8. Un aprendizaje provechoso

Dicho queda en otro lugar que, para un personaje tan tímido y encogido, con muy escasa capacidad de relación con un entorno alejado de la llaneza de sus predios rústicos, las novatadas suponían una tensión y una angustia inimaginables. En cualquier momento, en los pasillos o en la calle, se podía abalanzar sobre ti una tropa de energúmenos de comportamiento imprevisible o podía entrar una jarca en tu habitación sin ningún permiso ni miramiento para molerte con un chorreo de preguntas, descalificaciones y burlas. Un sinvivir que se prolongaba en la mesa, donde el pardillo era el objeto de la atención y de la burla de los cinco basiliscos que se sentaban con él: le retiraban la comida o lo obligaban a comer la de todos, se la salaban o se la azucaraban desmesuradamente, lo obligaban a ir por otras mesas con mensajes o proposiciones absurdas que provocaban la sorna y la descalificación de los demás comensales, que se recreaban con el ridículo del novato inerme, zarandeado por unos y por otros. 
1970: Veteranos y nuevos, en un rincón señero del Colegio.
Y dicho queda también que el novato llegó vivo al final de estos días de sobresaltos y tribulaciones. Y no solo eso, sino que la convivencia a todas horas con personajes de variado carácter, y cada uno de su padre y de su madre, supuso una impagable escuela de aprendizaje y de adaptación a la vida social. Adaptación que empezaba en la mesa y en la habitación. 
El primer año de estancia fue el último en que a los comensales se les asignaba obligatoriamente una mesa. La de este que habla estaba ocupada por gente de Ciencias y de Derecho, con unas preocupaciones y unas conversaciones teñidas, a su juicio, del gris de lo insustancial, si no se adornaban de lo vulgar. Con el tiempo, el nuevo, antes encogido y callado, se fue atreviendo a expresar alguna opinión, a hacer ciertos comentarios con ingenio y agudeza y a deslizar anticipaciones y apostillas que sorprendían a los confiados comensales, como si les resultara inaudito que el recién llegado alterara el mediocre pasar de la pitanza. Así que, entre bromas y veras, se hizo habitual celebrar las ocurrencias del nuevo, al que llamaban Superagente 86 y le atribuían la complicidad con la 99, encarnada aquí por una de las señoras que servían las mesas, no muy lucida. Pero más tarde cayeron en la cuenta de que le cuadraba mejor El Astuto, nombres este y el anterior de protagonistas de series televisivas de mucha audiencia que el aludido ni siquiera conocía. 
La habitación compartida con un veterano era otra fuente de experiencia y de aprendizaje, para lo bueno y para lo malo. En el caso que nos ocupa, la convivencia con un personaje robusto, de 1,90 de estatura, estudiante de 4º de Químicas, oriundo de Aljor-A, de apelativo Pedrolo, fue toda una bendición para el nuevo, que tomó nota de su gesto decidido y alegre y también de la seriedad y la entrega de quien se quedaba estudiando hasta altas horas de la madrugada con una disciplina espartana, tras darle las buenas noches con un rotundo y cariñoso “¡Qué suerte tienes, desdichado!”
Las tertulias en la habitación con individuos de cuarto de quinto de carrera, la mayoría de Químicas, aunque también de Derecho, que a él le parecían más altos y más recios de lo normal y, sobre todo, más enterados de las cosas de la vida, cultos y sabidos de todas las materias, venía a ser un espejo deslumbrante en el que el novato se miraba, con el deseo de ser algún día como ellos. Las conversaciones sobre la vida social, sobre mujeres (“¡Qué buenas que están las tías!”) o acerca de los entresijos de la vida colegial, con los tertulianos sentados o tendidos en las camas o de pie formando un círculo mientras se pasaban de forma inesperada una botella de coñac, con el riesgo evidente de estrellarla en el suelo, le parecía al nuevo, impregnado del adanismo silvestre, todo un malabarismo de la mundanidad.
Pero si esto no resulta suficiente, acompañen, un año después, a este aprendiz, que presumía de saberes literarios adquiridos con la lectura de las completas de Berceo, de la picaresca y la novela realista del xix, a escuchar entre el arrobo y el sobresalto las tertulias nocturnas de los Vera, Perona, Palacios o Pretel sobre los formalistas rusos, el realismo mágico, la nouvelle vague o le ouveau roman, y óiganles nombrar, como si los oyeran por primera vez, los nombres de autores y títulos jamás vistos ni oídos, como Sábato, El obsceno pájaro de la noche, Borges, La casa verde, Sobre héroes y tumbas, Lezama Lima, La jalousie, Michel Boutor, La ciudad y los perros, y un totum revolutum de primicias y modernidades que iban desde el pegote erudito sobre el objetalismo francés a la disquisición sobre la importancia de los pelos del culo en la literatura, mientras tachaban al ingenuo aprendiz de hallarse todavía extraviado entre las novelas de Pereda y otras antiguallas infumables.
En estas discusiones y alardes el nuevo no participaba ni decía pío; pero iba tomando nota de la sutileza de los tertulianos, de su sentido del humor, de sus ejercicios de esgrima verbal, de tantas novedades nunca oídas y, en definitiva, de todo aquello que a él le parecía interesante y provechoso.
Pero al poco tiempo el discreto aprendiz fue elevado, no se sabe muy bien por qué, a la condición de Maestro, y a él acudían en tropel catecúmenos de la más variada especie, con ocasión de discutir sobre los intrincados arcanos del noema o averiguar si la mejor manera de declararse era asaltar a la pretendida con el escueto e inapelable “Nena, si me bajo de la burra te espiazo”, o resultaba más delicado y eficaz hacerlo mediante una profunda disquisición académica sobre Maiakovki y sus adláteres; cuestiones estas que se saldaban con el maestro y los devotos, cual infame turba de nocturnas aves, desparramados por sillones, mesas y camas o tirados por el suelo, entreverados en una atmósfera de humos de Celtas cortos que era sombra del sol (si lo hubiere) y tósigo del viento.

