5. Viaje a Ítaca

Corría el año del Señor de 1973, el de las terribles inundaciones de Lorca y Puerto Lumbreras, cuando un sin par ministro de Educación, Julio Rodríguez, le dio la vuelta al calendario académico y el curso 73-74 se convirtió, de la noche de la mañana, en el curso 1974; eso sí, con tres meses lectivos menos, lo que supuso un impacto importante para aquellos estudiantes entre los que me encontraba que, tras el experimento del COU y la innovadora prueba de acceso a la universidad, iniciábamos los estudios universitarios fuera de nuestra localidad. En mi caso, en la Universidad de Murcia, donde había conseguido plaza en el Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda, un lugar de élite que, en la terminología de la juventud más avanzada del momento los progres de ayer, era una residencia de señoritos o de paniaguados del régimen. La verdad es que no era ni una cosa ni la otra, aunque había sus excepciones. Sin embargo, puedo prometer que, meses antes, algunos no sabíamos ni que existía.
     No resultaba tarea fácil obtener una plaza en un centro residencial universitario en Murcia. Solo había dos para hombres, uno era de la universidad y otro, también de la universidad, para mujeres. Personalmente no había oído hablar nunca de los colegios mayores, aun cuando un pariente, había sido uno de los primeros colegiales del Colegio Mayor Ruiz de Alda, creado al amparo del SEU (Sindicato Español Universitario) a principios de los años cincuenta del pasado siglo. Por tanto, si nos quedamos con el nombre y sus orígenes, era lógico pensar que el Colegio Mayor Ruiz de Alda solo admitía a hijos de personas relacionadas con el régimen o afines. No era mi caso. Fue Francisco Jiménez Muñoz, abogado sindical y, a la vez, profesor de Formación del Espíritu Nacional en el Instituto de Lorca, quien le habló a mi padre de la existencia del Colegio Mayor y de la posibilidad de que yo pudiera residir en él, puesto que era un residencial que acogía a muchos becarios –yo lo era– y lugar seguro y controlado para los primeros pasos universitarios, fuera del cascarón familiar, de un hijo único, como en mi caso.
     Existían dos problemas a sortear: el económico y el acceso. En cuanto al primero, mi padre, que era entonces un modesto empleado de la recaudación municipal, estaba dispuesto a realizar todos los sacrificios posibles para que yo residiese en aquel Colegio Mayor: un lugar “de orden”. Por mi parte, yo había estudiado el bachillerato con becas del Estado, que procuraría mantener durante mis estudios en la universidad, si bien la dotación de la misma era inferior, en aquel primer año, al importe de la anualidad del Colegio, por lo que me veía obligado durante las vacaciones de ese año a realizar diversas actividades que me proporcionarían unos dineros extra para sufragar mis estudios en la Universidad: desde dar algunas clases particulares a la recogida de fruta, para terminar, en los meses eliminados del calendario académico, de empleado en un almacén de confección de un familiar. Todo fuese por residir en el Colegio Mayor.
     A la hora de abordar el segundo, tuvimos la suerte de que en la recaudación municipal trabajase Miguel Navarro Molina, futuro alcalde de Lorca por el PSOE, hermano del recaudador, y, en aquellos años, muy ligado a las actividades juveniles promovidas por el llamado Movimiento Nacional, ya bastante en declive, por cierto. Miguel era profesor de Educación Física y tenía una gran amistad con Pedro Rojas Ferrer, profesor universitario y Subjefe Provincial del Movimiento en Murcia, donde también tenía un cargo menor José Antonio Donat Ortuño, que era el nuevo director del Colegio Mayor Ruiz de Alda. Todo un organigrama de cargos, que protagonizarían una cadena de favores que posibilitaron mi acceso al Colegio.  Como más tarde conocí, Donat se había hecho cargo de la dirección del Colegio un año antes, tras cesar en su cargo Fernando Martínez González, a la vez, director en Murcia de RNE, como consecuencia de un descontento generalizado entre los colegiales, como después supe.
