7. El olvido de los lectores de idiomas
En la Universidad de Murcia siempre existió un interés por el estudio de otras lenguas, desde aquellos primeros catedráticos de 1916 (Loustau y Fernández-Nonídez) que hablaban francés o inglés, hasta el laboratorio de idiomas que instaló la profesora Margarita Zielinski en 1966. La Crónica de la Universidad de Murcia del rector Recaredo Fernández de Velasco ya indicaba que, en 1929, la biblioteca de Ciencias estaba muy bien dotada de libros y revistas internacionales: Revue des Sciences (francés), Journal of Heredity (inglés) o Annalen der Physik (alemán)…
No es de extrañar, por
tanto, señala el profesor Acosta Echevarría, que también existiese un interés
por contar con la presencia de profesores o lectores nativos que aportasen más
calidad a la enseñanza de idiomas. Nos consta que, entre 1941 y 1943, el profesor
Luis Flachskampf impartió clases de alemán y que el profesor Loustau, decano de
Ciencias, le apadrinó para que se alojase en el Colegio Mayor (entonces ubicado
en el piso alto del edificio de La Merced, sobre el claustro) e, incluso, avaló
su candidatura como socio accidental del Casino de Murcia. Finalmente, cuando
en los años 50 se inaugure el nuevo Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda, se podrá
disponer de alojamiento para albergar a posibles lectores de idiomas que
llegaban a una Universidad que iniciaba una tímida apertura.
Aunque quizá convenga advertir a los lectores no avisados que, en aquellos años cincuenta y sesenta, la mayoría de los colegiales eran de cultura francesa, no por devoción, sino porque la creencia popular veía al inglés como un idioma lejano e incomprensible y, además, los profesores de tal idioma eran especímenes escasos e inalcanzables para la administración educativa, en algunos casos de condición amateur, sin título alguno, cuyo único mérito era conocer algunos rudimentos del idioma de Shakespeare. Así que a muchos no nos quedaba lejana la imagen del profesor de inglés del Instituto dando la clase a sus cuatro o cinco fieles en la mesa de camilla de la sala de profesores mientras los compañeros de francés llenaban el aula, sin que apenas se notara la falta de aquellos. Y muchos formamos parte de aquellas multitudes, venidas de todas partes, que en el patio de la Merced, una mañana calurosa de junio, esperaban encogidas y presas del miedo, el temido examen oral de francés de la Selectividad, a cargo del no menos temible rector Batlle, cuya efigie pelona y reluciente bastaba para dejar mudo a más de un examinando.
Aunque quizá convenga advertir a los lectores no avisados que, en aquellos años cincuenta y sesenta, la mayoría de los colegiales eran de cultura francesa, no por devoción, sino porque la creencia popular veía al inglés como un idioma lejano e incomprensible y, además, los profesores de tal idioma eran especímenes escasos e inalcanzables para la administración educativa, en algunos casos de condición amateur, sin título alguno, cuyo único mérito era conocer algunos rudimentos del idioma de Shakespeare. Así que a muchos no nos quedaba lejana la imagen del profesor de inglés del Instituto dando la clase a sus cuatro o cinco fieles en la mesa de camilla de la sala de profesores mientras los compañeros de francés llenaban el aula, sin que apenas se notara la falta de aquellos. Y muchos formamos parte de aquellas multitudes, venidas de todas partes, que en el patio de la Merced, una mañana calurosa de junio, esperaban encogidas y presas del miedo, el temido examen oral de francés de la Selectividad, a cargo del no menos temible rector Batlle, cuya efigie pelona y reluciente bastaba para dejar mudo a más de un examinando.
En estas circunstancias, los
colegiales de los primeros tiempos del Ruiz de Alda asistieron sorprendidos a
la aparición de unos profesores llegados del frío que, por unos motivos u
otros, no venían a enseñar francés, sino que eran alemanes dispuestos a ilustrar
a los colegiales sobre la lengua de Goethe y, en su caso, sobre el inglés.
Estos lectores alemanes, renovados cada curso, fueron residentes en el colegio
durante más de diez años. Con motivo del décimo aniversario de su inauguración,
en una entrevista a los “mandos” del Colegio, el capellán don Luis Montaner
pondera “las clases de idiomas, dadas por un doctorando en Lengua Española del
Instituto Iberoamericano de la Universidad de Hamburgo, con el que mantiene un
fructífero contacto el Colegio Mayor” (Línea, 14-1-1962). Contacto con la
institución germánica que pudo ser facilitado por Manuel Muñoz Cortés,
catedrático de Gramática Histórica de la Universidad de Murcia y animador
cultural del Ruiz de Alda desde sus principios, del que fue primer colegial de
honor, ya que el profesor había completado su formación en la Universidad de
Münster, habiendo recorrido durante 1941 toda Alemania inmersa en una situación
de guerra, lo que le sirvió para relacionarse con las universidades y filólogos
germanos, como Vossler o Curtius.
La primera noticia sobre
estos profesores alemanes la encuentra el lector moderno en la reseña de la
celebración del final del curso 52-53 donde se da cuenta de “las cariñosas
muestras de simpatía al imponérsele la beca de honor al profesor de idiomas del
Mayor, estudiante de Filología Románica de la Universidad de Hamburgo, D.
