6. La llegada

Llegué a Murcia el 12 de octubre de 1977, como casi todos mis compañeros del curso de COU. El resto se expresaba en la unidad. La unidad era uno del grupo, que tras pasar un curso preparando la Selectividad de Ciencias, se puso a estudiar Derecho. Eso sí, todos terminamos en la Universidad de Murcia, por entonces también la universidad de nuestra tierra albaceteña, como quedaba patente en aquel ilustrativo escudo conformado por Alfonso X el Sabio y a sus pies los emblemas murcianos con sus siete coronas y los albaceteños con sus tres torres y el murciélago.
     Por aquellos convulsos años, socialmente a caballo entre la reciente abandonada dictadura y una infantil democracia, llegamos a una ciudad vivaracha, en evolución y luminosa. Las antípodas de lo que dejábamos atrás.
     Éramos jóvenes, muy jóvenes, adolescentes casi, y el mundo estaba a nuestros pies dispuesto a dejarnos entrar en sus entrañas. La Universidad fue la disculpa para todo a partir de entonces.
     El refugio y hogar de todo lo que supuso el crecimiento emocional, fisiológico y social, lo ocupó un colegio mayor ubicado en el murciano barrio del Carmen. Al otro lado del puente de los Peligros. Al arrabal del jardín de Floridablanca, metido en lo que empezaba a transformarse de acequia en avenidas y de huerta en ciudad, a cuatro zancadas de Quitapellejos, a dos pasos de la estación del Carmen y en la misma frontera de la expansión venidera al otro lado del río, del Segura. Colegio Mayor Universitario Ruiz de Alda.
El colegial Rios, ya integrado y muy activo en la vida colegial.
     Llegamos por primera vez en pleno otoño. Por entonces, nuestro curso comenzaba después de la fiesta del Pilar. Las primeras sensaciones imprimían las primeras diferencias: dejábamos el frío manchego y lo cambiábamos por calorcito murciano. Aquel año, mi primer año, la prensa nacional que compramos dejaba titulares que marcaban el perfil de lo que se guisaba en la caliente cocina española. Las Cortes estudiaban el texto de una amnistía incompleta, en Vizcaya se contaban muertos y heridos en atentados y controles, Victoria Kent regresaba del exilio, el Consejo de Europa decidía la posible adhesión de España y Comisiones Obreras apoyaba el acuerdo del pacto de la Moncloa. En la prensa local se hacían eco del coctel molotov contra la librería Yerba; el Ayuntamiento murciano pedía al Gobierno que se cumpliera la ley del trasvase; cinco presos de Cartagena ingerían objetos metálicos; el Comité Noruego otorgaba dos Premios de la Paz, uno a los iniciadores del Movimiento por la Paz de Irlanda del Norte y otro a la organización Amnistía Internacional.
     El primer día de curso me acompañaron mis padres, cosa que ya no se repitió. Lo habitual era llegar por tren. En el ferrobús de Albacete a Murcia del Carmen. Aquella primera vez comimos en un luminoso salón, entre miradas de iguales, pero con un talante depredador que no pasó desapercibido por ninguno de los tres. Mesas de seis, ordenadas y presididas por una central de diez. En la pared algunas fotografías en blanco y negro y un pendón sobre la gran mesa con los colores y enseña del colegio. Amarillo. Negro. Escudo en damero. Albatros.
     Hubo dos presentaciones. La primera, oficial, respetuosa y distendida, con el subdirector del Colegio. De aquella presentación recuerdo a Alberto Tárraga contando aspectos de la convivencia a mis padres, de las costumbres de la casa y terminando con aquella frase tan esperada: el colegio cierra a las diez, pero si los padres lo permiten el colegial puede tener una llave de la puerta trasera para volver después si lo necesita. Los padres, en un alarde de confianza sin límites, concedían el beneplácito y se pasaba de la juventud a la madurez en una cordial despedida.
     La segunda presentación no fue tal. Se ejecutó una entrega a aquella panda de delicados compañeros con caras de búhos, perros, gatos, pavos, autodenominados veteranos, con dos misiones necesariamente prestas a ejecutar: poner un mote y organizarte una semana inmersiva en aquella sociedad que con los años iba poniendo transparencias entre las personas y los personajes.
     Acabo de llegar a Murcia. Me llamo Hormigón, perdón soy el puto novato Hormigón. Creo que vengo a estudiar Medicina, señor.

Juan Ríos Laorden, colegial 1977-1983.

Comentarios

  1. La sexta entrega de nuestro serial cierra un grupo de tres entradas dedicadas a las primeras impresiones de la llegada al Colegio. Titulada precisamente La llegada, está escrita por un colegial que vivió el crepúsculo del Ruiz de Alda (1977-1983), cuando la inopia de ciertas autoridades quiso fundar un colegio nuevo, con el riesgo de reducir a la nada la larga y fecunda tradición colegial. No lo consiguieron, porque colegiales como su autor, Juan Rios, contribuyeron decididamente a mantener la excelencia del Colegio, revitalizando actividades que incluso habían languidecido ya en la década de los setenta: Albatros, la musica o el cine. Gracias, colegial Hormigón, por tu escrito.

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  2. Buenos y muy gratos recuerdos, Juan Ríos. Tus ideas, trabajo y compromiso dieron un impulso a la actividad cultural del Colegio Mayor, en unos años complicados, pero muy apasionantes. La revitalización del aula de música, la organización de los recitales de música folk, el periódico colegial Albatros, la fotografía o Kineidos, llevan tu impronta. Recuerdo largas conversaciones, discrepancias y consensos, pero por encima de todo, amistad y compañerismo. Sería muy interesante que siguieras abriendo el baúl de tu memoria y aportando testimonios y vivencias de tu paso por aquella casa, en años tan decisivos para todos los que vivimos allí. Ánimo y a darle a la tecla, como en aquellas interminables noches de café y coñac, haciendo volar el "Albatros". Un abrazo.

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