Los aspirantes Mula y Veas, ya colegiales, dos años después.
     En aquellos años, como casi siempre, las recomendaciones surtían efectos milagrosos, de tal forma que mi solicitud fue aceptada. Recuerdo un viaje previo a Murcia, en julio de 1973, tras haber superado las pruebas de acceso a la universidad, junto con mi buen amigo y compañero Francisco Veas, para conseguir los impresos de solicitud de plaza del Colegio Mayor. Aquel fue mi primer contacto con el Ruiz. Ubicado en el número 8 de la estrecha calle de Huerto de Capuchinos, en el barrio del Carmen de Murcia, a unos quinientos metros de la estación de ferrocarril Murcia del Carmen. Me viene a la memoria la fachada principal, estrecha, nada singular, de un edificio de más de seis plantas, con ventanas iguales en cada una de ellas, con persianas cerradas y un gran ventanal en la planta baja. Una gran puerta de cristal daba acceso al centro y en la parte derecha de esa fachada, a la altura del umbral de la puerta, un enorme y estrecho escudo de forja de hierro, rematado en una corona, ajedrezado en su parte superior y, en medio, la silueta de un ave, un albatros. Debajo, en letras de forja, la leyenda Colegio Mayor Julio Ruiz de Alda.
    Subimos las escaleras de mármol y, tras cruzar otra puerta de cristal, accedimos a la entrada del centro. Lo primero que nos sorprendió fue ver dos placas en la pared de la derecha: una de mármol, de color negro y letras en blanco, conmemorativa de la creación del Colegio Mayor, en la que estaban inscritos los nombres de las autoridades del momento, “… siendo Ministro de Educación Nacional, D. Joaquín Ruiz Giménez y Jefe Nacional del SEU, Jorge Jordana de Pozas….. a la mayor gloria de Dios y de la Falange”. Y otra, más modesta, de latón bronceado, con la leyenda Ubi mors, ibi spes (“Donde está la muerte, está la esperanza”) y el texto “Matías Montero Rodríguez de Trujillo. Presente”. Un nombre este último que luego supimos que era el de un estudiante falangista asesinado en las calles de Madrid el nueve de febrero de 1934, fecha que el Régimen conmemoraba como Día del Estudiante Caído. A primera vista, no nos quedó duda de dónde estábamos y de la significación de ese Colegio Mayor. Luego supimos y así lo padecimos– que, en novatadas, el texto de las dos placas era obligado aprenderlo y recitarlo de memoria.
     A la izquierda de esa entrada había un pequeño mostrador y, tras él, una centralita de teléfonos y un sinfín de casilleros o apartados con números de habitaciones. Nos recibió un señor, más o menos alto, pelo ensortijado, camisa veraniega hacía mucho calor y muy ceremonioso. Era uno de los conserjes del centro, quien muy amablemente nos entregó los documentos de solicitud de plaza. Se llamaba Manuel García Vicente y nos informó sobre los plazos de inscripción y también sobre las dificultades para obtener una plaza, Nos interrogó sobre nuestro lugar de origen y al decirle que éramos de Lorca, nos confesó que el Jefe de Estudios del Colegio, José Quiñonero Hernández, era de nuestra localidad. Dándole las gracias por su amabilidad y después de echar un último vistazo a aquel lugar en el que pretendíamos residir durante los próximos cinco años, bajamos, por primera vez, las escaleras del Colegio Mayor Ruiz de Alda.