Dieter Kambys, a quien se le hizo entrega, en el mismo momento, de una edición
de lujo del Quijote… en la cual figuraban las firmas de todos los colegiales”
(La Verdad, 26-4-1953). Reconocimiento que se le otorgó también al profesor
Ludwig Schraeder por la eficaz labor desarrollada (Línea, 28-5-1954), que
abarcó, además conferencias sobre el teatro alemán, en especial Madre Coraje,
de Berthold Brecht (Línea, 2-4-54). Y la memoria inestable de los testigos
recuerda que uno de estos primeros lectores alemanes, que tenía buena voz, se
convirtió nada más llegar en el solista de la rondalla colegial.
El observador interesado
leerá también que en la fiesta de la Arrixaca de 1959 le fue concedida la beca
de honor al profesor de idiomas Hortss Kollman, de la Universidad de Hamburgo,
“a quien le será remitida a su residencia” (Línea, 8-12-59). Y no dejará de
saber que otro lector, don (sic) Karl Wilhelm, fue recibido por el
mismísimo alcalde de la ciudad, el 23 de febrero de 1960. Y se enterará,
además, de que “fueron muy celebrados los trabajos de decoración y luminotecnia
de Wolfgang Grenz para la representación de la obra Ejercicio para cinco
dedos” (Línea, 18-3-62). Aunque testigos presenciales, como Francisco
Calvo, colegial de entonces, opina que aquél “no llegó a comprender nunca por
qué tenía la clase llena a principio de curso y vacía ya en enero”,
circunstancia que Calvo atribuye a “sus escasas dotes docentes y su empeño en
enseñar alemán en lugar de inglés, lo que fomentó el desinterés de sus
alumnos”.
El propio profesor Calvo
recuerda a Jurgen Schaefer, en el curso 62-63, quizá el último y el más
afortunado de los lectores alemanes, que puso de su parte algunos recursos más
eficaces: “Intentó explicar inglés y hacerse amigo de sus alumnos, consiguiendo
más de lo segundo que de lo primero”. Y añade que durante sus años de trabajo
en la UE ”ha retornado a Murcia en varias ocasiones, manteniendo amistades con
colegiales de su época”.
En el folleto de 1963 sobre
las instalaciones y actividades del Colegio Mayor, se habla explícitamente de
clases de idiomas (francés, inglés y alemán) como indispensable útil de trabajo
y, además, en el apartado de condiciones económicas se indica que la pensión
incluye “los derechos de matrícula para un curso de idiomas” (derecho, éste,
del que no tuvieron constancia la mayoría de los colegiales).
Manuel Acosta, también
colegial de aquel tiempo, recuerda la transición de la cultura germánica al
inglés en el curso 1964-1965, encarnada por el galés Richard Thompson, al que
recuerda “alto, flaco y de negro vestido” sobre una impoluta camisa blanca, añadiendo
que “parecía un predicador oscuro de las películas del Oeste (Clint Eastwood) o
uno de esos tipos cuáqueros de Nantucket o New Bedford, parientes del capitán
Ahab”. Este lector también organizó algunas clases de conversación en francés,
en el aula de sillas con brazo de pala. No duraron mucho. Al final del curso,
en su fiesta de despedida trajo a su novia inglesa, que sedujo a los colegiales
tocando la guitarra. Aunque más llamativas le parecen al profesor Acosta “sus
incisivas preguntas a los dos americanos que vinieron a pulsar la opinión de
los jóvenes españoles (en plena guerra de Vietnam)”, los cuales quedaron bajo
sospecha de ser de la CIA tras las comprometedoras demandas del lector y de los
estudiantes.
Entre los que solían
llamarse Roger, Manuel Acosta recuerda a Roger Wragby, un rubio estudioso de
Galdós que incluso escribió alguna reseña sobre el cine cómico inglés para
Kineidos, acabando años después en un club náutico de Nueva Zelanda. A este le
siguió Roger Cottrell, hijo de un pastor anglicano. Su familia vivía en la Bridge
House, en un pueblecito del centro de Inglaterra y él estudió en la
Universidad de Exeter. Manuel Acosta confiesa que al final se quedó como su
único alumno y ambos lo pasaron muy bien, con alegres conversaciones y
traduciendo The adventures of the little wooden horse. Y añade que era
un guiri auténtico, condición que superaba con su enorme ingenuidad. De su
peculiar talante, algunos quizá recuerden un terremoto ocurrido a altas horas
de la madrugada: los colegiales, alertados por Ramón Varón, que venía del
Marruecos azotado por los seísmos, bajaron corriendo las escaleras y se
arremolinaron en el vestíbulo, perplejos, sin saber qué hacer. En esto que
Cottrell, despeinado y con un pijama floreado, se les apareció en mitad de la
escalera, diciendo: “No os preocupéis, hijitos, míos; keep calm, keep kalm”,
lo que provocó la rechifla de los presentes.
