10. El futuro, en la ventana
Mírenlos. Ahí están, en este otoño de 1969, casi en el aire, como por encima del mundo, en una especie de atalaya de la vida humana, a horcajadas entre el abismo y el ansia de futuro. Mírenlos: unos despreocupados y contentos, atentos solo a salir bien en la foto; algunos con la vista al lado, entre alegres y temerosos ante lo nuevo y lo desconocido; no falta quien mira hacia abajo con una cierta sensación de vértigo, junto a otros de gesto serio y reconcentrado, imagen de una cierta preocupación por lo que se les viene encima; sensaciones encontradas que el último de la fila pretende sacudirse con un gesto enérgico y solemne de confianza en el futuro.
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| Alumnos de la primera promoción de Medicina, en el alféizar de la ventana de la sala de visitas (Foto M. Pérez- Guillermo). |
Eso es. Ahí los tenéis, sentados en el alféizar de la ventana del Ruiz de Alda, suficientemente preparados para seis años de días y noches inacabables de estudio, con algún intermedio de diversión y de juerga, sin tener aún claro dónde les llevará esta larga carrera que ahora emprenden.
Pero como el tiempo pasa y todo llega, también pasaron los años por ellos y llegaron a la meta, tras media vida de estudio y de formación, de oposiciones y concursos, ya instalados en el futuro, que les ha sido a casi todos un presente halagüeño. Los habréis visto durante años como cercanos médicos de familia o importantes especialistas de distintas disciplinas, e incluso habréis oído hablar de este prestigioso jefe de servicio de anatomía patológica o de aquel miembro relevante de una unidad de trasplantes, por poner sólo unos ejemplos.
Y ahora, los podréis ver a todos canos o calvos, con los deberes ya más que cumplidos, mientras rememoran aquella mañana luminosa en que se retrataron oteando desde el alféizar de la ventana las primeras vislumbres del futuro.

Esta es una de las estampas más sugerentes de la historia colegial. Un grupo de jóvenes se asoman al futuro incierto de su primer año de medicina, que es también el primer curso de una nueva facultad, después de casi treinta años de la feliz gobernación del inacabable rector Batlle, que había mantenido en un puño, sin crecer ni menguar, una universidad estancada, que no le creaba problemas, de espaldas a los nuevos tiempos.
ResponderEliminarEllos son, salvo error u omisión, Domingo Giménez Cañabate, Jesús Salinas Navarro Francisco Salinas Caballero, Salvador Jorquera Mejías, Miguel Pérez-Guillermo García, Mariano Rosique Arias, Bernabé García López, Enrique López Conesa, Simón Mora y Guzmán Royo Vidal.
Faltó a esta cita Manolo Miras, a quien alguien podría enviarle este escrito, para ayudarle, aunque sea poco, a mantener la memoria.
Efectivamente, la primera promoción de un montón de promociones posteriores, que llenaron el Colegio Mayor de excelentes estudiantes y luego grandes profesionales. De esta primera promoción, Pérez Guillermo y Simón Mora, además de Manolo Miras fueron compañeros míos durante algunos años. Con Salinas, paisano, no coincidí, pero si le conocía. Medicina aportó al Ruiz de Alda residentes de todo el distrito, en especial de Cartagena y de la provincia hermana de Albacete. A estos, que alegremente posaban en el quicio de la ventana de la sala de visitas, les siguieron otros como Jesualdo Masiá, una gran persona y excelente cardiólogo, el recientemente fallecido Juan Madrid, Eduardo Vellando, traumátologo y gran responsable de los servicios médicos del Albacete CF, el "queso mecánico", de Benito Floro; después llegaron Pepe Vázquez, mi paisano García Ribot, el Gran Doría, de Cartagena, Paco Palao, Jesús Jareño, Joaquín González Valls, quien fuera delantero centro del Lorca CF y un largo etc, sin olvidar a Pepetón, a Distinio, a Dionisio Alastuey, a Ángel Julio Huertas, a Anselmo, a Juan Ríos, a Manolo Montero, a Abelardo o Fedérico y a otros muchos, de los que guardo imborrables recuerdos. Algunos fueron ejemplos a seguir como estudiantes y colegiales y si alguna vez levanté el teléfono para emplearme en ellos, siempre estuvieron dispuestos. La distancia y el paso de los años nunca fue el olvido. Con Pérez Guillermo, nuestro cerebro Pérez nos vemos de vez en cuando y recordamos aquellos maravillosos años y también con Fedérico, que cada año, juntos con otros compañeros de Madrid, de Valencia y de otros lares, nos juntamos para darle la bienvenida a la Navidad y recordar los años vividos en el Ruiz de Alda.