     En aquella solicitud -aparte de datos personales y académicos-, había que señalar, entre otras cuestiones, los motivos por los que queríamos residir en el Colegio Mayor, nuestras aficiones y la persona, institución u organismo por el que habíamos conocido la existencia del mismo. Mi solicitud fue muy rápidamente aceptada, recibiendo una carta en la que se me indicaba, además del importe anual (38.000 pts.), la forma de pago y, en una circular anexa, los enseres y utensilios que debía llevar cuando me incorporase al centro -sábanas y toallas, marcadas con mis iniciales y un flexo, entre ellos –e, igualmente, las normas básicas de funcionamiento del mismo. En este sentido, recuerdo a un nuevo colegial llegar a la puerta del Colegio, cargando a las espaldas un colchón. Preguntado por esta circunstancia, contestó que en la carta de aceptación de la solicitud se indicaba que habría que llevar un “flex”, la marca de un colchón. Lugo se supo que en esa carta, a la palabra “flexo”, la multicopista le jugó una mala pasada, perdiendo la o final de flexo, de ahí la cómica confusión. Una anécdota que se conserva desde entonces en el imaginario colegial.
     Simultáneamente, nos había picado la curiosidad por averiguar quién era José Quiñonero, el lorquino Jefe de Estudios y ya, hecha la idea de ingresar en el centro, nos interesamos, de verdad, en saber cómo eran los colegios mayores. En mi caso, lo fue a través del profesor Francisco Jiménez, de mi pariente José Segura, y de Rafael Artero del Álamo, otro amigo de la familia, que había sido también colegial en los primeros años del Colegio Mayor y, a su vez, familiar de Francisco Veas. En poco tiempo conseguimos información de las actividades del Colegio y de las temidas novatadas, de las que no queríamos ni oír hablar. Las familias, tampoco.
     Yo había recibido muy pronto la aceptación de mi solicitud. No fue el caso de mi amigo y compañero, Francisco Veas, quien en el fragor del verano olvidó presentar la suya. Otra vez, la recomendación dio su fruto y ambos conseguimos la tan deseada plaza. No obstante, en un acto de solidaridad y arrojo juvenil, yo había escrito una carta personal al director del Colegio Mayor, intercediendo por mi amigo. Evidentemente no fue esta carta, sino las nuevas gestiones de Miguel Navarro y una nueva cadena de favores, quienes posibilitaron que su solicitud, fuera de plazo, fuese aceptada y pudiéramos los dos acceder al mismo tiempo al Colegio Mayor.
     Nuestras pesquisas sobre José Quiñonero, el Jefe de Estudios, dieron su fruto.  Resultó que su familia era de Aguaderas, una pedanía lorquina limítrofe con la sierra de Almenara. Casualidades de la vida, mi entorno familiar había tenido bastante contacto en años pretéritos con su familia; tal era así que, incluso, mi madre había asistido a bodas y a otros acontecimientos familiares en la denominada Casa Guillermo. No obstante, fue la relación y amistad de los padres de Francisco Veas, con los tíos de Quiñonero, que veraneaban en Águilas, aunque residían en Madrid, donde regentaban una importante editorial, lo que nos permitió acceder al escurridizo Jefe de Estudios del Colegio Mayor.
    No recuerdo con exactitud como fue el contactar con él, aunque sí la primera vez que le vi. Más o menos delgado, de tez oscura, con bigote, gafas de pasta, poco dicharachero y serio de carácter. Creo que mi padre y yo le pudimos abordar en la calle Corredera y, sorprendido, por su parte, quedamos en vernos para charlar con detenimiento en mi casa, Sutullena, a las afueras de Lorca.