![]() |
| John Macklin, último de los lectores olvidados, año 2002. |
Los lectores, de más o menos
capacidades didácticas, vivían en el Colegio y comían en la mesa de Dirección,
y su integración en la vida colegial fue muy desigual, desde aquel “personaje
serio y (probablemente) mudo”, del que el profesor Calvo no llegó a saber ni el
tono de su voz a lo largo de todo el curso (Thompson), hasta “algunos más
inteligentes y simpáticos (Cottrell) que hacían pronto amistades con sus
presuntos alumnos, descubrían las playas cercanas o se echaban novia (Macklin)”.
Asunto controvertido es el
de la existencia de una presunta lectora. Mientras la mayoría piensa que no la
hubo, pensando que su existencia solo podía ser fruto de un sueño y no una
realidad, en un ambiente retrógrado impuesto por las fuerzas vivas colegiales y
locales, el profesor Acosta Echeverría afirma que “el último no fue lector sino
lectora” y apunta datos que lo confirman: era una rubia espectacular, llamada
Mischa o Mischenka, nacida en Malta, de padres checos, que se hospedaba en
Carmelitas”, a la que este colegial recuerda “desinhibida, con minifaldas y su
desconcertante ingenuidad de guiri”. De ella, la memoria o la invención
colegial recordaba anécdotas picantes, entre las que no era menor la de aquella
visita a un colegial aún convaleciente de una operación en la entrepierna, que
provocó la consiguiente alteración del paciente y el jolgorio de los que habían
provocado el encuentro.
Todas estas peripecias de
los profesores de idiomas del Ruiz de Alda, que vivieron, comieron y durmieron
en el Colegio e intentaron dar clase de alemán o de inglés, durante quince
años, con desigual fortuna, parecen haber sido borradas por la incuria del
tiempo, de manera que hoy el común de los colegiales, incluso los que
convivieron con ellos, ha olvidado la memoria de aquellos personajes venidos de
tan lejos y de la huella que dejaron. Que en la mayoría de los casos parece ser
poca, o ninguna.
Documentación:
Manuel Acosta Echevarría, colegial 1964-1969;
Francisco Calvo
García-Tornel, colegial 1960-1965, subdirector 1966-1970.
Edición:
José Quiñonero
Hernández, colegial 1969-1974.
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En mi dilatada estancia en el Colegio Mayor desde 1974, poco o nada supe de estos lectores, si bien, en algunas reuniones con colegiales más antiguos, salió a relucir la existencia de estos personajes, pero de una forma muy tangencial. Ninguna aventura o desventura se comentó sobre ellos y, ni tan siquiera sobre la lectora. Parece ser que dejaron poca huella; no obstante, y al hilo de su presencia en el Colegio Mayor, recuerdo la existencia de un cuadro, con un paisaje nevado, creo recordar, firmado por un nombre extranjero. Preguntando por el autor al conserje Enrique, que todo lo sabía, me dijo que era un alemán, que había sido lector en nuestro Ruiz de Alda. Esa es de las pocas referencias que sobre estos personajes pude tener. Ni tan siquiera Enrique, me informó de ellos. Francisco Calvo si los recordaba y algo me habló y, también, más recientemente, Manuel Acosta, cuando nos conocimos personalmente, a raíz de esta iniciativa de rescatar la memoria de nuestro Colegio Mayor. Sería interesante que si algún colegial de aquellos años los conoció y tuvo relación con ellos, aportase su testimonio y recuerdo.
ResponderEliminarPor desgracia, los idiomas no han sido el fuerte del sistema educativo de este país, menos aún en épocas de letargo aperturista de aquellos años. En cualquier caso, llama la atención que fuera el alemán,el idioma que fuera mayoritariamente impartido por aquellos lectores; idioma de filósofos y teóricos jurídicos iusnaturalistas e iuspositivistas que sufríamos, con D. Mariano Hurtado, los alumnos del 5º de Derecho, cuyos farragosos e incomprensibles contenidos estaban en consonancia con la complejidad indescifrable de la lengua de Otón y su gótica grafía. No es de extrañar que cayeran en el olvido (como las lecciones del bueno de D. Mariano), salvo por sus anécdotas extraacadémicas, en su caso, y en ausencia de mayores méritos. Hubiera sido una gran oportunidad que el Mayor fuera avanzada institución en la enseñanza complementaria de idiomas con mayor criterio y programación, que representara un espaldarazo de confianza para aquellos alumnos que prolongaron su excelencia académica con estudios científicos en el extranjero, especialmente Reino Unido y EEUU, y por supuesto aquellos que, como el querido y cercano colegial, Antonio López, se las tuvo que ver con el mejor inglés y francés que le abrieran las puertas a la Escuela Diplomática. Tal vez se hubieran despertado más vocaciones consulares de haber sido el Mayor esa lanzadera lingüística en dichos idiomas, probado ya que las lecciones de alemán no estimulaban especialmente los corazones de los colegiales y no despertaban reacción más allá del más primate de los bostezos (como hacía el contenido iusnaturalista e iuspositivista de los teóricos germánicos admirados por D. Mariano). Oportunidad perdida.
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