                                                                                       José Quiñonero Hernández, colegial 1969-1974.

Comentarios

  1. Merece compasión sin ambages la experiencia sufrida por el entonces novato Quiñonero, que realmente debió suponer un desafío de supervivencia, y con suma condescendencia le hubiera deseado haber vivido la misma situación que me tocó vivir en mi promoción, iniciada en Octubre de 1983. Y ello porque tal desafío no fue sufrido por la novatería, sino por todos aquellos veteranos que se vieron superados por la invasión de una horda de nada menos que de cuarenta y dos nuevos colegiales, que convirtieron la organización y ejecución de las novatadas de aquel año en todo un despliegue estratégico que consumía a los veteranos en sus días y sus noches, especialmente tras el abandono de los más longevos, que optaron por una actitud acomodaticia y pasiva, meros espectadores del divertido espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Así fue; un ejército formado por “El Bufín”, “el Tuno”, “el Ficus”, “el Trabuco”, “el Bobo”, “el Guaperas”, “el Lepras”, “El Bolmangani”, “el Tarugo”, “el Guardia civil”, “el Barrabás”, “el Mixomatosis”, “el Belfi”, “el Gorrinete”, “el Perdigón”, “el Polilla”, “el Macahan”, “el Madrigueras”, “el Flip”, “el Rompeorzas”, “el Morrul”, “el Conguito”, “el Chicharrón”, “El Tecno”, “el Escafandra”, “Los Cuatro Evangelistas” (“el Tractor”, “el Gasoil”, “el Lepe” y “el Manisero”), “el Julay”, “el Fuenteladillas”, “el Moro”, “el Abejaruco”, “el Cromagnón”, “el Rosetilla”, “el Bolica”, “el Espécimen”, “el Mortadelo”, “el Vicius”, “el Kiko”, “el Nariz” y “el Kote Somalo” puso en jaque a la veteranía más avezada, la cual se vio desbordada ante tal avalancha, a pesar incluso de la especial y vengativa visceralidad que se esperaba de los veteranos de segundo curso, ávidos de “sangre de novato” con la que resarcir las cuitas sufridas el curso anterior. Pero a la hora de la verdad, a los “Epi”, “Neptuno”, “Torete”, “Mandril”, “Lúes” y “Bgrian” les pudo más su benevolencia innata que su merecida revancha y convirtieron su arrebato dominante en ingenuo fogueo, para acabar casi confraternizando con la novatería.
    Por su parte, el “Servicio Agatoprosológico Colegial” no daba abasto emitiendo “carnets de buena persona”, con foto de cara y culo del portador. Algunos novatos erraron en la perspectiva del disparo en el fotomatón y adjuntaron instantánea imperecedera no solo del culo sino de sus peludos atributos de género, mostrando algunos una adherencia felina a la zona perineal mientras otros pronosticaban que, en un tiempo, se los podrían taconear “a rabona” , habida cuenta de la precocidad de su incipiente elongación escrotal. Toda una diversidad de fauna.
    Proverbial, igualmente, fue la “excursión” con la que los padres veteranos nos obsequiaron, pintándonos a todos de azul y gorro de gomaespuma blanca. Toda una banda de Pitufos que, liderados por “el Ficus”, recorrió las calles de la capital para divertimento del viandante, y finalizar en la pared de “El Yerbero” donde fue embriagada con los espirituosos propicios para afrontar las interminables horas de “Conferencias” que nos esperaban a nuestra vuelta, con “marcialidad y ángulo de 90 grados”.
    Cuando, por fin, un imparcial presidente del Tribunal, exclamó: “Novatos! esto no es una novatada; ¡esto es la gran putada!!”, respiraron más aliviados los veteranos que los indomables novatos. Toda una demostración de ingenio, dedicación y resistencia. Única e irrepetible.

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