     Recuerdo su llegada en un Seat Seiscientos, de color verdoso. Ante la mirada escrutadora de mis padres y mía, nos dio algunas pinceladas sobre el Colegio. Nos habló de las temidas novatadas, como un proceso necesario para integrarse en la vida colegial o lo que es lo mismo, para socializar actitudes, poniendo también énfasis en la importancia de participar en las actividades colegiales a través de las distintas asociaciones gestionadas por los propios colegiales. El adusto jefe de estudios manifestó que el Colegio Mayor era un complemento muy importante para la formación de un universitario, por la convivencia en un mismo espacio de gentes de condición diferente. En definitiva, era una buena escuela de vida y más para los jóvenes que abandonábamos por primera vez el nido familiar. Nos informó también de que, dada la modificación surrealista del calendario académico, durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, se estaban programando, para los colegiales de nuevo ingreso, unos cursos de introducción a las materias que se cursarían en la licenciatura. Quiñonero los recomendaba como un entrenamiento previo al inicio del curso, en las materias que cursaríamos en ese primer año. También sugirió que ese espacio de tiempo no lectivo para los estudiantes de nuevo ingreso, se aprovechaba para la realización de las novatadas, que, por esta circunstancia, no tendrían impacto en el día a día académico. Nos informó que esos cursos tenían un coste adicional. Creo recordar que mi madre, y en menor medida mi padre, lo sometieron a un exhaustivo interrogatorio al que, con paciencia franciscana, fue respondiendo a cada una de las preguntas. Por mi parte, no fueron muchas las que hice. Seguramente estaría algo asustado y muy preocupado por mi futuro más inmediato. No volví a ver a nuestro Jefe de Estudios hasta que me incorporé al Colegio, en enero de 1974.
     Durante esos meses de inactividad académica estuve trabajando en Lorca, al tiempo que recibía, por Francisco Veas, noticias de lo que le estaba pasando en esos días, en especial, sobre las novatadas, lo que me permitió ir haciéndome una idea de lo que me esperaba cuando accediese al Ruiz de Alda. En esos tres meses viví tres acontecimientos que llenaron mi mochila de reflexiones e interrogantes y alguna incertidumbre. En el ámbito global, asistimos perplejos a la guerra árabe-israelí, que ocasionó un alza espectacular en los precios del crudo y una crisis económica mundial que impactó de forma brutal en España. En el ámbito local, viví, en primera persona, con mi casa inundada, la gran riada de 19 de octubre de 1973, que arrasó la comarca del Guadalentín, con un gran número de víctimas y pérdidas económicas y materiales de gran magnitud. Y, en el ámbito nacional, vivimos en diciembre, el asesinato, a manos de la organización terrorista ETA, del almirante Luis Carrero Blanco, que había sido elegido presidente del gobierno por el general Franco.
Y, por fin, llegó el día. Era el 7 de enero de 1974. Llovía y hacía frío.  Estaba nervioso. A las 7 de la mañana, con una maleta casi recién comprada, habiéndome despedido de mis padres, abordaba, con mi amigo Francisco Veas, en la estación de Sutullena, el autobús de la empresa TRAPEMUSA, que nos llevaría a Murcia. En algo menos de hora y media nos apeamos a la entrada sur de la capital del Segura, muy cerca de la estación de ferrocarril, frente a la estación de servicio del Rollo, que distaba algo más de ochocientos metros de nuestro destino: el Colegio Mayor Ruiz de Alda. Eran las 8,45 horas de ese día cuando, por segunda vez, subía las escaleras del que iba a ser mi hogar durante más de una década. Jóvenes con libros y carpetas en la mano bajaban por esas mismas escaleras, camino de la universidad.  Cruce de miradas y alguna sonrisa burlona. “Novato, ¿cómo se llama Ud.?”
Y allí empezó todo. Allí inicié el viaje a mi particular Ítaca, “un camino largo, rico en experiencia”, según el poeta griego; o lo que es lo mismo, fue el principio de una intensa y duradera relación –más de diez años con el Ruiz de Alda.
 
Antonio José Mula Gómez. Colegial 1973-1978. Subdirector 1979-1984.

