciones (escrito de descargo al Rector o carta solidaria de 21 sacerdotes de la diócesis) pero aquello se acabó: se terminaron las clases y el Colegio quedó vacío las dos semanas siguientes (por vacaciones de Semana Santa).
Ese fue el 68 en Murcia, en el fondo unos precursores, como se vio después.
Acabando el mes, se producían importantes cambios en Checoslovaquia. Empezaba la Primavera de Praga.
A la vuelta de vacaciones surgió un gran desencanto cuando se conocieron los expedientes de expulsión de la Universidad a Ramallo, Turpín, González-Palencia, Aguilar y Manolo Rubio. Este último fue absuelto por la mediación de don Vicente Iranzo, catedrático de Química Inorgánica (gracias, además, al escrito de descargo que elaboró el catedrático de Derecho Administrativo, por sugerencia del propio Iranzo), pero los demás perdieron el curso. Se inició un movimiento de protesta, con huelgas intermitentes, pero la maquinaria represiva empezó a actuar. Un panfleto anónimo se repartió el 23 de abril como “Aviso a los estudiantes sensatos”, invitando al cese de las protestas para no perjudicar a los expedientados con los que podría darse alguna medida de gracia. No se hizo esperar una respuesta de la Asociación de alumnos de la Universidad denunciando las amenazas y la falta de medidas de gracia que nunca se produjeron. Todavía en mayo los alumnos publican una hoja informativa titulada “Defensores sin defensa” para denunciar la aparición de personajes infiltrados en los cursos, con misiones “informadoras” o que repartían propaganda ajena a las organizaciones estudiantiles.
Y, mira por dónde, el 3 de mayo se producen disturbios en la Sorbona (Universidad de París) que acaban con el cierre de este Centro y los de Nanterre. El 13 los estudiantes ocupan la Sorbona y el 15 ocupan el Odeón, constituyéndose en Asamblea permanente revolucionaria. Huelga general en París, De Gaulle anuncia un referéndum. Tras un mes de ocupación, el 15 de junio los estudiantes abandonan el Odeón y la Sorbona.
Et voilà!!, así se construye el mito. Cuando llegó el mayo francés, ya se había hecho el marzo murciano del 68.
Una de las consecuencias de aquel mes convulso fue la huelga que se hizo, quizá a nivel general, o sólo a la clase del rector Batlle, que les costó a sus alumnos de Derecho Civil un suspenso general, menos a un tal Toral Vélez, ecuatoriano, que fue el único que no la secundó, porque aseguraba que en cuanto acabara la carrera le asignarían una Notaria en su país. De esta desgracia se acuerda muy bien Hilario Lázaro (y quizá otros colegiales), porque estuvo a punto de costarle la beca y, en definitiva, el seguir con los estudios.
El 20 de agosto, también se jodió la Primavera de Praga. Después de varios tira y afloja, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia.
Juan Ramallo, uno de los destacados actores del marzo murciano y luego importante jurista, catedrático y parlamentario, abandonó el Colegio Mayor, sin que apenas quedaran ecos ni memorias de aquellos sones del 68.

Manuel Acosta Echeverría, colegial 1964-1969.


Comentarios

  1. En mayo del 68, yo tenía 12 años. No supe de la trascendencia histórica, social y política del aquel acontecimiento hasta que llegué a la Universidad. En algunos círculos de la Facultad de Filosofía y Letras se comentaban cosas En el Colegio Mayor, algunas revistas rememoraban aquellos acontecimientos del Barrio Latino de París o de la Primavera de Praga, sobre todo "Cuadernos para el Diálogo" y "Triunfo". En algunas habitaciones, en los pululeos nocturnos en tertulias sesudas envueltas en humo, en alguna ocasión, se habló de aquellos años, de las revueltas en España y, sobre todo, de los expedientes a eminentes catedráticos universitarios, la oposición estudiantil y la creación de asociaciones de estudiantes, más o menos ideologizadas.
    Los más jóvenes aprendimos de aquellas tertulias que algo había ocurrido en España con los ecos del zumbido de los adoquines en las calles de París, convirtiendo las universidades en punta de lanza de las protestas contra el Régimen. No obstante, de aquellos años, se hablaba más del Festival de Eurovisión y del "la,la,la" de Massiel y de los Planes de Desarrollo, que del Mayo del 68.
    Agradezco a Manolo Acosta que traiga a este blog de testimonios y recuerdos, los de aquellos años en la universidad murciana.. A ver si otros se animan y nos cuentan más cosas de aquellos acontecimientos, que parece que también se sintieron en el campus de la Merced. y, seguramente en el Colegio Mayor, en unos momentos de cambios profundos, con la reciente desaparición del SEU y las nuevas formas de representación y participación estudiantil

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