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ResponderEliminarEl colectivo médico colegial siempre ha inspirado autoridad. Rezumaba el mismo empaque exclusivo que el de los seis años que se tardaba (como mínimo) en obtener la licenciatura, y despertaba la admiración de aquellos que no nos explicábamos cómo podían digerir los miles de folios en los que consistían sus indescifrables asignaturas, plagadas de kilométricos palabros.
Era igualmente responsable de los momentos álgidos que alcanzaban sus conversaciones en el comedor, y que cautivaban la atención de los demás colegiales por su absorbente interés, en las que los futuros galenos nos ilustraban, entre garbanzos y macarrones, con sus prácticas y encuentros con la fragilidad del cuerpo humano, probando su dominio de las distintas áreas de la medicina.
Así, por ejemplo, ocurrió, cuando un colegial, filólogo, indicó al veterano doctor: “..coño Punky, he observado que cuando masticas se te mueve la punta de la nariz”... a lo que el aludido, ya en 4º curso, en un alarde de profundo conocimiento de neurología, contestó con su voz serena y aflautada... "Sí…y los cojones también ..", lo cual expuso como un caso de conexión entre la estimulación generada en una región anatómica concreta y los efectos simultáneos sentidos en un área distante y alejada de aquella, como si de un entrelazamiento cuántico se tratara.
Nada desdeñable, por otro lado, era la capacidad de los miembros del colectivo médico para acudir en auxilio facultativo de los demás colegiales. Tal fue el caso de la asistencia del veterano “Herodes”, cuyo diagnóstico fue determinante para evitar un desenlace fatídico en las nobles partes de un novato alicantino, que en unas fiestas colegiales y en estado de súbita embriaguez, tuvo la fatalidad de tropezarse en las escaleras de servicio, con una colegiala invitada de una residencia universitaria, igualmente beoda, y cuyos volúmenes excedían con creces las hechuras del novato. Previa comprobación de su apetito mutuo, se dirigieron a la habitación del colegial en "la Cuarta" (que a mayor abundamiento ¡era también la mía!). Ocurrió que, tras los primeros lances preceptivos, ya el toro en los medios, y la impresión de estar de poder a poder ante el ciprés del novato, la inexperiencia y ansiedad de la dama provocó que lanzara una dentellada de escualo a la cúspide cónica del obelisco. El alarido del sufrido colegial resonó de tal manera que casi hizo estallar en pedazos los vasos de cristal que teníamos pegados a nuestra oreja y a la pared de la habitación contigua, desde donde monitorizábamos el dramático acontecimiento. Tras el portazo, corrimos tras él hasta el baño donde nos mostró su atributo, marcado como un molde de prótesis dental, y, a juzgar por los hematomas, como si hubiera sido objeto de inmersión en un brasero de picón. El diagnóstico del doctor “Herodes” fue definitivo: "un milímetro más y hay que amputar". Tras los primeros auxilios y posterior asistencia, el novato asumió la gravedad de su exceso, guardando casto reposo en los sucesivo.
Extraordinaria, finalmente, era su capacidad para la planificación, diseño y elaboración de diabólicas estrategias para deleite de la comunidad colegial, a expensas del penitente elegido. Tal fue aquel evento en el que, tras haber inundado las conversaciones de comedor durante un mes con una supuesta patología de transmisión vírica, recientemente descubierta, cuyo síntoma diferenciador era la micción azulada y su consecuencia la práctica defunción genital, finalmente consiguió introducir exactas dosis de azul de metileno en unas cápsulas que el colegial seleccionado, tomaba de estímulo vitamínico para el estudio, y que tras dos semanas de meticulosa ejecución dieron como resultado una profusa micción mañanera de color zarco, para pavor de la víctima, el cual tuvo que ser avisado de la trama por misericordes colegiales, pues se había retirado a su aldea manchega, aguardando en silencio el final de sus días, junto al de sus genitales.
¡Únicos en su género!
(En homenaje a mis queridos José Gómez, José Lucio Cumplido, Manolo Haenelt, Juan Ríos, José Ángel Sarriás, Pedro Tárraga, Ricardo González, Diego Mora, Jesús Barranquero, Juan Orts, José Miguel Osete, José Diego Contreras, Antonio Saura, Manuel Sánchez Nieto, Federico Pérez -autoridad internacional en reproducción asistida-, Jose Enrique Aroca -referencia de la traumatología valenciana- y Tomás Segura -Jefe del Servicio de Neurología del H.U. de Albacete-…con mil disculpas si de alguno me olvido…)
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