Comentarios

  1. Poco puedo añadir a estas líneas de recuerdos de la juventud vivida, si acaso rememorar, una vez más, aquellos años de 1973 y 1974, tan importantes en nuestra vida. Recordar al gran amigo Francisco Veas y a todos los que en aquellos años, ciertamente complicados, iniciamos nuestro particular viaje a Ítaca, largo en el tiempo y rico en experiencias

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  2. La crónica narrada me traslada a unos años de infancia de la mano de estos dos colegiales. Uno, mi hermano, y el otro tan fraternal por su cercanía, con cuyas aventuras de adolescentes y juventud me crie, desde una fría casa ubicada en la calle Corredera de Lorca hasta los entrañables ratos de verano compartidos en una casa de huerta, de la entonces tan lejana Diputación (denominación blasonada que en Lorca define a las pedanías rurales) de Sutullena, y de la que el cronista era “Marqués”. Y me traslada, además, al primer contacto que tuve con el Colegio Mayor y que no fue otro que el de las llamadas “novatadas” en los lomos de mi querido hermano, quien en cada llamada telefónica semanal a casa y tras departir con mis padres, me narraba, sin duda para hacerme reír, aquella misión consistente en lavarle los calzoncillos al veterano, y que, a juzgar por la reiteración temporal de su tarea, se me antojaba que debía de estar viéndoselas con una litografía grabada a perpetuidad más propia de las paredes de una caverna neandertal, que del tejido “gayumbero” portador de los restos inertes de una inconsistencia intestinal, conocida por estos lares como “correncias”.
    Y crecí esos años con sus historias, que cada vez disfrutaba más. Supe por su voz del tradicional uso del cognomen (coñámen), con el que se identificaba a cada novato, de por vida colegial, en virtud de ciertos atributos o características, mayormente físicas o mecánicas, que reproducían o evocaban la imagen objeto del epíteto atribuido. Supe así que un tal “Brochas” dirigía la institución; De un tal “Bicarbonato”, por su semblante serio, y que el ingenio colegial identificaba como propio del que sufría ardor de estómago; De “ El Peteneras”, también vecino lorquino, a quien hicieron entonar una ejemplarizante pieza de dicho palo, “La petenera se ha muerto y la llevan a enterrar”, que hiciera famosa el gran “Porrina” de Badajoz, y que fue reproducida con tal gracilidad, ante el colectivo veterano, que le fue atribuida como coñámen con todo merecimiento. De un tal “Robles” del que mi hermano no se cansaba de repetir lo buena persona que era (“Que buena persona es el Robles!”); Del “astuto Morgan” o el “Grupillo” , que para mí era todo un misterio. Y por supuesto, a mis dos personajes del relato, quienes figuraban en un incunable testimonio documental redactado al parecer tras un capítulo, que descubrí enrollado cual pergamino tras unos libros de mi superior, y que rezaba, con mayor o menor precisión:
    “…se encuentra la Perdiz,
    magnánimo y pulula, apoya a su amigo, el Mula…
    …y controlando este cotarro,
    está la Flor en un jarro...”

    Supe, con sorpresa y carcajada de las famosas “guerras de agua”; De como la Flor, en estampida, se refugió en su habitación de la presencia del Director, que irrumpió en mitad de la batalla, y fue descubierto por éste sentado en su mesa, en afanado esfuerzo de estudio…a oscuras. O como el Subdirector Alberto Tárraga, en las mismas funciones directivas, reprochaba a la Perdiz haber participado, a pesar de su veteranía, en otra “hidrocontienda” mientras éste se defendía : “Tate! (Chocolate) te juro que de aquí no ha salido ni una sola gota de agua”!, mientras los chorretes le caían por la cara y crecía un charco bajo sus pies.

    Y todo ello, con la imagen diaria de la beca, amarilla y negra y de una réplica en miniatura de una ingeniosa orla, dibujada con maestría por un tal Molicutín, en forma de castillo medieval de cuyas ventanas, almenas y torreones, asomaban las distintas fotos de los colegiales sobre las vestimentas, atuendos y complementos propios de sus coñámenes, y que mi hermano colgó en un rincón de nuestro dormitorio. Cuando el 1983 aterricé en el Mayor (mi bautizo como El Pedigón se produjo por unánime inmediatez), y vi el original presidiendo una parte del paño de la cantina, reconocí a todos aquellos colegiales que, sin que lo supieran, me habían acompañado durante años, y agradecí a mi hermano Paco y a su inseparable Antonio José Mula, el haberme inoculado con tanta devoción el ADN colegial del Albatros.



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